PARTE 2: ADRIÁN FIRMÓ DEMASIADO TARDE.

Adrián miró los papeles y soltó una carcajada.

—¿De verdad vas a destruir siete años por esto?

Saqué el teléfono.

—No. Tú ya los destruiste.

Reproduje unos segundos del video de la cámara del auto.

La expresión de Valeria cambió primero.

Después la de Adrián.

—Elena, puedo explicarlo.

—No necesito explicaciones.

Valeria dejó de llorar inmediatamente.

—Eso ocurrió una sola vez.

La miré.

—Gracias por confirmarlo.

Adrián se volvió hacia ella.

—¡Cállate!

Por primera vez vi miedo en sus ojos.

No por perderme.

Por las consecuencias.

Nuestra empresa tenía una política estricta sobre relaciones entre supervisores y becarios bajo su autoridad, especialmente cuando existía un conflicto no declarado.

Yo no pensaba decidir el destino laboral de ninguno.

Entregaría la situación a Recursos Humanos y me apartaría de cualquier investigación.

—Esto es personal —dijo Adrián.

—El matrimonio sí.

Señalé mi escritorio.

—Usar mi computadora y permitir que una becaria acceda a mi espacio de trabajo sin autorización ya no lo es.

Valeria palideció.

Resultó que había abierto archivos de proyectos a los que nunca debía tener acceso.

Los registros del sistema mostraban su usuario entrando desde mi computadora aquella misma mañana.

Recursos Humanos y Seguridad Informática comenzaron una revisión independiente.

Yo recogí mis cosas y me marché.

Tres días después, Adrián apareció en el departamento.

Traía los documentos de divorcio.

Firmados.

—Valeria dice que todo fue culpa mía.

—No me interesa.

—Terminamos.

—Tampoco me interesa.

Entonces dijo lo que finalmente confirmó que había tomado la decisión correcta.

—Podemos volver a ser como antes.

Lo miré durante varios segundos.

—Antes yo confiaba en ti.

No supo responder.

Semanas después, la empresa concluyó su revisión.

No pregunté qué castigo recibiría Valeria.

Tampoco intenté utilizar el video para humillarlos públicamente.

Mi única exigencia fue mantenerme completamente fuera de sus problemas.

Adrián me escribió varias veces.

Nunca respondí.

Hasta que un día llegó un último mensaje:

“Ahora entiendo lo que perdí.”

Lo borré.

Porque yo también había entendido algo.

Aquella noche creí que el peor momento había sido encontrar un condón.

Después pensé que había sido ver el video.

Pero estaba equivocada.

El verdadero final de nuestro matrimonio ocurrió a la mañana siguiente, cuando Adrián vio a su amante sentada en mi silla y me pidió a mí que cediera el lugar.

Así que eso hice.

Le cedí el asiento, al hombre y todos los problemas que venían con él; lo único que ya no estaba dispuesta a ceder era mi dignidad.

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