Isabel no durmió.
No por la operación financiera.
Por Lucía.
A las siete de la mañana ya estaba en la oficina principal de Grupo Rivas Horizonte. Desde el ventanal observaba cómo la ciudad despertaba mientras Mendoza colocaba varias carpetas sobre la mesa.
—Todo está listo, presidenta.
Isabel asintió.
—Antes de seguir, quiero algo muy claro.
Mendoza esperó en silencio.
—Ninguna decisión puede poner en riesgo a trabajadores que no tienen culpa de esto.
Él comprendió enseguida.
—Las medidas se limitarán a los contratos, las líneas de crédito y las acciones previstas en los convenios. El personal operativo no será afectado por nuestras instrucciones.
Isabel respiró con algo de alivio.
—Bien.
A las nueve en punto sonó el primer teléfono.
No era el suyo.
Era el de Alejandro.
En las oficinas de Industrias Montes de Oca, Alejandro sonreía mientras preparaba una reunión con inversionistas.
Su secretaria entró apresurada.
—Ingeniero… el banco acaba de informar que una línea de crédito no fue renovada.
—Debe ser un error.
Cinco minutos después llegó otro aviso.
Un proveedor importante suspendía temporalmente nuevas entregas hasta aclarar varios pagos pendientes.
Luego otro.
Y otro más.
La seguridad con la que había comenzado la mañana empezó a desmoronarse.
Su padre, don Ernesto Montes de Oca, salió del despacho con el rostro desencajado.
—¿Qué está pasando?
Nadie tenía una respuesta completa.
Solo una coincidencia inquietante.
Todo ocurría al mismo tiempo.
Mientras tanto, Lucía permanecía en la casa.
La marca de la bofetada seguía visible.
Dolores caminaba de un lado a otro hablando por teléfono.
—No entiendo por qué nadie responde…
Alejandro llegó poco después.
Por primera vez desde que Lucía lo conocía, parecía verdaderamente nervioso.
—Tenemos un problema.
Dolores levantó la vista.
—¿Qué pasó?
—Varios contratos están siendo revisados. Los bancos quieren documentación adicional.
La mujer frunció el ceño.
—Eso se arregla con una llamada.
Alejandro negó lentamente.
—Ya llamé.
No contestan.
Lucía permanecía en silencio.
Observaba a las dos personas que la habían humillado la tarde anterior.
Ninguno imaginaba que Isabel ya conocía la existencia de documentos firmados utilizando el nombre de su hija como aval.
En Reforma, Mendoza regresó con otra carpeta.
—Hay algo que debe ver.
La colocó frente a Isabel.
—Estos son los documentos relacionados con el supuesto aval.
Isabel comenzó a revisarlos uno por uno.
Había firmas.
Contratos.
Anexos.
Pero algo no cuadraba.
—¿Lucía sabía de esto?
—No hemos encontrado ninguna evidencia de que recibiera copia de esos documentos.
Isabel cerró lentamente la carpeta.
Su expresión cambió.
Aquello ya no era únicamente un conflicto familiar.
Podía implicar cuestiones legales que requerían ser examinadas por las autoridades y por los abogados correspondientes.
Tomó el teléfono.
—Quiero que el equipo jurídico revise cada página.
Mendoza asintió.
—Ya están trabajando en ello.
Hubo un breve silencio.
—¿Y Lucía?
Isabel miró por la ventana.
—Primero voy a sacarla de esa casa.
Después veremos cómo reconstruimos todo lo demás.

Porque comprendió que el verdadero problema nunca había sido la soberbia de Dolores ni la cobardía de Alejandro.
El peligro era que su hija había vivido creyendo que debía soportarlo todo para conservar un matrimonio… mientras otros tomaban decisiones que podían comprometer también su futuro sin que ella lo supiera.