PARTE 2: 68 DÍAS DE MENTIRAS

Adrián no respondió.

Su madre fue quien rompió el silencio.

—Debe haber algún error.

—No lo hay —dije—. El divorcio está registrado.

Adrián se levantó.

—Elena, podemos hablar en casa.

Me reí.

—¿En qué casa? Ya no soy tu esposa.

Daniela miraba el certificado con los ojos abiertos.

—¿Por qué ocultarías un divorcio durante sesenta y ocho días?

Adrián apretó la mandíbula.

Finalmente confesó:

—Necesitaba que el divorcio estuviera finalizado antes de una reorganización patrimonial.

Comprendí inmediatamente.

—Querías asegurarte de que cualquier dinero que recibiera después no pudiera mezclarse con los bienes matrimoniales.

Su silencio confirmó todo.

Su madre intervino:

—Entonces no hay ningún problema. Cada uno conserva lo suyo.

La miré.

—Exactamente.

Mi teléfono sonó.

Era el notario.

Contesté delante de todos.

—Señora Costa, la transferencia ha sido confirmada. Los activos heredados ascienden a aproximadamente nueve mil seiscientos millones.

La habitación quedó inmóvil.

Daniela dejó de respirar.

Mi suegra se sentó lentamente.

Adrián me arrebató el teléfono con la mirada.

—¿Cuánto?

Guardé el móvil.

—Nueve mil seiscientos millones.

Su madre palideció.

—¿De dólares?

—Sí.

Adrián rodeó la mesa.

—Elena, espera. Ese divorcio puede impugnarse.

—Claro que puede.

Sonrió, creyendo que había encontrado una salida.

Entonces añadí:

—Por mí.

Su expresión cambió.

—Porque falsificaste mi firma.

Saqué otro documento.

—Esta mañana contraté abogados. Van a revisar el poder notarial, cada documento presentado en mi nombre y cualquier movimiento financiero realizado durante estos sesenta y ocho días.

Adrián se quedó completamente quieto.

Pero todavía faltaba algo.

—También pregunté por qué tenías tanta prisa.

Dejé sobre la mesa una fotografía que mi abogado había encontrado.

Adrián aparecía entrando en un apartamento con una mujer.

Daniela la reconoció primero.

—¿Camila?

La hija del presidente de una farmacéutica rival.

Mi suegra cerró los ojos.

Entonces comprendí.

El divorcio secreto no había sido solamente por dinero.

Adrián planeaba otro matrimonio.

—Querías mantenerme aquí —dije— hasta anunciar tu compromiso cuando todo estuviera preparado.

—Elena…

—Durante sesenta y ocho días dormiste junto a una mujer de la que ya te habías divorciado.

Tomé mi bolso.

Mi suegra se levantó inmediatamente.

—Elena, somos familia. Podemos solucionar esto.

La miré por última vez.

—Hace diez minutos querías quitarme hasta unos pendientes.

Nadie respondió.

Adrián me siguió hasta la puerta.

—¡Elena!

Me detuve.

—¿Qué quieres?

Su voz perdió toda arrogancia.

—No puedes borrar seis años así.

Lo miré fijamente.

—Yo no los borré.

Levanté el certificado.

—Tú lo hiciste hace sesenta y ocho días.

Salí.

A la mañana siguiente, mis abogados presentaron la denuncia relacionada con la falsificación.

Y antes del mediodía recibí otra noticia.

Entre las empresas incluidas en mi herencia había un importante fondo de inversión.

Un fondo que poseía una participación considerable en la farmacéutica de la familia Lu.

Adrián había falsificado mi firma para asegurarse de no tener que compartir conmigo su fortuna.

Sin saber que, sesenta y ocho días después, yo heredaría suficiente poder para decidir el futuro de la suya.

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