PART 2: EL PRECIO DE TRAICIONAR A LA MUJER EQUIVOCADA

La puerta de cristal se cerró detrás de mí.

Por primera vez en tres años, dejé atrás la oficina de Adrian sin mirar hacia atrás.

No porque no doliera.

Dolía más de lo que cualquiera podía imaginar.

Pero había una diferencia entre una mujer herida y una mujer destruida.

Yo ya había pasado por la primera etapa.

Ahora solo quedaba la segunda parte.

La verdad.

Mientras caminaba por el vestíbulo de Blake Group, todos los empleados levantaban la mirada.

Algunos me conocían como la esposa del presidente.

La mujer elegante que siempre caminaba medio paso detrás de Adrian.

La mujer que sonreía en las cenas corporativas y nunca opinaba demasiado.

Nadie sabía quién era realmente.

Nadie sabía que el apellido que Adrian llevaba con orgullo no habría alcanzado la cima sin mi familia.

Tres años atrás, cuando Blake Group estaba al borde de la quiebra, mi abuelo fue quien aprobó la inversión que salvó la empresa.

No fue una donación.

Fue un acuerdo.

Uno que Adrian aceptó porque necesitaba dinero.

Pero también porque pensó que una mujer joven e inocente jamás entendería los contratos.

Ese fue su segundo error.

El primero fue creer que podía humillarme sin consecuencias.

Subí al automóvil que me esperaba afuera.

Mi asistente, Jonathan Whitman, ya estaba sentado revisando varios documentos.

—Señorita Monroe, la primera fase está completa.

Asentí.

—¿Cuánto tiempo tienen?

Jonathan miró su reloj.

—Aproximadamente tres horas antes de que los bancos hagan público el informe completo.

Miré por la ventana.

La ciudad seguía igual.

Los edificios iluminados.

Los autos pasando.

La gente caminando sin saber que una de las familias empresariales más poderosas de Manhattan estaba a punto de caer.

—¿Adrian sabe quién soy realmente?

Jonathan negó con la cabeza.

—No.

Sonreí ligeramente.

—Entonces todavía no ha sufrido suficiente.

Tres años atrás, Adrian creyó que se casaba con una mujer conveniente.

La hija huérfana de una familia rica en decadencia.

Una esposa perfecta para las apariencias.

Lo que nunca descubrió fue que mi apellido real no era Monroe.

Era Sterling.

La familia que controlaba uno de los fondos de inversión privados más grandes del país.

Después de la muerte de mis padres, oculté mi identidad porque quería saber si alguien podía amarme sin mi dinero.

Adrian fue la respuesta.

Una respuesta dolorosa.

Porque cuando pensó que yo no tenía poder, mostró quién era realmente.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje.

“Adrian Blake solicita una reunión urgente.”

Lo ignoré.

Llegó otro.

“Isabella, tenemos que hablar.”

Otro más.

“No sé qué está pasando. Detén esto.”

Solté una pequeña risa.

Ahora quería hablar.

Ahora quería explicaciones.

Pero cuando yo pedí una explicación aquella noche en su oficina, él había elegido a Melissa.

Había elegido creer sus lágrimas.

Había elegido castigarme.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez era Adrian.

Contesté.

Hubo varios segundos de silencio.

Su respiración era diferente.

Ya no hablaba como un presidente.

Hablaba como un hombre desesperado.

—Isabella.

No respondí.

—¿Qué hiciste?

Miré los documentos sobre la mesa.

—Nada que tú no hayas provocado.

—Esto está destruyendo mi empresa.

—No.

Hice una pausa.

—Esto está mostrando lo frágil que era tu imperio cuando dejaste de tener mi protección.

Hubo silencio.

Luego su voz bajó.

—¿Quién eres?

La pregunta me hizo sonreír.

Durante tres años, esa era la única pregunta que nunca quiso hacer.

—Soy la mujer a la que golpeaste delante de tu amante.

—No me refiero a eso.

—Sí te refieres.

Su respiración se volvió más pesada.

—Isabella…

—No.

Lo interrumpí.

—Ahora me escucharás tú.

Por primera vez, mi voz no tembló.

—Durante tres años dejé que pensaras que eras mi salvador. Dejé que pensaras que tu apellido era más importante que el mío. Dejé que creyeras que podía vivir arrodillada frente a ti.

Miré la ciudad desde la ventana.

—Pero olvidaste algo.

—¿Qué?

Sonreí.

—Una mujer que puede darte un imperio también puede quitártelo.

La llamada quedó en silencio.

Entonces escuché algo inesperado.

No era rabia.

No era orgullo.

Era miedo.

—Melissa me mintió.

Cerré los ojos.

Claro.

Siempre era más fácil culpar a alguien más.

—No.

Respondí.

—Melissa solo hizo lo que tú permitiste.

Antes de colgar, escuché su última pregunta:

—¿Qué quieres de mí?

Miré el reloj.

La segunda fase estaba a punto de comenzar.

—Quiero que mañana vengas al consejo directivo.

Pausa.

—¿Para qué?

Sonreí.

—Para que veas quién se sienta realmente en la silla que tú creías que era tuya.

Colgué.

Y al día siguiente, cuando Adrian entró en la sala de juntas esperando encontrar una crisis…

encontró algo mucho peor.

A mí.

Sentada en la cabecera de la mesa.

Y junto a mí estaba el documento que podía quitarle todo lo que amaba.

Incluido el apellido Blake.

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