La mano de Arthur quedó suspendida en el aire, esperando un apretón que nunca llegó.
El general Vance pasó de largo sin mirar siquiera su tarjeta de presentación y se detuvo frente a mí.
—Señora —dijo con una inclinación respetuosa—. La estaban esperando.
El murmullo de los invitados se apagó.
Arthur bajó lentamente el brazo.
—General, debe de haber un error —dijo, intentando recuperar su sonrisa—. Ella trabaja en seguridad.
Vance lo miró por primera vez.
—¿Ella?
La pregunta cayó como una piedra.
Trevor se acercó a Evelyn, y ella apretó su brazo con tanta fuerza que sus perlas chocaron entre sí.
—Coronel Mercer —continuó el general—, el presidente solicita su presencia antes de comenzar la ceremonia.
Vi cómo el rostro de mi padre perdía el color.
No porque hubiera comprendido todavía quién era yo, sino porque acababa de oír un rango que no encajaba con la historia que llevaba veintiséis años contando.
—¿Coronel? —repitió Arthur.
—Sí —respondió Vance—. La oficial que dirigió la operación conjunta que rescató a nuestros rehenes en Kandahar. Y, desde hace seis meses, asesora principal del Consejo de Seguridad Nacional.
Un fotógrafo alzó su cámara.
Arthur miró a su alrededor, buscando una salida entre los invitados que ya no fingían no escuchar.
—Kate… —murmuró.
Ese nombre, en su boca, sonó menos a cariño que a una puerta que intentaba abrir a la fuerza.
—Hace un momento me pediste que fingiera no conocerte —dije—. Puedo respetar tu deseo.
El general Vance extendió el brazo para acompañarme.
Entonces Trevor dio un paso al frente.
—Papá, espera. Ella no puede simplemente ignorarnos. Mercer Defense tiene contratos con el Pentágono. Si el general la conoce, quizá pueda…
—Basta —lo interrumpió Arthur, pero su voz ya no tenía autoridad.
Vance recibió un sobre de uno de sus asistentes y me lo entregó.
—Esto llegó hace diez minutos. Creí que debías verlo antes de entrar.
En el frente estaba impreso el sello oficial del Departamento de Justicia.
Lo abrí.
La primera página contenía una orden de investigación sobre los contratos de Mercer Defense Tech.
Y en la última línea aparecía la firma de Arthur.
El general se inclinó hacia mí.
—Hay algo más, coronel. Su padre pidió reunirse con usted en privado antes de que llegara la prensa.
Arthur palideció.
Porque el documento incluía una segunda firma: la de Trevor.
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