LA VERDAD QUE ESCONDIÓ NUEVE MESES

La copa de vino cayó al piso.

El sonido del cristal rompiéndose fue ahogado por un grito.

—¡Está sangrando!

Todo el restaurante entró en caos.

Una clienta llamó a emergencias mientras otro comensal apartaba las sillas.

Camila apenas podía mantenerse en pie.

Se abrazaba el vientre con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Alejandro llegó hasta ella justo cuando sus piernas cedieron.

La sostuvo antes de que golpeara el suelo.

Durante un segundo, ambos quedaron frente a frente.

Nueve meses sin verse.

Nueve meses de silencio.

Y ahora solo había miedo.

—Camila…

Ella cerró los ojos.

—No…

Su voz salió rota.

—No me lleves a otro hospital.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué?

Otra contracción la hizo estremecerse.

—Por favor…

No al Hospital San Gabriel…

Él no entendía nada.

—¿Por qué?

Camila no respondió.

La ambulancia tardaría varios minutos.

Alejandro no esperó.

La cargó entre los brazos.

Mauricio intentó acercarse.

—Señor Villarreal…

Alejandro ni siquiera lo miró.

—Desde este momento ese uniforme deja de pertenecerle.

El gerente abrió la boca.

—Pero…

—Y usted también.

Salió del restaurante con Camila en brazos.

Su chofer ya tenía la camioneta abierta.

Durante el trayecto, Camila respiraba con dificultad.

El monitor portátil que llevaba el paramédico marcaba contracciones cada pocos minutos.

Alejandro seguía sin apartar la vista de ella.

—Respóndeme una sola cosa.

¿Ese bebé es suyo?

Camila giró lentamente la cabeza hacia la ventana.

Las luces de Monterrey pasaban borrosas.

No contestó.

Aquello desesperó a Alejandro.

—¡Necesito saber la verdad!

Ella apretó los labios.

—Ahora no.

Él golpeó con frustración el asiento.

—Llevo nueve meses creyendo que me dejaste por otro hombre.

Camila dejó escapar una lágrima.

—Lo sé.

—Entonces dime que todo fue cierto.

Ella volvió a guardar silencio.

Ese silencio dolía más que cualquier respuesta.

Al llegar al Hospital Universitario, un equipo médico ya los esperaba.

Mientras trasladaban la camilla, una doctora revisó rápidamente el expediente.

Frunció el ceño.

—¿Dónde están sus controles prenatales?

Camila intentó incorporarse.

—No los tengo aquí.

—¿En qué hospital se atendía?

Ella dudó.

—En ninguno fijo.

La doctora levantó la vista sorprendida.

—¿Cómo que ninguno?

Camila bajó la mirada.

—No podía pagar consultas constantes.

Alejandro sintió un vacío en el estómago.

Aquella mujer había sido directora administrativa de su empresa.

Conocía inversiones millonarias.

Había manejado presupuestos enormes.

¿Y ahora no podía pagar un control prenatal?

No tenía sentido.

Mientras la llevaban al quirófano de evaluación, una enfermera salió con un formulario.

—¿Quién es el familiar responsable?

Alejandro respondió sin pensar.

—Yo.

La enfermera le entregó una tableta.

—Necesitamos autorización para una posible cesárea de emergencia.

Él tomó el dispositivo.

Entonces leyó un apartado.

Padre del bebé:

El espacio estaba completamente vacío.

No había nombre.

No había firma.

Nada.

Alejandro sintió un golpe en el pecho.

Entró al área de observación sin pedir permiso.

Camila estaba conectada al monitor fetal.

Los latidos del bebé llenaban la habitación.

Rápidos.

Fuertes.

Ella abrió lentamente los ojos al verlo.

—No debiste entrar.

Él levantó la tableta.

—No escribiste el nombre del padre.

Camila permaneció en silencio.

—¿Por qué?

Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro.

—Porque…

Respiró con dificultad.

—…si escribía tu nombre…

Ellos lo encontrarían.

Alejandro sintió que todo se detenía.

—¿Quiénes?

Antes de que pudiera responder, la puerta del cubículo se abrió bruscamente.

Entraron dos hombres vestidos con traje.

No eran médicos.

Uno mostró discretamente una credencial.

—Señora Camila Ortega.

Venimos por orden judicial.

Necesitamos hablar con usted sobre un expediente abierto hace nueve meses.

Camila perdió completamente el color.

Miró desesperadamente a Alejandro.

Y pronunció una frase que hizo que todo lo que él creía saber sobre su divorcio se derrumbara.

Alejandro… nunca me fui por otro hombre. Me fui porque alguien intentó matarte… y yo era la única que sabía quién había dado la orden.

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