PARTE 2: La Libreta De Las Transferencias

Claudia sintió que las manos le temblaban.

No por la cadena.

Ni por el olor del sótano.

Sino porque Sofía la miraba como si estuviera viendo a una desconocida.

—Hola… —susurró la niña con la voz ronca.

Claudia rompió a llorar.

—Mi amor… soy mamá.

Sofía parpadeó varias veces.

Como si intentara recordar un rostro que solo existía en fotografías antiguas.

—¿Mamá… de España?

Aquellas tres palabras le atravesaron el pecho.

—Sí, mi vida.

Ya estoy aquí.

Ya no me voy.

Con manos temblorosas revisó el candado.

No estaba cerrado correctamente.

Alguien había salido con tanta prisa que ni siquiera comprobó si seguía asegurado.

Liberó la cadena del tubo y envolvió a Sofía con su chamarra.

La niña apenas pesaba.

Mientras la abrazaba, vio una libreta de espiral junto al colchón.

La abrió.

Las primeras páginas contenían fechas.

Cantidades.

Y una misma anotación repetida mes tras mes.

“Transferencia recibida: $28,000.”

Debajo aparecían listas.

“Despensa.”

“Hipoteca.”

“Crédito del coche.”

“Viaje.”

“Crucero.”

Solo una pequeña parte estaba marcada como:

“Sofía.”

Claudia sintió un vacío en el estómago.

Cada peso que había enviado creyendo que protegía a su hija aparecía repartido entre gastos que nada tenían que ver con ella.

En las últimas páginas encontró algo aún más doloroso.

Un calendario.

Algunos días tenían una marca roja.

Otros una palabra escrita con letra infantil.

“Mamá.”

“Llamó.”

“No me dejaron.”

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

No hacía falta leer más para comprender que Sofía había contado los días esperando hablar con ella.

En ese momento escuchó pasos en el piso de arriba.

Claudia se quedó inmóvil.

Pero no era Teresa.

Era doña Elvira.

—¡Claudia!

¡Ya llamé a emergencias!

¡Ya vienen!

La vecina apareció en la puerta del sótano sin atreverse a bajar.

Al ver a la niña, se llevó una mano a la boca.

—Dios mío…

Claudia respondió con firmeza.

—Necesito una ambulancia.

Y también a la policía.

Doña Elvira asintió inmediatamente.

—Ya vienen las dos.

Claudia volvió a abrazar a Sofía.

La niña apoyó la cabeza sobre su hombro con una confianza tímida, como si una parte de ella empezara a reconocer aquel abrazo.

—¿Te vas a quedar? —preguntó en voz muy baja.

Claudia cerró los ojos.

—Para siempre.

Pocos minutos después, las sirenas comenzaron a escucharse en la calle.

Paramédicos y agentes entraron en la vivienda, aseguraron el lugar y empezaron a documentar todo lo que había en el sótano, incluida la libreta con las anotaciones de las transferencias.

Uno de los policías observó las páginas durante unos segundos.

Luego levantó la vista hacia Claudia.

—¿Usted enviaba este dinero todos los meses?

Ella asintió.

—Durante cinco años.

El agente cerró cuidadosamente la libreta y la entregó a un perito.

—Entonces esto puede ser una prueba muy importante para entender qué ocurrió aquí.

Mientras una paramédica revisaba a Sofía y la cubría con una manta térmica, Claudia no apartó la vista de su hija ni un solo instante.

Porque el viaje que había imaginado durante cinco años terminaba con un abrazo.

Pero el verdadero camino apenas estaba por empezar.

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