PARTE 2: Las Cenizas Que Cambiaron Todo

Alejandro permaneció inmóvil frente al fregadero.

El departamento estaba demasiado silencioso.

Sin música.

Sin el olor a café que Renata preparaba incluso cuando llegaba de madrugada.

Sin los pinceles secándose junto a la ventana.

Solo quedaban unas cenizas negras pegadas al acero inoxidable y una pequeña esquina de papel atrapada en la coladera.

La tomó entre los dedos.

Estaba chamuscada.

Apenas podían distinguirse unas letras.

“…seman…”

Y, debajo, un número incompleto.

“…4 días.”

Su respiración se detuvo.

No necesitó leer el resto.

Había visto suficientes ecografías en los hospitales de su fundación para reconocer aquel papel brillante.

No era una factura.

No era un análisis.

Era una ecografía.

Sintió un golpe seco en el pecho.

Miró alrededor del departamento.

La maleta gris ya no estaba.

El cepillo de dientes había desaparecido.

También la chamarra de mezclilla que Renata usaba para trabajar.

Pero el collar de oro que él mismo le había regalado seguía sobre la mesa.

El reloj también.

Y el teléfono.

Solo alguien que huía para no ser encontrado abandonaba todo aquello.

—¿Dónde estás…? —murmuró.

Por primera vez en muchos años, su voz sonó insegura.


Su jefe de seguridad apareció menos de diez minutos después.

—Señor.

Alejandro le mostró el fragmento quemado.

—Encuéntrala.

El hombre observó el papel.

—¿Hubo algún problema?

Alejandro levantó lentamente la vista.

—Renata estaba embarazada.

El silencio llenó la cocina.

—¿Está seguro?

Alejandro cerró el puño alrededor del papel.

—No.

Pero voy a demostrarlo.

Y cuando lo haga…

Nadie volvió a terminar aquella frase.

No hacía falta.


Dos horas antes.

En otro extremo de la ciudad.

Renata viajaba sentada junto a la ventana de un autobús nocturno.

No dejaba de mirar el reflejo de su propio rostro.

Una mano descansaba sobre su vientre casi sin darse cuenta.

Todavía no se notaba nada.

Solo seis semanas.

Pero para ella ya era una vida.

Sacó del bolsillo una pequeña memoria USB.

La había guardado por costumbre.

Dentro estaban las fotografías restauradas de los últimos meses.

Pensaba vender algunos trabajos para empezar de nuevo.

Entonces recordó algo.

La ecografía.

La había quemado.

Pero el hospital siempre entregaba una copia digital en el portal para pacientes.

Cerró los ojos con fuerza.

Podía borrar el papel.

No los registros.

Respiró hondo.

Mañana cambiaría de ciudad.

Después cambiaría de teléfono.

Luego desaparecería por completo.

Lo único que importaba era proteger a su hijo.

Aunque él creciera creyendo que nunca tuvo padre.


Mientras tanto, en la Torre Santillán.

Camila Armenta entró al despacho sin pedir permiso.

Encontró a Alejandro de pie frente al ventanal.

Con el trozo quemado todavía en la mano.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió.

Ella se acercó.

—Mi padre pregunta por la conferencia de mañana.

Seguía sin contestar.

Camila frunció el ceño.

—Alejandro.

Él dejó lentamente el papel sobre el escritorio.

—Cancela todas las reuniones.

—¿Perdón?

—Hasta nuevo aviso.

Ella soltó una risa breve.

—No puedes cancelar una alianza de este tamaño por una amante desaparecida.

Alejandro giró despacio.

Su mirada era completamente distinta.

Fría.

Peligrosa.

—Nunca vuelvas a llamarla así.

Camila quedó inmóvil.

En los años que llevaba conociéndolo, jamás le había hablado de ese modo.

—¿Qué está pasando?

Él sostuvo el fragmento chamuscado entre dos dedos.

—Creo que Renata estaba esperando un hijo.

Durante unos segundos nadie habló.

Después Camila sonrió.

Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.

—¿Y qué?

Alejandro dio un paso hacia ella.

—Si ese bebé es mío…

La frase quedó suspendida.

Camila entendió inmediatamente las consecuencias.

Un hijo biológico cambiaba todo.

La sucesión.

Los acuerdos.

El equilibrio entre las familias.

Incluso el matrimonio que estaban a punto de anunciar.

—No tienes pruebas.

—Las tendré.

Camila cruzó lentamente los brazos.

—¿Y si decidió irse porque el niño era de otro?

Alejandro negó con absoluta seguridad.

—Renata jamás me habría mentido.

Aquella respuesta hizo que Camila bajara la mirada apenas un segundo.

Era la primera vez que escuchaba a Alejandro hablar de alguien con una certeza tan absoluta.

Y comprendió algo que no le gustó en absoluto.

El problema no era un embarazo.

El problema era que el hombre con el que iba a casarse acababa de descubrir, demasiado tarde, a quién amaba realmente.

Mientras Alejandro ordenaba rastrear hospitales, aeropuertos, carreteras y cada una de las propiedades donde Renata pudiera esconderse, Camila tomó su teléfono discretamente.

Marcó un número.

Cuando contestaron, habló en voz muy baja.

—Encuéntrenla ustedes primero.

Y asegúrense de que Alejandro nunca llegue antes.

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