PARTE 2: LA MUCHACHA SACÓ UNA CARPETA Y DIEGO DESCUBRIÓ QUE LA TRAICIÓN HABÍA EMPEZADO AÑOS ATRÁS

Diego permaneció inmóvil durante varios segundos.

Había enfrentado secuestros, extorsiones y empresarios dispuestos a destruirlo, pero nunca imaginó que el golpe definitivo llegaría desde el comedor de su propia casa.

Miró a Lucía sin apartar la mano del arma.

—Empieza a hablar.

La joven respiró hondo.

—Mi padre se llamaba Esteban Ríos. Era contador de una empresa que trabajó para usted hace nueve años.

Diego frunció el ceño.

El nombre le resultaba familiar.

—Murió en un supuesto accidente de carretera —continuó ella—. Eso dijeron todos.

Sacó una pequeña memoria USB escondida dentro del delantal.

—Pero antes de morir dejó esto.

Diego la tomó.

—¿Qué contiene?

—Copias de contratos, transferencias y grabaciones. Mi padre descubrió que alguien desviaba millones usando empresas fantasma. Alcanzó a escribir un solo nombre antes de desaparecer.

—¿Cuál?

Lucía lo miró fijamente.

—Raúl Salgado.

El silencio volvió a llenar la cocina.

Diego sintió un peso insoportable en el pecho.

Durante años había confiado ciegamente en el hombre que administraba buena parte de sus operaciones financieras.

—¿Por qué nunca me buscaste?

—Porque nadie habría creído a una muchacha de barrio acusando al hombre más poderoso de su empresa. Así que conseguí trabajo aquí para encontrar pruebas.

En ese instante se escucharon pasos en el pasillo.

Ambos contuvieron la respiración.

Una voz masculina habló desde la sala.

—Revisen la cocina. No quiero sorpresas.

Lucía apagó inmediatamente la luz.

Los dos quedaron ocultos entre la despensa y los muebles.

Un guardia abrió la puerta, encendió una linterna y recorrió lentamente el lugar.

Miró alrededor unos segundos.

Después cerró de nuevo.

Cuando los pasos se alejaron, Diego habló casi sin mover los labios.

—Nos están buscando.

Lucía asintió.

—Porque el avión nunca despegó.

Diego levantó la vista.

—¿Qué?

—Uno de los pilotos descubrió el sabotaje antes del despegue y avisó en secreto a alguien de seguridad. Raúl creyó que usted ya estaba en el aire y siguió con el plan.

Diego comprendió entonces el verdadero alcance de la conspiración.

No improvisaban.

Llevaban meses preparando cada movimiento.

Su falsa muerte.

El control de la empresa.

La herencia.

Incluso el luto.

Sacó su teléfono.

No tenía señal.

Lucía respondió antes de que preguntara.

—Bloquearon los repetidores de la casa hace una hora. Nadie puede pedir ayuda desde aquí.

Diego sonrió por primera vez aquella noche.

Una sonrisa fría.

—Cometieron un error.

—¿Cuál?

—Creer que sigo siendo el hombre que dejaron fuera del negocio.

Abrió un compartimento oculto bajo un gabinete de la cocina.

Lucía lo observó sorprendida.

Dentro había un pequeño teléfono satelital y una caja metálica sellada.

—Solo tres personas sabían que esto existía.

Tomó el teléfono y marcó un número de memoria.

La llamada duró apenas cinco segundos.

—Código negro —dijo únicamente.

Colgó.

—¿Quién viene? —preguntó Lucía.

—La única gente que jamás estuvo en la nómina de Raúl.

Apenas terminó la frase, desde la sala se escuchó un golpe seco.

Después otro.

Las luces de toda la mansión se apagaron de repente.

Los hombres armados comenzaron a gritar órdenes contradictorias.

Valeria salió al pasillo sobresaltada.

—¿Qué está pasando?

Raúl tomó su pistola y corrió hacia la entrada principal.

Entonces, desde el exterior, una voz amplificada rompió el silencio de la madrugada.

—¡Nadie se mueva! ¡La propiedad está rodeada!

Raúl se quedó inmóvil.

Valeria palideció.

Porque aquella voz pertenecía al jefe del equipo de seguridad que había protegido a Diego durante más de quince años.

Y el único hombre capaz de activar aquel protocolo era alguien que, según todos los planes, debía haber muerto hacía varias horas.

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