Parte 2: LA MEMORIA QUE LO CAMBIÓ TODO

El laboratorio quedó en silencio.

Nadie esperaba verla allí.

La hija del jefe caminó despacio, con el rostro pálido por la enfermedad y una memoria USB apretada entre los dedos.

Su padre dio un paso hacia ella.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar en el hospital.

Ella negó con la cabeza.

—Tenía que venir antes de que culparan a la persona equivocada.

Todos los empleados se miraron entre sí.

La joven que había dejado caer la botella seguía llorando, incapaz de pronunciar una palabra.

El jefe tomó la memoria.

—¿Qué hay aquí?

—Las grabaciones de la cámara del pasillo.

Frunció el ceño.

—Pero el sistema fue borrado.

—El sistema principal sí. Pero hace una semana instalé una cámara de respaldo porque quería grabar el laboratorio para mi proyecto de investigación. Nadie sabía que existía.

Las miradas cambiaron de inmediato.

El jefe conectó la memoria al computador que aún funcionaba.

La pantalla tardó unos segundos en cargar.

Finalmente apareció el video.

La fecha coincidía.

La hora también.

Se veía el laboratorio completamente vacío.

Un minuto después, un hombre con bata blanca entró usando una tarjeta de acceso.

No llevaba prisa.

Miró a ambos lados.

Sacó la botella marcada con la etiqueta roja del armario.

La dejó cuidadosamente sobre la mesa de limpieza, justo donde cualquier empleado podría golpearla por accidente.

Después sacó otra botella idéntica de su maletín.

Intercambió las etiquetas.

Y, antes de irse, pasó discretamente una pequeña herramienta metálica por el cuello del vidrio, dejando un corte casi invisible.

El jefe apretó los puños.

—Eso explica por qué se rompió con el primer contacto…

La joven empleada rompió en llanto.

—¡Yo nunca abrí el armario! ¡Solo estaba limpiando!

—Lo sé —respondió él sin apartar la vista de la pantalla.

Entonces el desconocido levantó ligeramente el rostro al salir.

La imagen quedó congelada.

Un murmullo recorrió el laboratorio.

—Es… imposible…

Uno de los investigadores dio un paso hacia el monitor.

—Ese no trabaja para nosotros.

El jefe palideció.

Reconocía perfectamente ese rostro.

Era el director de desarrollo del laboratorio rival.

Pero aún había algo más.

El video continuó.

Antes de abandonar el edificio, el hombre recibió una llamada.

Activó el altavoz mientras caminaba.

Solo se alcanzó a escuchar una frase.

—Todo está listo. Cuando la botella se rompa, culparán a la nueva y el proyecto quedará detenido.

El laboratorio entero quedó en silencio.

La joven empleada se cubrió el rostro con ambas manos.

Había estado a segundos de perder su trabajo… y quizá de enfrentar una acusación que nunca habría podido demostrar falsa.

El jefe respiró profundamente.

Se volvió hacia ella.

—Perdóname.

Ella levantó la mirada, sorprendida.

—No debí juzgarte antes de conocer la verdad.

El hombre tomó la botella que aún conservaba parte del líquido.

La observó unos segundos.

Después frunció el ceño.

—Hay algo que sigue sin cuadrar.

Todos lo miraron.

Él acercó el frasco a la luz.

El color era ligeramente distinto al de la fórmula original.

Muy sutil.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para un químico con años de experiencia.

Abrió lentamente el tapón.

Percibió el olor.

Y su expresión cambió por completo.

—Esta… no es nuestra poción.

El silencio fue absoluto.

La botella que había provocado el caos no contenía la fórmula destinada a salvar a su hija.

Era una copia.

Y eso solo podía significar una cosa.

La verdadera fórmula había desaparecido mucho antes de que aquella botella cayera al suelo.

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