Rosalie acercó la lámpara al cuenco.
Aquello no era simplemente un insecto.
Una diminuta larva se retorcía alrededor de una pieza de metal ennegrecido, larga y estrecha, cubierta de sangre seca.
Gideon observó su expresión.
Tomó el cuaderno.
¿Qué es?
Rosalie tragó saliva.
Algo que nunca debió estar dentro de ti.
A la mañana siguiente cabalgaron hasta Coldwater.
El doctor Mercer examinó el oído de Gideon y encontró una vieja cicatriz profunda.
—Alguien introdujo ese objeto hace muchos años.
Rosalie palideció.
—¿Pudo causarle la sordera?
—Pudo contribuir al daño, pero no puedo asegurarlo sin examinarlo mejor.
Gideon leyó sus labios.
Después escribió:
Tenía siete años.
Mercer quedó inmóvil.
—¿Recuerdas qué ocurrió?
Gideon cerró los ojos.
Durante años solo había conservado fragmentos.
Un establo.
Una discusión.
Su padre sujetándolo.
Otro hombre acercándose con instrumentos.
Y una voz repitiendo:
El muchacho escuchó demasiado.
Esa tarde, Gideon abrió un baúl que jamás había permitido tocar a nadie.
Dentro encontraron documentos de su padre.
Rosalie revisó cada hoja hasta descubrir un recibo médico fechado treinta y un años atrás.
Procedimiento Rook.
Debajo aparecía otra frase:
Garantizar silencio permanente.
Rosalie sintió un escalofrío.
Entonces vio quién había pagado.
Silas Ashford.
Su propio padre.
Gideon leyó el nombre.
Su mano comenzó a temblar.
Rosalie retrocedió.
—Mi padre te conocía cuando eras niño.
Gideon escribió lentamente:
Lo recuerdo ahora.
Antes de que pudiera continuar, escucharon caballos.
Rosalie miró por la ventana.
Silas y Merrick desmontaban frente a la casa.
Su padre llevaba una escopeta.
—Rosalie —gritó—. Recoge tus cosas.
Ella salió al porche.
—No voy contigo.
Silas sonrió.
—No vine a preguntarte.
Gideon apareció detrás de ella.
Entonces Silas vio el vendaje alrededor de su oreja.
Su expresión cambió.
—¿Qué hiciste?
Rosalie comprendió inmediatamente.
—Sabías que estaba ahí.
Silas levantó lentamente la escopeta.
—Hay cosas que deberían permanecer enterradas.
Merrick parecía confundido.
—Papá, ¿de qué estás hablando?
Silas lo ignoró.
Sacó un documento del abrigo.
Los cincuenta dólares no habían sido simplemente el precio de Rosalie.
Eran parte de un antiguo acuerdo relacionado con el rancho Rook.
Si Gideon moría sin descendencia reconocida, determinadas tierras podían quedar sujetas a una deuda histórica adquirida años atrás.
El acreedor registrado era Silas Ashford.
Rosalie sintió náuseas.
—Por eso me casaste con él.
Silas no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Había colocado a su hija dentro del rancho porque quería controlar lo que ocurriría después.
Entonces Gideon tomó el cuaderno.
Escribió una frase y se la mostró a Silas.
Vi lo que hiciste aquella noche.
Por primera vez, el rostro de mi padre perdió toda arrogancia.
—No recuerdas nada.
Gideon escribió otra cosa.
Recuerdo el disparo.
Silas palideció.
Rosalie miró a su marido.
—¿Qué disparo?
Gideon cerró los ojos.
Después escribió un nombre.
Eleanor Ashford.
Rosalie dejó de respirar.
Era su madre.
La mujer que su padre siempre había dicho que murió de fiebre cuando Rosalie era pequeña.
—Mi madre no murió de fiebre, ¿verdad?
Silas levantó la escopeta.
Pero Merrick dio un paso atrás, horrorizado.
—Papá…
Entonces Gideon escribió la última frase.
Tu madre estaba en el establo aquella noche.
Rosalie sintió que el mundo se detenía.
Gideon había perdido la audición porque alguien quería silenciar al único niño que había presenciado lo ocurrido.
Y el hombre que la había vendido por cincuenta dólares no intentaba deshacerse de su hija.
La había enviado directamente al único testigo que podía revelar cómo había muerto realmente su madre.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
