La puerta de la camioneta se abrió.
El hombre que bajó debía rondar los sesenta.
Cabello gris.
Traje oscuro.
Y una cicatriz que cruzaba su mandíbula.
Lo reconocí inmediatamente.
—Señor Harrison.
Alexander Harrison había sido socio comercial del padre de Ryan.
No lo veía desde hacía casi diez años.
Su expresión cambió cuando observó mi maleta.
—Madeline, ¿qué haces aquí?
No pude responder.
Entonces vio los documentos del divorcio.
—¿Ryan te echó?
Asentí.
Su mandíbula se endureció.
—Sube.
—Estoy bien.
—No, no lo estás.
Aquella noche terminé en una habitación de invitados de su propiedad.
No le conté lo del embarazo.
Todavía no.
Pero a la mañana siguiente Alexander colocó una carpeta frente a mí.
—Hay algo que debes saber sobre tu matrimonio.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué?
—Hace seis meses Ryan vino a verme.
—¿Para qué?
—Quería vender parte de Harrington Biotech.
Era la empresa familiar que Ryan administraba desde la muerte de su padre.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
Alexander abrió la carpeta.
—Más de lo que crees.
Once años atrás, cuando Ryan y yo nos casamos, su padre había creado un fideicomiso.
Yo conocía su existencia.
Lo que no sabía era que contenía acciones reservadas para los descendientes de Ryan.
Si existía un hijo biológico, determinadas participaciones debían mantenerse protegidas hasta aclarar sus derechos.
—Ryan no tiene hijos —dije.
Alexander me observó.
—Eso cree él.
Mi mano se movió instintivamente hacia mi vientre.
Alexander lo notó.
No dijo nada.
Entonces pregunté:
—¿Por qué quería vender ahora?
—Porque su madre aseguró que la nueva mujer estaba embarazada de un heredero.
Sentí náuseas.
—¿Y?
—Solicité documentación antes de aprobar cualquier operación relacionada con las acciones protegidas.
Alexander deslizó otro papel hacia mí.
Era un informe médico.
No pertenecía a la amante.
Pertenecía a Ryan.
Leí dos veces.
Después una tercera.
—Esto no puede ser correcto.
El informe, realizado años atrás durante nuestros tratamientos de fertilidad, indicaba un problema severo en los parámetros reproductivos de Ryan.
No demostraba imposibilidad absoluta de concebir.
Pero sí contradecía algo que su familia me había repetido durante once años.
Que yo era la única responsable.
—Nunca vi esto.
—Porque alguien pidió que no se incorporara a la copia familiar del expediente.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Quién?
Alexander me mostró la autorización.
Margaret Harrington.
Mi suegra.
Me levanté.
—Ella sabía.
—Parece que sabía del informe. Lo demás necesita comprobarse.
Aquella diferencia importaba.
No quería reemplazar once años de mentiras con nuevas suposiciones.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi médico.
Respondí inmediatamente.
—Madeline, necesito que regreses mañana.
El miedo me atravesó.
—¿Ocurre algo con el bebé?
Alexander levantó la mirada.
Ya no podía ocultarlo.
—Tus niveles son buenos —respondió la doctora—, pero revisamos tu historial de fertilidad porque algo no encajaba.
Me senté.
—¿Qué encontraron?
—Irregularidades en algunos registros antiguos de laboratorio.
Mi corazón comenzó a golpear.
—¿Qué clase de irregularidades?
—En al menos dos ciclos, las muestras registradas bajo el nombre de Ryan tienen identificadores que no coinciden entre sí.
Cerré los ojos.
—¿Está diciendo que utilizaron muestras equivocadas?
—Estoy diciendo que necesitamos investigar la cadena de custodia. Nada más por ahora.
Cuando colgué, Alexander estaba pálido.
—¿Qué clínica?
Se lo dije.
Su reacción fue inmediata.
—El padre de Ryan era uno de sus primeros inversores.
El silencio cayó sobre la habitación.
Entonces Alexander abrió otra sección de la carpeta.
Había una fotografía tomada once años atrás.
Margaret aparecía entrando en aquella clínica.
A su lado estaba mi madre.
Me quedé helada.
—Mi madre murió hace siete años.
—Lo sé.
—Ella jamás conoció a Margaret.
Alexander negó lentamente.
—Eso tampoco parece ser verdad.
En el reverso de la fotografía había una fecha.
Tres días antes de mi primer tratamiento.
Y una frase escrita por el padre de Ryan:
Si Madeline descubre por qué fue elegida para casarse con Ryan, Margaret perderá el control de todo.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Elegida?
Alexander guardó silencio.
Entonces llegó un mensaje de un número desconocido.
Una fotografía.
Ryan estaba en una clínica junto a su amante embarazada.
Debajo había seis palabras:
PREGÚNTALE DE QUIÉN ES ESE BEBÉ.
Miré mi propio vientre.
Por primera vez comprendí que la pregunta más peligrosa quizá no era si Ryan era el padre de mi hijo.
Era por qué nuestras familias llevaban once años manipulando todo lo relacionado con quién podía darle un heredero.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
