Tres semanas después, Dante encontró la casa azul.
Yo estaba doblando ropa diminuta junto a la ventana cuando tres vehículos negros se detuvieron frente al porche.
Mi corazón dio un golpe.
No necesitaba ver quién bajaba.
Solo Dante Moretti podía hacer que una calle tranquila junto al océano pareciera contener la respiración.
Abrí la puerta antes de que tocara.
Dante estaba bajo la lluvia.
Solo.
Había adelgazado.
Su barba oscura llevaba varios días sin afeitar y sus ojos descendieron inmediatamente hacia mi vientre.
—Vienes conmigo.
Casi me reí.
Después de todo, seguía creyendo que podía dar órdenes.
—No.
Su mandíbula se tensó.
—Estás embarazada de ocho meses y desapareciste quinientos kilómetros lejos de casa.
—No desaparecí.
Sostuve su mirada.
—Te dejé.
Aquellas dos palabras consiguieron lo que ningún enemigo suyo había logrado.
Hacer retroceder a Dante Moretti.
—Vivian no es mi amante —dijo.
—Ya no importa.
—Para mí sí.
—Entonces dime por qué estaba en nuestra cama.
Dante permaneció en silencio varios segundos.
—Su padre fue asesinado. Antes de morir dejó información sobre hombres que llevan meses intentando llegar hasta mí. Vivian estaba en peligro.
—¿Y tu solución fue llevarla a nuestra habitación?
—Necesitaba que todos creyeran que estaba bajo mi protección.
Sentí algo romperse definitivamente.
—Entonces utilizaste nuestro matrimonio como parte de una estrategia.
Dante no respondió.
No necesitaba hacerlo.
—Vete.
—No sin ti.
Entré en la casa y coloqué una carpeta sobre la mesa.
—Entonces lee.
La abrió.
Separación legal.
Revocaciones de poderes.
Documentos corporativos.
Protección de activos.
Su expresión cambió página tras página.
—¿Cuándo preparaste esto?
—Hace cuatro meses.
Dante levantó lentamente los ojos.
—Antes de Vivian.
—Sí.
Aquello pareció dolerle más que mi partida.
—¿Llevabas cuatro meses planeando abandonarme?
—Llevaba cuatro meses preparándome para sobrevivir si algún día tenía el valor de hacerlo.
Su teléfono comenzó a vibrar.
Una vez.
Otra.
Luego otra.
Finalmente respondió.
Escuchó durante diez segundos.
Su rostro se endureció.
—¿Qué cuentas?
Colgó y me miró.
—¿Qué hiciste?
—Recuperé lo que legalmente me pertenece.
Varias de sus empresas legítimas utilizaban propiedades y fondos que yo había aportado al matrimonio.
Dante siempre había supuesto que jamás los reclamaría.
Se equivocó.
—Puedes quitarme cada dólar —dijo acercándose—. Pero no puedes quitarme a mi hijo.
—Nuestro hijo no es una propiedad.
—Es un Moretti.
—Es un bebé.
Entonces un dolor feroz atravesó mi abdomen.
Me agarré a la mesa.
Dante cambió instantáneamente.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Otra contracción llegó.
Más fuerte.
Sentí humedad entre mis piernas.
Miré hacia abajo.
Había roto aguas.
Treinta minutos después íbamos hacia el hospital.
Dante sostenía mi mano mientras yo respiraba entre contracciones.
—No me dejes fuera de esto —susurró.
Lo miré.
Por primera vez no vi al hombre que todos temían.
Vi a un hombre aterrorizado.
—Puedes ser su padre, Dante.
Hice una pausa.
—Eso no significa que sigas siendo mi marido.
Horas después nació nuestro hijo.
Cuando la enfermera lo puso sobre mi pecho, lloré.
Dante también.
Extendió una mano hacia él, pero antes de tocarlo la puerta se abrió.
Miriam entró apresuradamente.
Su rostro me alarmó.
—Tenemos un problema.
Dante se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Miriam dejó un teléfono sobre mi cama.
Había una fotografía en la pantalla.
Yo aparecía frente a la casa azul.
La fotografía había sido tomada desde el bosque.
Debajo había un mensaje:
“Bonita familia. Sería una pena que el heredero Moretti nunca llegara a casa.”
Dante se quedó inmóvil.
—¿Quién envió esto?
—Un número desechable —respondió Miriam—. Pero encontramos algo más.
Amplió los datos de la fotografía.
Fecha: dos días antes.
Miré a Dante.
Él había encontrado mi casa aquella mañana.
—Tú no sabías dónde estaba hace dos días —susurré.
—No.
—Entonces alguien me encontró antes que tú.
Dante tomó el teléfono.
De pronto, su expresión cambió.
Había reconocido algo reflejado en una ventana de la fotografía.
Una silueta.
Una mujer.
Cabello oscuro.
Abrigo largo.
—Vivian —dijo.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Estás seguro?
Dante no respondió.
Su propio teléfono vibró.
Un mensaje.
Lo abrió.
Y por primera vez vi al temido Dante Moretti perder completamente el color del rostro.
En la pantalla había otra fotografía.
Nuestro hijo.
Tomada apenas minutos antes.
Desde dentro del hospital.