PARTE 2 — LA HEREDERA

El primer teléfono de Daniel dejó de sonar.

Entonces comenzó el segundo.

Después el tercero.

En menos de treinta segundos, su expresión arrogante desapareció.

—¿Qué demonios está pasando? —murmuró.

Contestó una llamada.

—¿Cómo que las cuentas están congeladas?

Sofía dejó de sonreír.

Daniel se alejó unos pasos, pero el pasillo estaba tan silencioso que todos escuchamos.

—¡Soy Daniel Whitmore! ¡No pueden bloquear mis empresas sin mi autorización!

La voz del otro lado respondió algo que hizo que su rostro perdiera el color.

Yo seguía junto a la puerta de cuidados intensivos.

Sin arrodillarme.

Sin suplicar.

El teléfono de Sofía vibró también.

Miró la pantalla.

—Daniel… las tarjetas corporativas fueron rechazadas.

Él se volvió hacia mí.

—¿Quién eres?

Cinco años esperando aquella pregunta.

—Elena Montgomery.

—Ya sé tu nombre.

—No. Conoces el nombre que decidí darte.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Tres hombres de traje oscuro salieron al pasillo.

Al frente caminaba Charles Montgomery, el hermano menor de mi difunto padre y presidente del fideicomiso familiar.

Daniel lo reconoció inmediatamente.

Todos en el mundo financiero conocían su rostro.

—Señor Montgomery… —balbuceó.

Charles pasó junto a él sin responder y se detuvo frente a mí.

—Elena.

Sus ojos fueron hacia la sangre de mi labio.

Su expresión se endureció.

—¿Él hizo esto?

—Después hablaremos.

Señalé la habitación de mi madre.

—Primero ella.

Charles asintió.

—El hospital ya recibió el pago completo. También trasladé a tu madre al programa privado Montgomery. Tendrá el mejor equipo médico disponible.

Las piernas casi me fallaron.

Durante cinco años había rechazado el dinero de mi familia porque quería construir una vida normal.

Había elegido a Daniel creyendo que me amaba sin conocer mi apellido.

Qué equivocada estaba.

Daniel soltó una risa nerviosa.

—Esto es absurdo. Mis compañías son mías.

Charles finalmente lo miró.

—No exactamente.

Sacó una carpeta.

—El capital con el que levantaste Whitmore Holdings provenía del fondo que Elena autorizó anónimamente cuando eras su prometido.

Daniel quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Ella construyó el imperio del que llevas cinco años presumiendo.

Sofía retrocedió.

Daniel me miró como si estuviera viendo a una desconocida.

—Elena, podemos arreglarlo.

Me acerqué y recogí del suelo la factura que había lanzado contra mi rostro.

Se la puse en la mano.

—Arrodíllate.

Su mandíbula se tensó.

—¿Qué?

—Hace cinco minutos parecía una petición razonable.

Charles dejó otra carpeta sobre una silla.

En la portada había dos palabras:

SOLICITUD DE DIVORCIO.

Pero antes de que Daniel pudiera reaccionar, Sofía soltó un grito.

Su teléfono había caído al suelo.

En la pantalla aparecía una transferencia bancaria.

Dos millones de dólares.

Procedentes de una cuenta de Daniel.

Realizada aquella misma mañana.

Charles miró la pantalla y después a mí.

—Elena, hay algo más.

—¿Qué?

—Tu marido no solo te engañaba.

Hizo una pausa.

—Lleva meses intentando transferir tu patrimonio a nombre de Sofía.

Daniel corrió hacia el ascensor.

Pero las puertas se abrieron antes de que pudiera alcanzarlo.

Dos investigadores esperaban dentro.

Y el hombre que minutos antes quería verme de rodillas comprendió que aquella noche no iba a perder solamente a su esposa.

Iba a perderlo todo.

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