Damian no dijo una palabra durante casi diez segundos.
Pero yo conocía demasiado bien aquel silencio.
No estaba enfadado todavía.
Estaba calculando.
—¿Cuántas vendiste? —preguntó finalmente.
Lucía soltó una risita desde el teléfono.
—Todas, hermano.
Damian levantó la mirada hacia mí.
—Te lo estoy preguntando a ti, Isabel.
Apreté el certificado de divorcio entre los dedos.
—Ocho.
Su rostro se endureció.
—¿Ocho?
—Sí.
—¿Y el dinero?
Tragué saliva.
Lucía intervino inmediatamente.
—Eso también deberías preguntárselo.
Damian colgó la videollamada.
Después abrió la puerta del coche.
—Sube.
Durante todo el trayecto permaneció en silencio.
Yo miraba por la ventanilla mientras intentaba adivinar cuánto sabía realmente.
Las ocho propiedades habían sido vendidas legalmente.
Cada una estaba a mi nombre.
Cada una había formado parte de acuerdos de divorcio firmados voluntariamente por Damian.
No había robado nada.
Pero existía algo que él ignoraba.
Nunca había gastado aquel dinero.
Lo había invertido.
Durante siete años.
Cuando llegamos a la oficina central de Blackwood Holdings, Damian me llevó directamente al piso ejecutivo.
—Quiero los registros de las propiedades entregadas a Isabel durante nuestros divorcios —ordenó a su abogado.
El hombre palideció.
—Señor Blackwood…
—Ahora.
Veinte minutos después había una carpeta sobre la mesa.
Damian pasó las páginas.
Casa de Westhill.
Vendida.
Apartamento Riverside.
Vendido.
Mansión Lakeside.
Vendida.
Residencia Bellmont.
Vendida.
Una tras otra.
Hasta ocho.
Damian soltó una risa seca.
—Así que mientras yo pensaba que llorabas por mí…
—Sí lloraba.
—¿Mientras vendías mis regalos?
—También.
Me miró incrédulo.
—¿Por qué?
Respiré lentamente.
—Porque entendí algo después del primer divorcio.
—¿Qué?
—Que tus promesas perdían valor.
Me acerqué a la mesa.
—Las propiedades no.
El abogado bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Damian lo fulminó con la mirada.
—Fuera.
Cuando quedamos solos, apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Cuánto tienes?
—No lo sé exactamente.
Aquello era mentira.
Lo sabía hasta el último centavo.
—Isabel.
—Aproximadamente ciento ochenta millones.
Damian se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Después de impuestos.
—Las ocho casas no valían eso.
—No.
Saqué mi teléfono.
—Pero las inversiones sí.
Por primera vez desde que lo conocía, Damian Blackwood parecía no encontrar palabras.
Había invertido en mí creyendo que compraba obediencia.
Sin querer, había financiado mi independencia.
Su teléfono sonó.
Era su amante.
Damian rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
—Entonces todo este tiempo podías marcharte.
—Sí.
—¿Y no lo hiciste?
Sonreí suavemente.
—Todavía no había terminado.
Su expresión cambió.
—¿Terminado qué?
Dejé sobre su escritorio una tarjeta.
El logotipo hizo desaparecer el color de su rostro.
VALE CAPITAL.
Damian conocía aquel nombre.
Todo el sector financiero lo conocía.
Una firma de inversión discreta que durante los últimos cuatro años había adquirido participaciones minoritarias en numerosas compañías.
Incluida Blackwood Holdings.
Damian levantó lentamente los ojos.
—No.
—Sí.
—¿Vale Capital es tuya?
—Completamente.
Retrocedió un paso.
Entonces comprendió.
Cada casa que me había entregado para comprar mi silencio había terminado financiando una empresa que ahora poseía acciones de su conglomerado.
—¿Cuánto? —preguntó.
—Del grupo Blackwood, directamente, el doce coma ocho por ciento.
Damian respiró aliviado.
—Entonces no controlas nada.
—Directamente, no.
Su alivio desapareció.
Abrí otro documento.
—Pero durante los últimos dieciocho meses compré deuda convertible de tres sociedades asociadas a tu familia.
Sus ojos se clavaron en las cifras.
—Si ejecuto la conversión…
No terminé.
No hacía falta.
Damian cerró los ojos.
—¿Planeaste destruirme?
—Nunca.
—Entonces ¿qué demonios planeabas?
Lo miré con calma.
—Dejar de necesitarte.
Aquello pareció herirlo más que cualquier amenaza.
Esa noche regresé sola a mi apartamento.
No a la villa.
La villa ya tenía comprador.
A las once recibí un mensaje de Celia.
Oferta aceptada. Firma mañana.
Sonreí.
Novena casa.
Última venta.
Sin embargo, a las siete de la mañana alguien comenzó a golpear mi puerta.
Era Damian.
Tenía el cabello desordenado y llevaba la misma camisa del día anterior.
—No voy a casarme con ella.
Parpadeé.
—Eso ya no me concierne.
—Isabel, podemos arreglarlo.
Casi sentí ternura.
Durante años había esperado escuchar aquellas palabras.
Ahora llegaban demasiado tarde.
—No existe ningún “nosotros” que arreglar.
—Siempre volvimos a casarnos.
—Porque yo aceptaba.
—Y volverás a aceptar.
Sonreí.
—No.
Una sola palabra.
Pero Damian retrocedió como si lo hubiera golpeado.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Después el mío.
Después ambos al mismo tiempo.
Miré la pantalla.
BLACKWOOD HOLDINGS — SESIÓN EXTRAORDINARIA.
Damian palideció.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Y era cierto.
Contesté.
La voz del secretario corporativo sonó nerviosa.
—Señora Vale, necesitamos su presencia inmediata.
—¿Por qué?
Hubo un silencio.
—Lucía Blackwood intentó ejecutar una transferencia irregular de acciones familiares durante la madrugada.
Miré a Damian.
Él había escuchado.
—¿Lucía? —susurró.
—La operación activó las cláusulas de protección de los acreedores —continuó el secretario—. Vale Capital puede ejercer hoy sus derechos convertibles.
Sentí que el mundo se detenía.
Damian entendió antes que yo terminara la llamada.
—¿Cuánto controlarías?
Hice el cálculo.
Esta vez no tuve que fingir.
—El treinta y cuatro por ciento.
Su rostro se volvió ceniza.
Dos horas después entramos juntos en la sala del consejo.
Lucía estaba allí.
También la amante de Damian.
Y frente a todos ellos había nueve carpetas.
Una por cada divorcio.
Lucía sonrió.
—Perfecto. Llegó la oportunista.
Pero el presidente del consejo se puso de pie.
—Señora Vale, tome asiento.
Lucía frunció el ceño.
—Ese asiento pertenece a la familia Blackwood.
El presidente la miró con frialdad.
—Ya no.
El silencio fue absoluto.
Tomé asiento lentamente.
Damian permaneció de pie detrás de mí.
El presidente abrió la primera carpeta.
—Durante siete años, el señor Damian Blackwood transfirió voluntariamente activos a su entonces esposa mediante acuerdos legalmente ejecutados.
Abrió la segunda.
—La señora Vale transformó dichos activos en capital.
La tercera.
—Ese capital adquirió deuda y participaciones.
La cuarta.
—Y después del intento irregular realizado anoche, los derechos de conversión han quedado activados.
Lucía golpeó la mesa.
—¡Esto es absurdo!
El presidente ni siquiera la miró.
—Hay una última cuestión.
Deslizó la novena carpeta hacia mí.
La abrí.
Y entonces comprendí algo que ni siquiera yo sabía.
La villa de la montaña contenía derechos sobre los terrenos donde Blackwood Holdings planeaba construir su proyecto más importante de la década.
Damian había firmado la propiedad sin leer el anexo.
La habitación entera quedó en silencio.
Levanté la mirada.
—Damian…
Él cerró los ojos.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Empujé el documento hacia él.
—Acabas de regalarme el terreno del que depende tu proyecto de doce mil millones.
Lucía dejó caer su teléfono.
Damian me contempló durante varios segundos.
Y entonces hizo algo que jamás imaginé.
Se echó a reír.
No con rabia.
Con incredulidad.
—Nueve divorcios —murmuró—. Nueve veces intentando convencer a otras mujeres de que ellas eran especiales…
Se acercó a mí.
—Y resulta que la única mujer que aprendió algo de mí fuiste tú.
Negué suavemente.
—Te equivocas.
Me levanté.
Recogí mi bolso.
—Aprendí algo de cada divorcio.
Caminé hacia la puerta.
Damian me siguió con la mirada.
—¿Qué aprendiste?
Me detuve sin volverme.
—Que cuando un hombre insiste en pagar por abandonarte, lo más inteligente es aceptar el pago.
Seis meses después, Vale Capital era una de las firmas privadas más poderosas de la ciudad.
La villa de la montaña jamás se vendió.
La retiré del mercado aquella misma mañana.
No por nostalgia.
Blackwood Holdings terminó alquilándome los terrenos durante treinta años.
A precio de mercado.
Damian firmó personalmente el contrato.
Nunca nos casamos por décima vez.
Su amante desapareció en cuanto comprendió que el apellido Blackwood ya no garantizaba el estilo de vida que esperaba.
Lucía perdió su asiento en el consejo.
Y Damian siguió dirigiendo su empresa.
Solo que ahora, cada trimestre, debía sentarse frente a mí para presentar resultados.
La primera vez que ocurrió, dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—Señora Vale.
Sonreí.
—Señor Blackwood.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
Ya no llevaba alianza.
—¿Alguna vez me amaste de verdad?
La pregunta llegó siete años tarde.
Lo pensé unos segundos.
—Sí.
Damian levantó la mirada.
—Entonces ¿por qué parece que perderme nunca te dolió?
Sonreí con cierta tristeza.
—Porque estás confundiendo dos cosas.
—¿Cuáles?
—Amarte y necesitarte.
Me levanté y abrí la puerta de la sala.
—Te amé durante demasiado tiempo, Damian.
Hice una pausa.
—Pero gracias a nueve divorcios, finalmente aprendí a no necesitarte ni una sola vez más.
Y esa fue la única separación que ninguno de los dos volvió a intentar deshacer.