PARTE 2: LA NOVIA QUE CANCELÓ UN IMPERIO

A las ocho de la mañana, Alejandro Montes recibió la primera llamada.

Era su director financiero.

—Señor Montes, tenemos un problema.

Alejandro estaba sentado en la suite presidencial del hotel donde debía haber pasado su noche de bodas.

Todavía llevaba la camisa blanca de la ceremonia.

Sobre la mesa había una botella de champán sin abrir.

Daniela dormía en el sofá.

Él ni siquiera recordaba cuándo había dejado de discutir con ella.

—¿Qué problema? —preguntó, irritado.

—El Grupo Salgado acaba de suspender todas las negociaciones con nosotros.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué negociaciones?

Hubo un silencio.

—Todas, señor.

Alejandro se incorporó.

—Eso es imposible.

—También recibimos una notificación del banco. La línea de financiamiento de ciento veinte millones de pesos quedó suspendida mientras revisan las garantías.

Sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quién autorizó eso?

—El banco. Al parecer, la operación dependía de una garantía corporativa que nunca llegó a formalizarse.

Alejandro cerró los ojos.

La garantía.

El documento que el padre de Valeria debía firmar después de la boda.

Entonces comprendió.

—Maldita sea.

Daniela despertó sobresaltada.

—¿Qué pasó?

Alejandro la miró como si acabara de descubrir que tenía delante a una desconocida.

—Tu espectáculo de ayer acaba de costarme ciento veinte millones.

A quince kilómetros de allí, Valeria desayunaba con su padre.

Esteban Salgado era un hombre de sesenta y dos años, cabello plateado y mirada severa.

Había construido su empresa desde una pequeña distribuidora hasta convertirla en uno de los grupos logísticos más importantes del país.

Pero aquella mañana no llevaba traje.

Estaba sentado frente a su hija con una taza de café y una pregunta.

—¿Dormiste algo?

Valeria negó.

—Unas tres horas.

Su padre asintió.

—¿Quieres hablar de lo ocurrido?

Ella miró por la ventana.

—Todavía no.

Esteban no insistió.

Después de varios minutos, Valeria preguntó:

—¿Cancelaste la garantía?

—Nunca llegó a firmarse. Le indiqué al equipo que no continuara con la operación.

—¿Y los contratos?

—Los que todavía estaban en negociación quedaron suspendidos. Los acuerdos vigentes tendrán que revisarse conforme a sus condiciones.

Valeria asintió.

No quería que su padre cometiera irregularidades por defenderla.

Solo quería que dejara de regalarle oportunidades a un hombre que había confundido su confianza con debilidad.

—Papá, hay algo que no te he contado.

Esteban dejó la taza.

—Te escucho.

Valeria respiró profundamente.

—Hace tres meses encontré documentos extraños en la oficina de Alejandro.

Su padre frunció el ceño.

—¿Qué documentos?

—Facturas de una empresa llamada DC Consultores.

Esteban se quedó inmóvil.

—¿DC?

Valeria asintió.

—Daniela Cruz.

Su padre se levantó lentamente.

—¿Estás segura?

—Encontré su nombre en el registro de proveedores.

Valeria abrió su computadora.

—Alejandro me pidió que revisara unos presupuestos para la expansión de Monterrey. Decía que yo tenía buen ojo para detectar errores.

Sonrió amargamente.

—Supongo que no imaginó que revisaría también los pagos.

Mostró una tabla.

DC CONSULTORES — SERVICIOS ESTRATÉGICOS.

Había once transferencias.

La suma total ascendía a dieciocho millones cuatrocientos mil pesos.

Esteban se inclinó hacia la pantalla.

—¿Qué servicios prestó esa empresa?

Valeria negó.

—Eso es lo que quiero averiguar.

El teléfono de Esteban sonó.

Era su abogado corporativo, Mauricio Rivas.

—Don Esteban, necesitamos reunirnos inmediatamente.

—¿Por qué?

—Anoche recibimos una comunicación anónima relacionada con Montes Capital.

Esteban miró a su hija.

—¿Qué dice?

Mauricio respiró profundamente.

—Que existen facturas duplicadas y posibles conflictos de interés en contratos vinculados al Grupo Salgado.

Valeria sintió un escalofrío.

—Papá, ponlo en altavoz.

Mauricio continuó:

—El mensaje incluye copias de documentos internos y señala a DC Consultores como beneficiaria de pagos que requieren justificación.

Valeria cerró los ojos.

No había sido una sospecha absurda.

Algo estaba ocurriendo.

—¿Podemos demostrar que hubo fraude? —preguntó.

—Todavía no —respondió Mauricio—. Necesitamos verificar los documentos, los servicios y las autorizaciones.

Esteban asintió.

—Entonces inicia una auditoría independiente.

Mientras tanto, Alejandro intentaba recuperar el control.

Había llamado a cinco bancos.

Dos inversionistas.

Tres miembros de su consejo.

Ninguno le ofreció la respuesta que esperaba.

A las once, su madre, Beatriz Montes, entró en la suite.

—¿Qué hiciste?

Alejandro se levantó.

—Mamá, no empieces.

—Hay videos de tu boda por todas partes.

Daniela apareció desde el dormitorio.

—Señora Montes, puedo explicarlo.

Beatriz la miró con desprecio.

—Tú ya explicaste demasiado delante de trescientas personas.

Daniela palideció.

—Valeria exageró —dijo Alejandro—. Daniela simplemente confesó sus sentimientos.

Beatriz golpeó la mesa.

—¡Y tú no la desmentiste!

Alejandro guardó silencio.

Su madre respiró profundamente.

—¿Sabes por qué Esteban aceptó considerar la garantía?

—Porque nuestras empresas iban a asociarse.

—No.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Entonces?

Beatriz lo observó con frialdad.

—Porque confiaba en su hija.

Aquellas palabras le dolieron más que las llamadas de los bancos.

Porque sabía que eran ciertas.

Durante cinco años, Valeria había estado a su lado.

Cuando su primera empresa fracasó.

Cuando los inversionistas se retiraron.

Cuando su padre enfermó y las deudas comenzaron a acumularse.

Valeria había trabajado noches enteras revisando presupuestos.

Había organizado reuniones.

Había presentado contactos.

Y jamás había pedido reconocimiento.

Alejandro siempre había pensado que ella simplemente hacía lo que correspondía a una buena pareja.

Nunca se preguntó cuánto le costaba.

A las doce recibió un mensaje.

Era de Valeria.

«Necesito que retires mis datos personales de cualquier solicitud de financiamiento pendiente. Mi abogada se comunicará contigo para revisar los documentos».

Alejandro sintió un alivio absurdo.

Ella le había escrito.

Todavía podía arreglarlo.

Marcó inmediatamente.

Valeria contestó al tercer tono.

—¿Sí?

—Vale, tenemos que hablar.

—Habla.

—Todo esto se salió de control.

Ella guardó silencio.

—Lo de Daniela fue una estupidez —continuó—. No significa nada.

—Para ella significaba ocho años.

Alejandro apretó la mandíbula.

—No puedo controlar lo que siente.

—Pero sí puedes controlar lo que haces.

Alejandro respiró profundamente.

—Voy a cortar toda relación con ella.

Valeria miró su computadora.

—Eso ya no me corresponde.

—No puedes terminar cinco años por una escena.

—No terminé por una escena, Alejandro.

Su voz era tranquila.

—Terminé porque te miré esperando que defendieras nuestra relación y descubrí que no querías hacerlo.

Él cerró los ojos.

—Dame una oportunidad.

—Tuviste cinco años.

La llamada terminó.

Aquella tarde, Daniela llegó a la oficina de Alejandro.

Llevaba gafas oscuras.

Su teléfono no dejaba de sonar.

—Tenemos que hablar —dijo.

Alejandro estaba revisando documentos.

—No ahora.

Daniela cerró la puerta.

—No puedes tratarme como si yo hubiera hecho todo sola.

Él levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

Ella soltó una risa amarga.

—Durante años me dijiste que Valeria era una buena mujer, pero que nunca habías dejado de pensar en mí.

Alejandro palideció.

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que alguien escuche la verdad?

Daniela dejó su bolso sobre la mesa.

—Me prometiste que después de la fusión encontrarías una manera de terminar con ella.

Alejandro se quedó inmóvil.

—Nunca dije eso.

Daniela abrió su teléfono.

Le mostró una conversación.

Un mensaje suyo.

«Solo necesito que la boda salga bien. Después podremos resolver lo nuestro».

Alejandro sintió que el corazón se le detenía.

—Daniela, eso no significa…

—Significa exactamente lo que dice.

Ella se acercó.

—No voy a permitir que me conviertas en la única culpable.

Alejandro se levantó.

—¿Qué quieres?

Daniela respiró profundamente.

—Que cumplas lo que prometiste.

—¿Y qué prometí?

Su sonrisa desapareció.

—Que cuando controlaras la nueva empresa, yo tendría un lugar a tu lado.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿De qué estás hablando?

Daniela abrió su bolso.

Sacó una carpeta.

—Del acuerdo que firmamos hace seis meses.

Él retrocedió.

—Ese documento era confidencial.

—Lo sé.

Daniela lo observó fijamente.

—Y también sé cuánto dinero pasó por DC Consultores.

A las cinco de la tarde, Valeria recibió una llamada de su abogada.

Mariana Fuentes era especialista en derecho corporativo.

—Valeria, encontramos algo importante.

—¿Qué ocurrió?

—DC Consultores no solo recibió pagos de Montes Capital.

Valeria se incorporó.

—¿De quién más?

—De dos empresas vinculadas a proveedores que estaban negociando contratos con el Grupo Salgado.

Sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Eso es ilegal?

—No necesariamente. Pero hay posibles conflictos de interés que debemos investigar.

Valeria cerró los ojos.

—¿Alejandro sabía?

—Su firma aparece en varias autorizaciones. Tenemos que verificar su alcance y autenticidad.

Mariana continuó:

—También encontramos un documento que menciona una participación futura de Daniela en una sociedad nueva.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué sociedad?

—Montes-Salgado Desarrollo.

Sintió que el estómago se le encogía.

Era el nombre provisional de la empresa que Alejandro quería crear después de la boda.

—¿Qué participación?

Mariana respiró profundamente.

—El quince por ciento.

Valeria se quedó inmóvil.

Quince por ciento.

Alejandro había intentado reservarle a Daniela una participación en una empresa que todavía no existía.

Una empresa que dependería del respaldo financiero de su familia.

—¿Ese documento está firmado? —preguntó.

—Hay una versión con firmas atribuidas a Alejandro y Daniela. Necesitamos comprobar si llegó a formalizarse.

Valeria asintió.

—Entonces revisemos todo.

Aquella noche, Esteban convocó una reunión extraordinaria con sus asesores.

Valeria asistió.

Durante cinco años había evitado involucrarse demasiado en los negocios familiares.

Quería construir su propio camino.

Había estudiado administración financiera.

Trabajaba como consultora independiente.

Y había dedicado demasiado tiempo a ayudar a Alejandro a levantar su empresa.

Pero ahora comprendía que su experiencia podía servir para proteger lo que su padre había construido.

—Quiero participar en la revisión —dijo.

Esteban la miró.

—¿Estás segura?

—Sí.

Su padre asintió.

—Entonces tendrás acceso a los documentos que legalmente corresponda revisar.

Al día siguiente, los medios comenzaron a publicar noticias sobre la suspensión de las negociaciones.

Alejandro apareció en una entrevista.

Vestía un traje oscuro.

Su expresión era cuidadosamente seria.

—Mi relación personal no tiene nada que ver con la estabilidad de nuestras operaciones —declaró—. Estamos atravesando un desacuerdo temporal entre socios potenciales.

Valeria vio la entrevista desde su oficina.

No sintió rabia.

Solo cansancio.

Hasta que Alejandro añadió:

—Lamento que algunas personas hayan permitido que sus emociones afecten decisiones empresariales importantes.

Valeria apagó la pantalla.

Mariana la observó.

—¿Quieres responder?

Valeria negó.

—No públicamente.

—¿Entonces?

Abrió la carpeta de auditoría.

—Con documentos.

Dos días después, Alejandro recibió una notificación formal.

El Grupo Salgado solicitaba revisar operaciones vinculadas a sus contratos y preservar toda la documentación relevante.

También notificaba que no continuaría con la fusión propuesta.

Alejandro leyó el documento tres veces.

Después llamó a Daniela.

—Tenemos un problema.

Ella respondió con frialdad.

—Tenemos varios.

—Están investigando DC Consultores.

Hubo un silencio.

—¿Qué encontraste? —preguntó Daniela.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Por qué lo preguntas así?

—Porque hay cosas que tú tampoco sabes.

Esa noche, Daniela recibió una visita inesperada.

Su madre, Patricia Cruz, llegó a su departamento.

Llevaba el rostro pálido.

—Daniela, tenemos que hablar.

—Mamá, no estoy de humor.

Patricia cerró la puerta.

—¿Es verdad que confesaste tus sentimientos durante la boda?

Daniela suspiró.

—Sí.

Su madre se llevó una mano a la frente.

—Dios mío.

—No empieces.

Patricia la miró con una tristeza profunda.

—¿Por qué lo hiciste?

Daniela levantó la barbilla.

—Porque amo a Alejandro.

Su madre negó lentamente.

—No, hija. Lo que hiciste no fue amor.

Daniela apretó los labios.

—Tú nunca me has entendido.

Patricia abrió su bolso.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían dos niñas de unos diez años.

Valeria y Daniela.

Abrazadas frente a una escuela.

—Valeria estuvo contigo cuando tu padre nos abandonó —susurró Patricia—. Compartió contigo su casa, su comida y su familia.

Daniela apartó la mirada.

—Eso no significa que yo tenga que renunciar a todo por ella.

—No tenías que renunciar a nada.

Patricia comenzó a llorar.

—Solo tenías que no traicionarla.

Daniela guardó silencio.

Por primera vez desde la boda, recordó algo que había intentado olvidar.

Cuando tenía diecisiete años, Valeria había vendido su computadora para ayudarla a pagar un tratamiento médico de su madre.

Nunca se lo había contado a nadie.

Ni siquiera a Patricia.

Daniela sintió una punzada de vergüenza.

Pero entonces recordó a Alejandro.

Y volvió a convencerse de que había luchado por algo que merecía.

Tres días después, Mariana encontró una irregularidad todavía más grave.

—Valeria, necesito que vengas inmediatamente.

Cuando llegó al despacho, encontró a su padre sentado frente a una pantalla.

Su expresión era sombría.

—¿Qué pasó?

Mariana abrió un documento.

—Encontramos una solicitud de financiamiento presentada por Montes Capital.

Valeria frunció el ceño.

—¿De cuánto?

—Ochenta millones de pesos.

Sintió un escalofrío.

—¿Con qué garantía?

Mariana respiró profundamente.

—Con una participación accionaria del Grupo Salgado.

Valeria se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Esteban asintió.

—Nadie de nuestra empresa autorizó esa garantía.

Mariana mostró la última página.

Había una firma electrónica.

VALERIA SALGADO.

Sintió que el corazón se le detenía.

—Yo no firmé eso.

—Lo sabemos —respondió Mariana—. Estamos solicitando los registros de autenticación.

Valeria miró la fecha.

Era de dos semanas antes de la boda.

Recordó aquella noche.

Alejandro le había pedido que revisara unos documentos en su computadora.

Después le había llevado una copa de vino.

Le dijo que eran formularios administrativos relacionados con la celebración.

Ella había confiado.

—¿Alejandro utilizó mis datos? —susurró.

Mariana respondió con cautela.

—Todavía debemos determinar quién presentó la solicitud y cómo se generó la firma. Pero tenemos razones para investigar.

Esteban apretó los puños.

—No voy a permitir que utilicen el nombre de mi hija.

Valeria lo miró.

—Papá, no quiero que esto se convierta en una guerra personal.

Él respiró profundamente.

—Entonces lo resolveremos por las vías correspondientes.

Aquella tarde, Alejandro recibió una llamada del banco.

—Señor Montes, necesitamos aclarar una garantía presentada en su solicitud.

Sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué garantía?

—Una participación accionaria atribuida a la señorita Valeria Salgado.

Alejandro cerró los ojos.

—Eso lo gestionó mi departamento financiero.

—Necesitamos verificar su autorización.

—Por supuesto.

Colgó.

Después llamó inmediatamente a Daniela.

—¿Qué hiciste?

Ella guardó silencio.

—Daniela, contéstame.

Su voz sonó fría.

—Lo que tú me pediste.

Alejandro sintió que el corazón se detenía.

—Yo nunca te pedí falsificar una firma.

Daniela soltó una risa amarga.

—Me dijiste que necesitábamos asegurar el financiamiento antes de la boda.

—Eso no significa…

—Me diste acceso a los documentos de Valeria.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Qué documentos?

—Los que guardabas en tu computadora.

Durante varios segundos no habló.

Después preguntó:

—¿Presentaste una autorización sin que Valeria la firmara?

Daniela guardó silencio.

Aquello fue suficiente para que Alejandro comprendiera la gravedad del problema.

Esa noche Valeria recibió un mensaje de un número desconocido.

«Si quieres saber por qué Daniela interrumpió la boda, revisa lo que ocurrió la noche anterior».

Frunció el ceño.

Respondió:

«¿Quién eres?»

La respuesta llegó inmediatamente.

«Alguien que estuvo en la reunión privada del hotel».

Valeria sintió un escalofrío.

«¿Qué reunión?»

Pasaron varios segundos.

Después recibió un video.

La grabación mostraba una sala de reuniones.

Alejandro estaba sentado frente a Daniela.

A su lado había dos hombres.

Uno era Bruno Herrera, director financiero de Montes Capital.

El otro llevaba un traje gris.

Valeria no lo reconoció.

En la mesa había documentos.

Daniela parecía alterada.

Entonces Alejandro dijo algo que hizo que Valeria se quedara inmóvil.

—La boda tiene que celebrarse. Sin el matrimonio, Esteban nunca aprobará la garantía.

Daniela cruzó los brazos.

—¿Y después qué?

Alejandro respiró profundamente.

—Después resolveremos nuestra situación.

Valeria sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

Daniela respondió:

—Llevas meses diciéndome eso.

Alejandro golpeó suavemente la mesa.

—No arruines todo ahora.

Entonces el hombre del traje gris intervino.

—Si la señorita Salgado descubre la operación antes de firmar los documentos finales, el financiamiento podría venirse abajo.

Valeria se quedó sin respiración.

El video continuó.

Daniela comenzó a llorar.

—No voy a seguir escondiéndome.

Alejandro se levantó.

—Haz lo que quieras, pero no interrumpas la boda.

La grabación terminó.

Valeria permaneció varios minutos mirando la pantalla.

Ahora entendía algo que no había comprendido el día de la ceremonia.

Daniela no había confesado sus sentimientos únicamente por amor.

También había actuado en medio de una disputa relacionada con el dinero.

Y Alejandro había intentado mantener la boda porque necesitaba algo de ella.

Mariana revisó el video.

—Necesitamos verificar su origen y autenticidad.

Valeria asintió.

—Lo sé.

—Pero si es genuino, podría ser relevante para la investigación.

Valeria miró hacia la ventana.

—Durante cinco años pensé que Alejandro quería construir una vida conmigo.

Su voz tembló por primera vez.

—Y quizá solo quería construir una empresa utilizando mi apellido.

Al día siguiente, Valeria recibió una llamada inesperada.

Era Beatriz Montes.

—Valeria, necesito verte.

—No creo que sea buena idea.

La mujer respiró profundamente.

—Tengo algo que pertenecía a tu madre.

Valeria se quedó inmóvil.

Su madre, Isabel Salgado, había fallecido cuando ella tenía diecinueve años.

—¿Qué cosa?

Beatriz guardó silencio.

—Una carta.

Se encontraron en una cafetería discreta.

Beatriz llegó con un sobre amarillento.

—Tu madre me entregó esto hace muchos años.

Valeria frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque sabía algo sobre nuestras familias que tu padre nunca quiso discutir.

Sintió un escalofrío.

—¿Qué sabía?

Beatriz bajó la mirada.

—Que Alejandro y tú estaban destinados a encontrarse.

Valeria sintió una mezcla de incredulidad y rechazo.

—Eso no tiene sentido.

Beatriz deslizó el sobre sobre la mesa.

—Léelo.

Valeria reconoció inmediatamente la letra de su madre.

Abrió el sobre con manos temblorosas.

La carta comenzaba:

«Querida Beatriz: si algún día nuestros hijos llegan a enamorarse, necesito que sepas que hay una verdad sobre el pasado de nuestras familias que no podemos seguir ocultando».

Valeria sintió que el corazón se detenía.

Continuó leyendo.

«Hace veinticinco años, Esteban y tu esposo firmaron un acuerdo que cambió el destino de ambas empresas».

Levantó la mirada.

—¿Qué acuerdo?

Beatriz comenzó a llorar.

—Uno que nunca debió mantenerse en secreto.

Valeria volvió a la carta.

La última página contenía una frase subrayada.

«Si Valeria llega a casarse con Alejandro, las participaciones que quedaron pendientes de aquella sociedad podrían cambiar de titularidad conforme a un acuerdo antiguo».

Sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué significa esto?

Beatriz respiró profundamente.

—Que tu boda no era importante solamente para Alejandro.

Valeria la miró fijamente.

—¿Quién más quería que nos casáramos?

La mujer cerró los ojos.

Después respondió:

—Tu padre.

Valeria retrocedió.

—Eso es imposible.

Beatriz negó lentamente.

—Esteban conocía el acuerdo desde el principio.

Sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Está diciendo que mi padre sabía que Alejandro necesitaba casarse conmigo para obtener algo?

Beatriz comenzó a llorar.

—No sé cuánto sabía sobre las intenciones de Alejandro. Pero sí sabía que el matrimonio podía activar una cláusula antigua.

Valeria salió de la cafetería con la carta apretada entre las manos.

No llamó a Alejandro.

No llamó a Daniela.

Marcó el número de su padre.

Esteban contestó inmediatamente.

—Hija, ¿estás bien?

Su voz tembló.

—Papá, necesito hacerte una pregunta.

—Dime.

—¿Conocías un acuerdo antiguo que dependía de mi matrimonio con Alejandro?

Hubo un silencio.

Largo.

Demasiado largo.

Finalmente, Esteban respondió:

—¿Quién te habló de eso?

Valeria cerró los ojos.

No había dicho que fuera mentira.

—Mamá dejó una carta.

Escuchó a su padre respirar profundamente.

—Valeria, vuelve a casa. Tenemos que hablar.

—No, papá. Respóndeme ahora.

Hubo otra pausa.

Entonces Esteban dijo:

—Sí. Existía un acuerdo.

Sintió que el corazón se le detenía.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque creí que ya no tendría efecto.

—¿Qué efecto?

Su padre guardó silencio.

Después respondió:

—SI TE CASABAS CON ALEJANDRO, UNA PARTE DE LAS ACCIONES QUE TU MADRE TE DEJÓ EN FIDEICOMISO PODÍA QUEDAR SUJETA A UNA OPCIÓN DE COMPRA PACTADA HACE VEINTICINCO AÑOS.

Valeria se quedó sin respiración.

—¿Cuántas acciones?

Esteban respiró profundamente.

—EL TREINTA Y CINCO POR CIENTO DE UNA DE NUESTRAS EMPRESAS MÁS IMPORTANTES.

Valeria miró la calle.

Los automóviles seguían pasando.

La gente caminaba.

El mundo continuaba como si nada hubiera ocurrido.

Pero ella acababa de descubrir que su boda había sido mucho más que una ceremonia.

Había sido una operación empresarial.

Una que Alejandro necesitaba completar.

Y que Daniela había interrumpido sin comprender todas sus consecuencias.

Entonces su padre añadió una última frase.

—VALERIA, HAY ALGO MÁS. TU MADRE NO DEJÓ ESA CLÁUSULA PARA BENEFICIAR A LOS MONTES. LA DEJÓ PORQUE DESCUBRIÓ QUE ALGUIEN HABÍA INTENTADO QUITARTE TU HERENCIA ANTES DE QUE NACIERAS.

Sintió que las manos le temblaban.

—¿Quién?

Esteban guardó silencio.

Después respondió:

—EL MISMO HOMBRE QUE APARECE EN EL VIDEO DE LA REUNIÓN PRIVADA DE ALEJANDRO. EL DEL TRAJE GRIS.

Valeria se quedó inmóvil.

Porque acababa de comprender que aquel desconocido no era simplemente un asesor financiero.

Era alguien que llevaba veinticinco años esperando que ella llegara al altar.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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