PARTE 2: LA APUESTA DE LOS NOVENTA Y SEIS SACRIFICIOS

—Noventa y seis —repitió Diego, levantando su taza de café—. Y todavía faltan cuatro.

Las carcajadas llenaron la habitación VIP.

Yo permanecí inmóvil detrás de la puerta.

Cuatro.

¿Faltaban cuatro para qué?

Emiliano se acomodó en el sofá.

—¿Y qué pasa cuando llegues a cien?

Diego sonrió.

—Mi padre tendrá que admitir que tenía razón. Valeria es capaz de hacer cualquier cosa por mí.

Bruno soltó una carcajada.

—Hasta donar sangre por un accidente que nunca ocurrió.

Sentí que el estómago se me revolvía.

Entonces Diego pronunció las palabras que terminaron de destruir algo dentro de mí.

—Ella haría cualquier cosa si cree que estoy muriendo.

No recuerdo cómo llegué al elevador.

Solo recuerdo haber visto mi reflejo en las puertas metálicas.

Estaba pálida.

Tenía los ojos hundidos y el cabello desordenado.

Llevaba una blusa que había comprado especialmente para celebrar nuestro tercer aniversario.

Y en el brazo izquierdo tenía una venda blanca.

La prueba de que había entregado algo de mí para salvar a alguien que nunca había estado en peligro.

Cuando las puertas se abrieron, caminé hacia la salida.

No lloré.

Todavía no.

En el taxi recibí un mensaje.

Diego: «Amor, gracias por venir. Estoy muy débil. Los médicos dicen que necesito descansar. Te llamo mañana».

Miré la pantalla.

Después escribí:

«Descansa. Hablamos después».

No quería que supiera que había descubierto la verdad.

Todavía no.

Llegué a nuestro departamento a las nueve de la mañana.

Diego lo llamaba nuestro hogar.

Aunque el contrato estaba a su nombre y cada vez que discutíamos me recordaba que yo vivía allí gracias a él.

Abrí el armario.

Saqué una maleta.

Después otra.

Comencé a guardar mi ropa.

Tres años de vida cabían en dos maletas y una caja de cartón.

Mientras doblaba mis blusas, encontré una fotografía de nuestro primer viaje a Valle de Bravo.

Diego me abrazaba por detrás.

Yo sonreía como si hubiera ganado la lotería.

Recordé lo que me dijo aquella tarde.

—Nunca encontrarás a alguien que te quiera como yo.

Ahora entendía que no había sido una promesa.

Había sido una advertencia.

A las once llamé a mi mejor amiga, Camila.

—¿Puedes venir por mí?

Su voz cambió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Miré las maletas.

—Terminé con Diego.

Hubo un silencio.

—Valeria, ¿estás segura?

—Más que nunca.

—Voy para allá.

Camila llegó cuarenta minutos después.

Cuando vio la venda de mi brazo, frunció el ceño.

—¿Qué te pasó?

Le conté todo.

La llamada de Bruno.

La clínica.

La sangre.

Las risas.

Los noventa y seis sacrificios.

Camila se quedó completamente inmóvil.

—¿Estás diciendo que fingieron un accidente para comprobar cuánto estabas dispuesta a hacer por él?

Asentí.

Su expresión pasó de la incredulidad a la indignación.

—Valeria, eso no es una broma.

—Lo sé.

—¿Y la clínica participó?

Bajé la mirada.

—Eso necesito averiguar.

Camila me ayudó a cargar las maletas.

Antes de salir, encontré una pequeña caja de terciopelo.

Dentro había un anillo.

No era de compromiso.

Diego me lo había regalado cuando cumplimos dos años.

—Para que recuerdes que perteneces a alguien —me dijo entonces.

Lo dejé sobre la mesa.

Junto a las llaves del departamento.

Durante los siguientes tres días me quedé en casa de Camila.

Apagué las notificaciones de Diego.

Pero no bloqueé su número.

Quería conservar cualquier mensaje que pudiera servir como prueba.

El primer día me escribió seis veces.

El segundo, diecisiete.

El tercero apareció frente al edificio.

Camila bajó a hablar con él.

Yo observaba desde la ventana.

Diego llevaba un ramo de rosas blancas.

Parecía preocupado.

Por primera vez, no tenía el control de la situación.

Mi teléfono sonó.

—Valeria, ¿dónde estás?

Su voz era dura.

—En un lugar seguro.

—¿Por qué te llevaste tus cosas?

—Porque ya no quiero vivir contigo.

Hubo un silencio.

Después soltó una risa incrédula.

—¿Estás terminando conmigo?

—Sí.

—¿Por qué?

Miré la venda de mi brazo.

—Porque descubrí que no conozco al hombre con quien he estado viviendo.

Diego respiró profundamente.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no voy a seguir participando en tus juegos.

La línea quedó en silencio.

Entonces su tono cambió.

—¿Quién te contó algo?

Sentí un escalofrío.

No preguntó qué había ocurrido.

No preguntó si estaba bien.

Preguntó quién había hablado.

—Adiós, Diego.

Colgué.

Aquella noche Camila me acompañó a consultar con una abogada.

Se llamaba Mariana Salcedo.

Escuchó mi relato sin interrumpirme.

Después revisó los documentos que conservaba de la clínica.

—Valeria, necesitamos separar varias cuestiones —explicó—. La mentira de tu pareja, la manera en que se obtuvo tu consentimiento y el manejo de la sangre que donaste.

Asentí.

—Vi cómo tiraban mi bolsa.

—Debemos averiguar si realmente era tu unidad, por qué se descartó y qué procedimientos siguió la clínica.

—¿Puedo denunciarlo?

—Podemos presentar una queja formal y solicitar que se conserven los registros. También evaluaremos si existen hechos que deban ponerse en conocimiento de las autoridades.

Por primera vez desde aquella mañana, sentí que podía hacer algo más que llorar.

Dos días después recibí una llamada inesperada.

—¿Señorita Valeria Torres?

—Sí.

—Mi nombre es Elena Vargas. Soy enfermera de la clínica donde acudió a donar sangre.

Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Qué necesita?

Hubo un silencio.

—Necesito hablar con usted sobre lo que ocurrió aquella mañana.

Me incorporé.

—¿Por qué?

La mujer respiró profundamente.

—Porque no fue la primera vez que organizaron algo parecido.

Nos reunimos en una cafetería cercana a la clínica.

Elena llegó con una carpeta.

Parecía nerviosa.

—Trabajo allí desde hace cuatro años —comenzó—. He visto a muchos pacientes, pero nunca algo como lo de usted.

—¿Qué pasó realmente?

Elena bajó la mirada.

—La solicitud de donación fue registrada como parte de un procedimiento especial.

Fruncí el ceño.

—¿Qué procedimiento?

—Una extracción destinada a una supuesta evaluación de compatibilidad.

Sentí un escalofrío.

—Pero me dijeron que Diego necesitaba sangre urgentemente.

Elena asintió.

—Eso fue lo que le dijeron a usted. Sin embargo, no encontré una orden médica que justificara aquella explicación.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién autorizó la extracción?

Elena abrió la carpeta.

—El doctor Mauricio Beltrán.

Reconocí inmediatamente el apellido.

Beltrán.

Era el médico privado de la familia Cárdenas.

El mismo hombre que había atendido a Diego desde niño.

—¿Por qué descartaron mi sangre?

Elena respiró profundamente.

—La unidad fue marcada como no apta para uso clínico.

—¿Por qué?

—No tengo acceso a todos los resultados. Pero la orden de descarte se registró antes de que usted terminara la donación.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Antes?

Elena asintió.

—Sí.

Miré la mesa.

Aquello significaba que alguien había previsto que mi sangre no sería utilizada.

Mariana solicitó formalmente los registros.

Mientras tanto, Camila descubrió algo extraño.

—Valeria, ¿recuerdas que Diego organizaba reuniones mensuales con sus amigos?

Asentí.

—Siempre decía que eran cenas de negocios.

Camila me mostró una fotografía publicada en redes sociales.

Diego aparecía junto a Bruno y Emiliano.

Detrás había una pantalla.

En ella se distinguía una frase.

EL RETO DE LOS CIEN.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué es eso?

Camila amplió la imagen.

Debajo del título había una lista de nombres.

Reconocí el mío.

VALERIA TORRES — 96.

Durante varios segundos no pude hablar.

—¿Qué significa?

Camila negó.

—No lo sé. Pero parece que llevaban un registro.

Me senté lentamente.

Noventa y seis.

No era una cifra improvisada.

Era parte de algo organizado.

Aquella noche recibí un correo anónimo.

El asunto decía:

«NO ERES LA PRIMERA».

Abrí el mensaje.

Contenía una fotografía de una mujer joven.

Debajo aparecía una frase.

«A mí también me hicieron creer que Diego estaba en peligro».

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

Respondí inmediatamente.

«¿Quién eres?»

La respuesta llegó diez minutos después.

«Me llamo Renata. Salí con Diego antes que tú».

Nos encontramos al día siguiente.

Renata tenía treinta años y trabajaba como arquitecta.

Cuando me vio, miró inmediatamente la venda de mi brazo.

—Así que llegaron hasta la sangre.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Renata respiró profundamente.

—Conmigo empezaron con pequeñas pruebas.

—¿Qué clase de pruebas?

—Cancelar planes importantes para atenderlo. Prestarle dinero. Dejar trabajos. Mentirle a mi familia para protegerlo.

La miré horrorizada.

—¿Por qué?

—Porque Diego y sus amigos competían para demostrar quién podía conseguir más sacrificios de su pareja.

Sentí náuseas.

—¿Competían?

Renata asintió.

—Lo llamaban el Reto de los Cien.

Me quedé inmóvil.

—¿Y qué pasaba al llegar a cien?

Su expresión cambió.

—Eso nunca lo descubrí.

Renata sacó su teléfono.

Me mostró una conversación antigua.

Bruno había escrito:

«Diego lleva setenta y ocho. Si llega a cien antes de diciembre, gana la apuesta».

Debajo aparecía una respuesta de Emiliano.

«Su padre tendrá que cumplir el acuerdo».

Sentí que el corazón se aceleraba.

—¿Qué acuerdo?

Renata negó.

—No lo sé.

Dos días después Mariana recibió respuesta de la clínica.

La institución confirmó que mi sangre había sido descartada, pero señaló que necesitaba revisar internamente las circunstancias de la extracción.

También ofreció una reunión formal.

Acepté.

No quería rumores.

Quería documentos.

En la reunión estuvieron presentes el director médico, una responsable de calidad y Mariana.

El director parecía incómodo.

—Señorita Torres, lamentamos profundamente la experiencia que describe.

Lo miré.

—¿Diego estaba hospitalizado por un accidente?

El hombre guardó silencio.

Después respondió:

—No encontramos registros de una cirugía de urgencia a su nombre durante aquella madrugada.

Sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.

—Entonces me mintieron.

Mariana intervino.

—Necesitamos conocer quién solicitó el procedimiento y qué información se proporcionó a mi representada.

El director asintió.

—Estamos investigándolo.

Al salir recibí un mensaje de Diego.

«Valeria, tenemos que hablar. No entiendes lo que está pasando».

Lo ignoré.

Entonces llegó otro.

«Mi padre quiere conocerte».

Me quedé inmóvil.

Durante tres años, el señor Arturo Cárdenas apenas me había dirigido la palabra.

Nunca me invitó a sus reuniones familiares.

Nunca ocultó que consideraba que yo no pertenecía a su mundo.

¿Por qué quería verme ahora?

Mariana me aconsejó no acudir sola.

La reunión se realizó en su despacho.

Arturo Cárdenas llegó acompañado por un abogado.

Era un hombre de sesenta años, impecablemente vestido.

Me observó durante varios segundos.

—Valeria, mi hijo cometió una estupidez.

No respondí.

—Pero no quiero que un malentendido destruya su futuro.

Sentí una risa amarga.

—¿Un malentendido?

Arturo colocó una carpeta sobre la mesa.

—Estoy dispuesto a compensarte económicamente por las molestias.

Mariana levantó la mirada.

—¿A cambio de qué?

El hombre respiró profundamente.

—De que este asunto termine aquí.

Abrí la carpeta.

Había un acuerdo de confidencialidad.

Y una propuesta de pago.

DOS MILLONES DE PESOS.

Me quedé inmóvil.

Dos millones.

Por tres años de humillaciones.

Por una donación obtenida mediante una mentira.

Por el dolor de descubrir que había sido utilizada como entretenimiento.

Cerré la carpeta.

—No voy a firmar.

Arturo frunció el ceño.

—Deberías pensarlo.

Lo miré directamente.

—Ya lo pensé.

Su expresión se endureció.

—Valeria, hay situaciones que no comprendes.

—Entonces explíquemelas.

El hombre guardó silencio.

Después dijo:

—Diego está a punto de asumir una posición importante dentro de nuestra empresa.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

Arturo miró a Mariana.

—Mi hijo necesita demostrar que puede cumplir ciertos compromisos.

La abogada frunció el ceño.

—¿Qué compromisos?

Arturo se levantó.

—Creo que esta reunión ha terminado.

Aquella noche Renata me llamó.

Su voz temblaba.

—Valeria, encontré algo.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Un documento antiguo relacionado con el Reto de los Cien.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

—¿Qué dice?

—No era solamente una apuesta entre amigos.

Me quedé inmóvil.

—¿Entonces?

Renata respiró profundamente.

—Era una condición impuesta por Arturo.

Nos reunimos inmediatamente.

Renata colocó una copia de un correo sobre la mesa.

El remitente era Arturo Cárdenas.

El destinatario, Diego.

La fecha correspondía a cuatro años antes.

«Si quieres dirigir la división de inversiones, primero debes demostrar que eres capaz de obtener obediencia y lealtad absoluta. Los negocios no son para hombres que se dejan controlar por sus emociones».

Sentí que el estómago se me revolvía.

Debajo había otra frase.

«Cien pruebas. Sin excepciones».

Me quedé sin palabras.

Diego había convertido nuestra relación en un examen.

Y su padre había sido quien estableció las reglas.

Pero Renata todavía no había terminado.

—Hay algo más.

Sacó una segunda hoja.

—Encontré una lista de mujeres.

Reconocí varios nombres.

Renata.

Valeria.

Y otros seis.

Cada una tenía una cifra.

Una puntuación.

Una fecha.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

—¿Todas fueron sus parejas?

Renata negó.

—Algunas salieron con otros hombres del grupo.

Mariana examinó la lista.

—Esto podría indicar un patrón de manipulación, pero necesitamos verificar la autenticidad y el contexto de estos documentos.

Asentí.

Entonces vi algo que me dejó completamente inmóvil.

Junto a mi nombre aparecía una anotación.

«OBJETIVO FINAL: DONACIÓN CONFIRMADA».

Debajo había otra línea.

«FASE 97: DOCUMENTACIÓN PATRIMONIAL».

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa documentación patrimonial?

Renata negó.

—No lo sé.

Al día siguiente recibí una llamada del banco.

—Señorita Torres, estamos verificando una solicitud de crédito presentada recientemente a su nombre.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué solicitud?

—Un financiamiento personal por un millón ochocientos mil pesos.

Me quedé inmóvil.

—Yo no he solicitado ningún crédito.

La empleada guardó silencio.

—Entonces necesitamos activar nuestro procedimiento de revisión por posible suplantación de identidad.

Llamé inmediatamente a Mariana.

—Diego intentó solicitar un crédito con mis datos.

—¿Tenemos confirmación de que fue él?

Respiré profundamente.

—No. Pero alguien utilizó mi información.

—Entonces vamos a documentarlo y proteger tus cuentas.

Aquella noche recibí otro mensaje anónimo.

«Valeria, no firmes nada que te entregue Diego. El Reto de los Cien no termina con una prueba de amor».

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

Respondí:

«¿Qué ocurre cuando alguien llega a cien?»

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«LA PERSONA QUE SUPERA LAS CIEN PRUEBAS ENTREGA AL GRUPO ALGO QUE NO SABE QUE ESTÁ ENTREGANDO».

Me quedé inmóvil.

«¿Qué cosa?»

Pasaron varios minutos.

Entonces apareció una fotografía.

Era un documento bancario.

En la parte superior estaba mi nombre.

Debajo, una cantidad.

DIECIOCHO MILLONES DE PESOS.

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

Nunca había tenido semejante cantidad de dinero.

Nunca había firmado un préstamo por esa cifra.

Y, sin embargo, mi nombre aparecía vinculado a una operación financiera que no reconocía.

Llamé inmediatamente a Mariana.

Le envié la fotografía.

Cinco minutos después me devolvió la llamada.

Su voz era completamente distinta.

—Valeria, ¿conoces una empresa llamada Torres Patrimonial?

Fruncí el ceño.

—No.

Hubo un silencio.

—¿Tu padre sigue trabajando como contador?

Sentí un escalofrío.

—Sí. ¿Por qué?

Mariana respiró profundamente.

—Porque esa sociedad aparece relacionada con un antiguo expediente de tu familia.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué expediente?

—Uno que podría explicar por qué Arturo Cárdenas estaba tan interesado en que Diego mantuviera una relación contigo.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

—¿Qué tiene que ver mi familia con todo esto?

Mariana guardó silencio.

Después respondió:

—VALERIA, NECESITO QUE HABLES CON TU PADRE. HAY DOCUMENTOS QUE INDICAN QUE HACE VEINTE AÑOS FUE SOCIO DE ARTURO CÁRDENAS EN UNA OPERACIÓN QUE TERMINÓ CON UNA DISPUTA MILLONARIA.

Me quedé sin respiración.

Mi padre.

El hombre que siempre me había enseñado a vivir con honestidad.

El mismo que había trabajado toda su vida llevando cuentas ajenas.

Entonces Mariana añadió:

—Y hay algo todavía más preocupante.

Sentí que las manos me temblaban.

—¿Qué?

Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—EL DOCUMENTO DE DIECIOCHO MILLONES NO ES UN CRÉDITO A TU NOMBRE. ES UNA SUPUESTA CESIÓN DE DERECHOS SOBRE UNA PARTICIPACIÓN EMPRESARIAL. Y LA FECHA DE LA OPERACIÓN ES LA MISMA MAÑANA EN QUE DONASTE SANGRE.

Me quedé mirando la venda de mi brazo.

La clínica.

Los formularios que había firmado sin leer.

La urgencia inventada.

Las noventa y seis pruebas.

Y comprendí que quizá aquella última humillación no había sido simplemente otra apuesta.

Tal vez alguien había utilizado mi desesperación para hacerme firmar algo mucho más importante.

Entonces recibí un mensaje de Diego.

«Valeria, mi padre acaba de enterarse de que hablaste con Mariana. Necesitamos arreglar esto antes de que descubras lo que firmaste en la clínica».

Sentí que el corazón se detenía.

Porque Diego acababa de confirmar que sabía exactamente lo que yo todavía estaba intentando averiguar.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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