El destino tenía un sentido del humor bastante cruel.
Lo descubrí cuarenta minutos después de aterrizar en Seattle.
Estábamos en una heladería del aeropuerto cuando Lily dejó caer su cucharita.
Un hombre se agachó para recogerla.
—Aquí tienes, princesa.
—Gracias, señor.
Reconocí aquella voz antes de levantar la cabeza.
Adrian Whitmore.
Cinco años después.
El mismo rostro atractivo.
La misma elegancia arrogante.
Pero cuando sus ojos encontraron los míos, su sonrisa desapareció.
—¿Emma?
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—Adrian.
Entonces miró a los niños.
Primero a Noah.
Después a Mason.
Finalmente a Lily.
Su expresión cambió por completo.
—¿Quiénes son?
Noah se adelantó.
—Somos sus hijos, señor. ¿Y usted?
Casi me atraganté.
Adrian palideció.
—Emma —susurró—. ¿Cuántos años tienen?
—Cuatro.
Hizo rápidamente las cuentas.
—¿Son…?
—Mis hijos —respondí.
Su mirada se clavó en mí.
—¿También son míos?
Antes de que pudiera responder, Lily levantó su helado.
—Mami dice que no debemos hablar con desconocidos.
Tomé su mano.
—Y tiene razón, cariño.
Adrian dio un paso adelante.
—Necesitamos hablar.
—No tenemos nada que hablar.
—¡Emma!
Me detuve.
—Hace cinco años me pagaste cien millones para desaparecer de tu vida. Cumplí mi parte.
Su rostro se endureció.
—No sabía que estabas embarazada.
—Tampoco preguntaste si estaba bien.
Aquella tarde llegué al hotel con los niños.
Mi asistente, Sophia, me esperaba en la recepción.
—Señora Sinclair, tenemos un problema.
Suspiré.
—¿Qué ocurrió?
—La reunión de mañana será con Whitmore Industries.
Me quedé inmóvil.
—¿Whitmore?
Sophia asintió.
—Adrian Whitmore es el presidente ejecutivo.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
Cinco años evitando a aquel hombre.
Y ahora tendría que sentarme frente a él para negociar una adquisición.
—No canceles nada —respondí.
Sophia parecía sorprendida.
—¿Está segura?
Sonreí.
—Completamente.
A la mañana siguiente entré en la sala de juntas.
Adrian estaba sentado al extremo de la mesa.
A su lado había una mujer rubia.
Isabella.
La razón por la que mi matrimonio había terminado.
Ella me reconoció inmediatamente.
—Emma… qué sorpresa.
—Isabella.
Adrian se levantó.
—¿Qué haces aquí?
Mi asistente abrió una carpeta.
—La señora Sinclair representa a Aurora Capital, el grupo interesado en adquirir una participación mayoritaria de su división tecnológica.
El silencio fue absoluto.
Adrian me miró incrédulo.
—¿Aurora Capital es tuya?
Sonreí.
—Desde hace cuatro años.
Isabella soltó una pequeña risa.
—Supongo que los cien millones fueron bastante útiles.
La miré tranquilamente.
—Fueron un buen comienzo.
Sophia proyectó las cifras.
Durante cinco años había invertido, construido empresas y desarrollado una firma internacional.
No había regresado para vengarme.
Había regresado porque una oportunidad de negocio valía la pena.
Adrian observó los documentos.
—¿Quieres comprar parte de mi compañía?
—Quiero comprar una división rentable. Que lleve tu apellido es una coincidencia poco agradable.
Uno de los directivos ocultó una sonrisa.
Después de la reunión, Adrian me siguió hasta el ascensor.
—Emma, quiero conocer a los niños.
Lo miré fijamente.
—No puedes aparecer después de cinco años y exigir que te llamen papá.
—Son mis hijos.
—Y merecen estabilidad, no promesas impulsivas.
Su expresión cambió.
—Haré una prueba de paternidad si es necesario.
—Podemos hablar de eso mediante abogados.
Adrian bajó la mirada.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Respiré profundamente.
—Porque el día que descubrí que estaba embarazada, tú me entregaste los papeles del divorcio.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré sin mirar atrás.
Esa noche, Noah se sentó junto a mí.
—Mami, ¿el señor del aeropuerto es nuestro papá?
Mi corazón se encogió.
—Sí, cariño.
Mason levantó la cabeza.
—¿Por qué nunca vino?
Acaricié su cabello.
—Porque no sabía que ustedes existían.
Lily frunció el ceño.
—¿Entonces podemos conocerlo?
Los abracé a los tres.
—Vamos a resolverlo con calma.
Por primera vez comprendí que regresar a Seattle no solo cambiaría mi vida.
También cambiaría la de ellos.
Pero la verdadera sorpresa llegó dos días después.
Sophia entró apresuradamente en mi oficina.
—Emma, encontramos algo extraño durante la revisión financiera de Whitmore Industries.
Me entregó un expediente.
—Hace cinco años, Adrian transfirió cien millones a tu cuenta.
—Lo sé.
—Pero ese dinero no salió directamente de sus fondos personales.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces de dónde?
Sophia señaló una sociedad fiduciaria.
El nombre me resultaba familiar.
SINCLAIR FAMILY TRUST.
Sentí que se me helaba la sangre.
Era el fideicomiso creado por mi abuela.
—Eso es imposible.
Sophia negó lentamente.
—Estamos verificando los registros, pero parece que parte del dinero pasó por una entidad vinculada a tu herencia.
Aquella noche llamé a mi antiguo abogado.
—Necesito saber quién administraba el fideicomiso de mi abuela cuando me divorcié.
Hubo un silencio.
—Emma, pensé que ya lo sabías.
—¿Saber qué?
—Tu abuela modificó el acuerdo patrimonial antes de fallecer.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Qué modificación?
—Estableció determinadas protecciones para tus bienes en caso de divorcio.
Me quedé inmóvil.
—¿Y quién tenía acceso a esos documentos?
Mi abogado tardó en responder.
—Adrian. Y una segunda persona.
—¿Quién?
—Isabella.
A la mañana siguiente recibí una llamada de un número desconocido.
Era Isabella.
Su voz temblaba.
—Emma, necesito verte.
—No tenemos nada que hablar.
—Es sobre los cien millones.
Me quedé en silencio.
Isabella continuó:
—Adrian nunca supo toda la verdad sobre aquella transferencia.
—¿Qué estás diciendo?
—Que alguien preparó el divorcio mucho antes de que yo regresara.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Isabella comenzó a llorar.
—Tu abuela dejó una carta. Yo la encontré entre los documentos del fideicomiso.
—Mi abuela murió antes de que me casara.
—Lo sé.
Su voz se volvió apenas un susurro.
—Pero en esa carta mencionaba a Adrian por su nombre.
Me quedé completamente inmóvil.
Entonces Isabella pronunció las palabras que cambiaron todo.
—Emma, tu abuela sabía que algún día él intentaría divorciarse de ti.
Apreté el teléfono.
—¿Cómo podía saberlo?
Isabella respiró profundamente.
—Porque tu matrimonio no fue tan casual como creías.
Minutos después recibí una fotografía de aquella carta.
Reconocí inmediatamente la letra de mi abuela.
En la última línea aparecía una advertencia:
«EMMA, SI ADRIAN ALGUNA VEZ TE ENTREGA CIEN MILLONES PARA QUE TE MARCHES, NO LE PREGUNTES POR QUÉ QUIERE LIBRARSE DE TI. PREGÚNTALE QUIÉN LE DIJO QUE ESA ERA LA CANTIDAD EXACTA».
Me quedé mirando la pantalla.
Y entonces recordé algo.
El día del divorcio, Adrian no había negociado.
No había calculado.
Simplemente había transferido cien millones.
Como si alguien le hubiera indicado exactamente cuánto debía pagar.
Y por primera vez me pregunté si aquellos cien millones habían sido realmente un regalo de libertad…
O la primera pieza de un secreto que mi abuela había intentado proteger incluso después de morir.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
