—Mi madre murió esta mañana, Adrian.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Mi esposo dejó lentamente el teléfono sobre el escritorio.
—¿Qué?
—Murió a las cinco y diecisiete. Mientras tú dormías tranquilamente, yo sostenía su mano.
Por primera vez, Adrian pareció perder el control.
—Claire, ¿por qué no me avisaste?
Solté una risa amarga.
—Te llamé cuatro veces cuando todavía podías ayudarla.
No respondió.
Me quité el anillo de bodas y lo dejé sobre los documentos del divorcio.
—Ya no necesito tu permiso para marcharme.
Aquella noche abandoné la mansión con una maleta y una fotografía de mamá.
No miré atrás.
Cinco días después, Adrian estaba bebiendo whisky en el exclusivo club Blackstone.
Su socio, Richard Collins, se sentó frente a él.
—Adrian, ¿por qué no estuviste en el funeral de tu suegra?
Adrian dejó caer el vaso.
—¿Qué funeral?
Richard lo observó horrorizado.
—El de Margaret Bennett. Fue hace tres días. Claire estuvo completamente sola.
Adrian palideció.
Entonces Richard añadió:
—Por cierto, Margaret era una de las personas más importantes de nuestra fundación médica.
—¿De qué estás hablando?
Richard frunció el ceño.
—¿Nunca te lo contó Vanessa?
Mientras tanto, yo estaba en el pequeño apartamento donde mamá había vivido durante treinta años.
Ordenaba sus pertenencias cuando encontré una carpeta azul.
Dentro había recibos, cartas y documentos financieros.
Uno llevaba el logotipo de Kane Medical Holdings.
La empresa que financiaba la red de hospitales utilizada por mi madre.
Debajo aparecía una transferencia de dos millones de dólares realizada quince años atrás.
El nombre de la remitente era Margaret Bennett.
Sentí que el corazón se me detenía.
Mi madre, que había trabajado limpiando oficinas y atendiendo una cafetería, había transferido dos millones de dólares a una empresa vinculada con mi marido.
¿Cómo era posible?
A la mañana siguiente visité al abogado mencionado en los documentos.
Se llamaba Thomas Whitmore.
Cuando escuchó mi nombre, se levantó inmediatamente.
—Claire Bennett. Su madre me pidió que la esperara.
Me entregó una carta.
«Mi querida hija: nunca quise que el dinero definiera tu vida. Hace muchos años ayudé a una familia que estaba a punto de perderlo todo. Lo hice porque creía en las personas, no en las fortunas».
Continué leyendo.
«Pero aquella inversión nunca fue un regalo. Conservé una participación que algún día debía pertenecerte».
Levanté la mirada.
—¿Qué participación?
Thomas abrió otra carpeta.
—Su madre era propietaria del veinticinco por ciento de una sociedad que posteriormente pasó a formar parte del grupo Kane.
Me quedé inmóvil.
—¿Adrian lo sabía?
Thomas negó lentamente.
—Eso debemos averiguarlo.
Esa tarde recibí una llamada del hospital.
La doctora Evelyn Brooks quería hablar conmigo.
—Señora Bennett, revisamos el expediente de autorización de su madre.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué encontraron?
—La solicitud original fue aprobada por el departamento médico a las nueve y doce de la mañana.
Me aferré al teléfono.
—Pero Vanessa dijo que seguía pendiente.
—Exactamente. La autorización financiera fue retenida después de la aprobación clínica.
Me quedé sin respiración.
—¿Quién la retuvo?
La doctora guardó silencio.
—La cuenta administrativa de Vanessa Reed.
Cerré los ojos.
Aquello no demostraba que mamá hubiera sobrevivido con el tratamiento.
Pero sí demostraba que alguien había retrasado deliberadamente una decisión urgente.
Esa noche Adrian apareció frente al apartamento.
Parecía agotado.
—Claire, necesito hablar contigo.
—Habla desde ahí.
Me miró con los ojos enrojecidos.
—No sabía que tu madre había muerto.
—Ese es precisamente el problema.
—Despedí a Vanessa.
Lo observé sin emoción.
—Eso no devolverá a mamá.
Adrian bajó la cabeza.
—Richard me contó lo de la inversión.
Sentí una punzada de rabia.
—Entonces ya sabes que mi madre ayudó a construir parte del imperio del que tanto presumías.
—Claire, nunca lo supe.
—Quizás porque nunca consideraste importante escuchar a las mujeres de mi familia.
Antes de marcharse, Adrian me entregó un sobre.
—Encontré esto en la oficina de Vanessa.
Dentro había una copia de la solicitud médica.
Junto a ella, un correo electrónico enviado desde una dirección corporativa.
«No autorizar pagos extraordinarios relacionados con Margaret Bennett hasta completar la revisión patrimonial».
La fecha correspondía al día de su fallecimiento.
Debajo aparecía una firma digital.
ADRIAN KANE.
Lo miré fijamente.
—¿Firmaste esto?
Su rostro perdió todo el color.
—No.
—Lleva tu nombre.
—Alguien utilizó mis credenciales.
Quise cerrar la puerta.
Pero Adrian pronunció algo que me detuvo.
—Claire, Vanessa no actuaba sola.
Al día siguiente Thomas me llamó urgentemente.
—Encontramos un documento que su madre firmó antes de enfermar.
—¿Qué documento?
—Una solicitud para investigar movimientos financieros relacionados con su participación empresarial.
Me senté lentamente.
—¿Qué descubrió?
Thomas respiró profundamente.
—Que alguien estaba intentando transferir sus acciones mediante documentos cuya autenticidad está cuestionada.
—¿Vanessa?
—Su nombre aparece en varias comunicaciones.
Entonces Thomas añadió:
—Pero hay algo más. Su madre dejó una grabación para usted.
Abrí el archivo.
La voz de mamá llenó la habitación.
—Claire, si estás escuchando esto, significa que no pude explicártelo personalmente.
Comencé a llorar.
—Hay algo sobre Adrian que necesitas saber. No se trata solamente de dinero.
La grabación quedó en silencio unos segundos.
Después escuché unas palabras que me helaron la sangre.
—El hombre que conoces como Adrian Kane no fue la primera persona de esa familia que intentó casarse contigo.
Miré a Thomas, completamente confundida.
Él deslizó una fotografía antigua sobre la mesa.
Mostraba a mi madre junto al padre de Adrian.
Entre ambos había una niña pequeña.
Yo.
En el reverso aparecía una fecha de hacía veintisiete años.
Y una frase escrita por mamá:
«EL DÍA EN QUE PROMETIERON QUE CLAIRE NUNCA DESCUBRIRÍA LA VERDAD».
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
