PARTE 2: EL SECRETO DE MARGARITA

Penélope se llevó una mano a la boca.

—¿Margarita?

La niña de seis años avanzó lentamente, abrazando su conejo de peluche.

Gabriel se levantó de golpe.

—¡Esto es absurdo! ¡Mi hija no tiene nada que hacer aquí!

La jueza Barrett levantó una mano.

—Siéntese, señor Albright. Nadie interrogará a una menor sin las garantías correspondientes.

Margarita comenzó a llorar.

—No quiero volver con papá.

Aquellas palabras dejaron a todos inmóviles.

Penélope intentó acercarse, pero su abogado la detuvo suavemente.

La jueza ordenó un breve receso para que una especialista infantil pudiera acompañar a la pequeña.

Antes de salir, Margarita miró a Penélope.

—Mamá Penny, traje lo que me dijiste que guardara cuando tuviera miedo.

Gabriel palideció.

Bianca dejó de sonreír.

Veinte minutos después, la especialista regresó con una pequeña tableta.

Margarita había explicado que quería mostrar algo importante y que prefería hacerlo acompañada.

La jueza autorizó que el material fuera entregado para su revisión.

El abogado de Penélope parecía confundido.

—Mi clienta desconocía la existencia de esta grabación, señoría.

La especialista conectó el dispositivo.

Apareció la sala de estar de los Albright.

La fecha correspondía a tres semanas antes.

Gabriel estaba sentado junto a Bianca.

Sobre la mesa había varios documentos.

Entonces se escuchó la voz de Bianca.

—Cuando Penélope firme el divorcio, tendremos la casa y las cuentas.

Gabriel respondió:

—Ya conseguí que su abogado crea que no tiene ninguna posibilidad.

Penélope sintió un escalofrío.

Pero lo peor estaba por llegar.

Bianca apareció nuevamente en pantalla.

—¿Y Margarita?

Gabriel suspiró.

—Mi hermana puede llevársela. Penélope no tiene derechos legales sobre ella.

La pequeña había perdido a su madre biológica cuando tenía dos años.

Durante cuatro años, Penélope la había criado como su propia hija.

La llevaba al colegio.

La acompañaba cuando enfermaba.

Le leía cuentos todas las noches.

Y ahora Gabriel hablaba de ella como si fuera un mueble que podía trasladarse.

Entonces Bianca dijo:

—Perfecto. Cuando nazca el bebé, tampoco tendremos que preocuparnos por Penélope. Solo necesitas asegurarte de que no tenga dinero para enfrentarte.

Gabriel sonrió.

—Ya me encargué de eso.

La grabación terminó.

La jueza Barrett permaneció en silencio.

Después miró a Gabriel.

—Este material plantea cuestiones graves que deberán examinarse mediante los procedimientos correspondientes.

Gabriel se puso de pie.

—¡Esa grabación fue manipulada!

Su abogado le pidió que guardara silencio.

Bianca intentó salir discretamente.

Pero Penélope la miró directamente.

—¿Por qué le hiciste esto a una niña que nunca te hizo daño?

Bianca no respondió.

Margarita, sentada junto a la especialista, susurró:

—Porque la señora mala dice que papá necesita una familia nueva.

Penélope comenzó a llorar.

La jueza suspendió cualquier decisión definitiva sobre la renuncia patrimonial hasta que Penélope recibiera asesoramiento independiente y se revisara la documentación financiera.

También ordenó que las preocupaciones sobre Margarita fueran remitidas a las autoridades competentes.

Al salir del tribunal, Gabriel se acercó furioso.

—¡Arruinaste mi vida!

Penélope protegió instintivamente su vientre.

—No, Gabriel. Tú decidiste arruinar nuestra familia.

Margarita tomó su mano.

—¿Puedo ir contigo, mamá Penny?

Penélope se arrodilló con dificultad.

—Voy a hacer todo lo posible para que estés segura, cariño.

Aquella tarde, el abogado de Penélope recibió una llamada inesperada.

Era Helen Whitmore, una especialista en patrimonios familiares.

—Necesito hablar con la señora Albright sobre la empresa de su esposo.

Penélope frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Helen colocó una carpeta sobre la mesa.

—Hace siete años, usted aportó cuarenta mil dólares para que Gabriel iniciara su negocio.

—Era dinero que heredé de mi abuela.

—Exactamente. Pero Gabriel nunca le explicó cómo quedó registrada aquella inversión.

Penélope sintió que el corazón se aceleraba.

Helen señaló un documento.

—Según el acuerdo original, usted adquirió el cuarenta por ciento de las participaciones fundadoras.

—¿Qué?

—Y encontramos indicios de que alguien intentó transferirlas utilizando una firma que debemos verificar.

Penélope examinó el documento.

La firma parecía suya.

Pero la fecha correspondía a una semana en la que había estado hospitalizada por complicaciones del embarazo.

—Yo nunca firmé esto.

Helen asintió.

—Entonces debemos impugnarlo y solicitar una revisión de los registros.

De pronto, el teléfono de Helen sonó.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Está completamente seguro?

Colgó lentamente.

—Penélope, encontramos una segunda cuenta vinculada a las operaciones de Gabriel.

—¿Cuánto dinero hay?

—Aproximadamente doce millones de dólares.

Penélope se quedó sin respiración.

Gabriel había declarado ante el tribunal que su empresa estaba prácticamente endeudada.

Pero Helen todavía no había terminado.

—La cuenta no está únicamente relacionada con Gabriel.

Deslizó otra hoja hacia Penélope.

El nombre del segundo beneficiario era Bianca Shepherd.

Penélope cerró los ojos.

Entonces Margarita se acercó con su conejo.

—Mamá Penny, olvidé enseñarte otra cosa.

Abrió una pequeña cremallera escondida en la espalda del peluche.

Dentro había una llave plateada.

—La encontré cuando papá escondió los papeles de mamá.

Penélope se quedó inmóvil.

—¿Qué papeles, cariño?

Margarita bajó la voz.

—Los que tenían la fotografía de mi verdadera mamá.

Helen observó la llave.

Tenía grabado el número 417.

Y el nombre de una empresa de cajas de seguridad.

A la mañana siguiente, Penélope y Helen acudieron al banco.

La caja 417 había sido alquilada por la madre biológica de Margarita antes de fallecer.

Dentro encontraron fotografías, cartas y un sobre sellado.

En el frente aparecía una frase:

«PARA LA MUJER QUE ALGÚN DÍA CUIDE DE MI HIJA».

Penélope abrió la carta con manos temblorosas.

«Si estás leyendo esto, significa que Gabriel no cumplió su promesa. Antes de morir descubrí algo sobre sus negocios que me aterrorizó. Guardé las pruebas porque quería proteger a Margarita».

Las lágrimas comenzaron a caer.

Continuó leyendo.

«Hay una persona que conoce toda la verdad. Se llama Bianca Shepherd».

Penélope sintió que el mundo se detenía.

La carta tenía fecha de cinco años atrás.

Pero Gabriel aseguraba haber conocido a Bianca hacía solamente dieciocho meses.

Helen tomó una fotografía del fondo de la caja.

Mostraba a Gabriel, Bianca y la madre biológica de Margarita frente a una oficina.

En el reverso había una anotación:

«Si algo me ocurre, no permitan que Gabriel ni Bianca administren la herencia de mi hija».

Penélope miró a Helen.

—¿Qué herencia?

La abogada abrió el último documento.

Su rostro palideció.

—Penélope… Margarita es la beneficiaria de un fideicomiso valorado en más de treinta millones de dólares.

Y entonces ambas comprendieron algo terrible.

Gabriel no solo había intentado quitarle a Penélope su casa y su dinero.

También llevaba años intentando controlar una fortuna que pertenecía a su propia hija.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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