PARTE 2: EL SECRETO DE DOMINIC MORETTI

Durante varios segundos, no pude responder.

Dominic Moretti seguía frente a mí, con una mano extendida y una expresión imposible de descifrar.

—¿Qué acabas de decir? —susurré.

Su mirada se suavizó.

—Te pregunté si quieres que me detenga.

Derek soltó una carcajada nerviosa.

—Señor Moretti, creo que hay un malentendido. Chloe es mi esposa.

Dominic ni siquiera lo miró.

—No te he preguntado a ti.

Entonces comprendí algo.

Dominic no estaba intentando besarme para humillar a Derek.

Me estaba ofreciendo una salida.

Una oportunidad de demostrar que mi esposo ya no podía decidir por mí.

Respiré profundamente.

—No quiero que me beses —respondí—. Quiero salir de aquí.

Dominic asintió inmediatamente.

—Entonces eso haremos.

Se quitó la chaqueta y la colocó suavemente sobre mis hombros.

Derek dio un paso adelante.

—¡Chloe no irá a ninguna parte!

Dominic se volvió lentamente.

—Acabas de escuchar su decisión.

Y por primera vez en nuestro matrimonio, Derek retrocedió.

Veinte minutos después, estaba sentada en una suite privada del Hotel Calder.

Una enfermera del evento había revisado mi brazo y comprobado que me encontraba bien.

Dominic permanecía junto a la ventana.

—¿Quieres que llame a alguien de confianza? —preguntó.

Negué.

—Mi madre murió hace cuatro años. No tengo hermanos. Derek se aseguró de que perdiera contacto con casi todos mis amigos.

Dominic apretó la mandíbula.

—¿Y tu dinero?

Solté una risa amarga.

—Según Derek, no tengo ninguno.

Le expliqué las amenazas.

Las cuentas conjuntas.

La casa.

El automóvil.

El seguro médico.

Dominic escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, permaneció callado durante varios segundos.

Después preguntó:

—Chloe, ¿sabes quién financió la empresa de tu esposo?

Fruncí el ceño.

—Un grupo de inversores privados.

Dominic se acercó.

—Mi grupo de inversión es su principal acreedor.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué significa eso?

Dominic tomó asiento frente a mí.

—Que Derek ha pasado los últimos seis meses intentando convencerme de ampliar su financiación.

Recordé la sonrisa arrogante de mi esposo.

La gala.

Los inversores.

Vanessa.

Todo comenzó a encajar.

—¿Esta noche era importante para él?

Dominic asintió.

—Muchísimo.

Me cubrí el rostro.

—Dios mío…

—Pero hay algo que debes comprender —continuó—. No voy a utilizar su empresa para obligarte a tomar decisiones personales.

Lo miré sorprendida.

—Entonces, ¿por qué me ayudas?

Dominic guardó silencio.

Después sacó una fotografía antigua de su cartera.

Mostraba a una mujer joven sosteniendo a una niña pequeña.

Reconocí inmediatamente aquel rostro.

—Mi madre…

Dominic asintió.

—Se llamaba Eleanor Bennett.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Cómo la conocías?

Su respuesta me dejó inmóvil.

—Tu madre me salvó la vida hace veintiséis años.

Dominic explicó que había crecido en un barrio difícil de Brooklyn.

A los diecisiete años, sin familia ni dinero, Eleanor lo había ayudado a conseguir trabajo y terminar sus estudios.

—Nunca quiso nada a cambio —murmuró—. Solo me pidió que algún día ayudara a alguien que lo necesitara.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Nunca me habló de ti.

—Perdimos contacto. Cuando supe que había fallecido, ya era demasiado tarde para despedirme.

Dominic bajó la mirada.

—Hace tres meses descubrí que estabas casada con Derek. Y empecé a preocuparme por ciertas irregularidades en sus negocios.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué irregularidades?

—Transferencias realizadas mediante una sociedad registrada a tu nombre.

Me quedé paralizada.

—Yo nunca he tenido una empresa.

Dominic respiró profundamente.

—Eso es precisamente lo que temía.

A la mañana siguiente, una abogada llamada Rebecca Sloan llegó a la suite.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

—Chloe, necesitamos que revise estas firmas.

Reconocí mi nombre.

Pero no mi letra.

—Yo no firmé esto.

Rebecca asintió.

—Entonces investigaremos una posible falsificación.

Continué examinando los papeles.

Una empresa llamada Bennett Holdings aparecía como propietaria de varios activos.

Y Derek figuraba como administrador autorizado.

—¿Qué es Bennett Holdings? —pregunté.

Rebecca intercambió una mirada con Dominic.

—Una sociedad creada por tu madre antes de fallecer.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Mi madre tenía una empresa?

—Y dejó instrucciones específicas sobre quién debía administrarla.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Quién?

Rebecca señaló mi nombre.

—Tú, Chloe.

Durante años había creído que mi madre apenas tenía ahorros.

Pero Rebecca explicó que Eleanor había realizado inversiones modestas que crecieron considerablemente con el tiempo.

Después de su fallecimiento, determinados bienes quedaron protegidos mediante un fideicomiso.

—¿Por qué nunca lo supe?

La abogada suspiró.

—Estamos revisando qué notificaciones se enviaron y quién las recibió.

Entonces encontró otro documento.

Su expresión cambió.

—Dominic, mira esto.

Él se inclinó hacia adelante.

Rebecca señaló una transferencia.

—Hace ocho meses, Derek intentó utilizar activos del fideicomiso como garantía para obtener financiación.

Sentí que las manos me temblaban.

—¿Sin mi permiso?

—Eso parece. Necesitamos confirmar si tenía alguna autorización válida.

Cerré los ojos.

Derek no solamente había intentado convencerme de que no podía sobrevivir sin él.

Quizá había estado utilizando lo que mi madre me dejó.

Aquella tarde recibí diecisiete llamadas de Derek.

No contesté ninguna.

Finalmente llegó un mensaje.

«Chloe, vuelve a casa. Podemos arreglarlo todo».

Después otro.

«Vanessa no significa nada».

Y finalmente:

«Si no regresas, haré que te arrepientas».

Mostré los mensajes a Rebecca.

—Guárdalos —respondió—. Pueden ser importantes.

Entonces sonó mi teléfono nuevamente.

Era Vanessa.

Dudé antes de contestar.

—¿Qué quieres?

Su voz temblaba.

—Chloe, necesito hablar contigo.

—No tenemos nada que hablar.

—Derek me mintió.

Solté una risa amarga.

—Eso ya lo sabía.

Pero Vanessa comenzó a llorar.

—No entiendes. Me dijo que tú sabías lo de nosotros.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Y que estabas esperando a que naciera el bebé para divorciarte.

Apreté el teléfono.

—Eso es mentira.

Hubo un silencio.

Entonces Vanessa susurró:

—Encontré algo en su despacho.

—¿Qué encontraste?

—Una carpeta con documentos médicos.

Sentí un escalofrío.

—¿De quién?

Vanessa respiró profundamente.

—Tuyos.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué documentos?

—Resultados de pruebas prenatales. Informes. Y una carta de una clínica privada.

Me llevé una mano al vientre.

Mi hija se movió suavemente.

—¿Qué decía la carta?

Vanessa comenzó a llorar.

—Que Derek había solicitado información sobre cómo obtener la custodia de tu bebé inmediatamente después del nacimiento.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Por qué haría eso?

—No lo sé. Pero había otra cosa.

Su voz se quebró.

—Una copia de un contrato relacionado con Bennett Holdings.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué contrato?

Vanessa respondió casi en un susurro:

—Uno que menciona a tu hija como futura beneficiaria.

Llamé inmediatamente a Rebecca.

Cuando le expliqué lo ocurrido, su expresión se volvió seria.

—Chloe, necesitamos revisar los documentos originales.

Dominic se acercó.

—¿Qué sucede?

Rebecca levantó la mirada.

—Es posible que Derek estuviera intentando obtener control sobre activos que pasarían a la siguiente generación.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Mi hija?

La abogada asintió.

—Todavía debemos verificarlo.

Entonces Dominic recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

Su rostro cambió.

—¿Estás seguro?

Colgó lentamente.

—Chloe, encontramos al administrador original del fideicomiso de tu madre.

Me incorporé.

—¿Quién es?

Dominic respiró profundamente.

—Un hombre llamado Charles Mercer.

Sentí un escalofrío.

Mercer.

El apellido de Vanessa.

—¿Tiene relación con ella?

Dominic asintió.

—Es su padre.

Me quedé completamente inmóvil.

—Eso no puede ser una coincidencia.

Rebecca comenzó a revisar los documentos.

Entonces encontró una fotografía.

Mostraba a Derek, Vanessa y Charles Mercer reunidos en una oficina.

La fecha era de hacía tres años.

Exactamente dos meses antes de mi boda.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Derek conocía a Vanessa antes de casarse conmigo…

Dominic no respondió.

Rebecca abrió otro archivo.

Era un acuerdo confidencial.

En la primera página aparecía mi nombre completo.

Y debajo, una frase que me dejó sin respiración:

«OBJETIVO: OBTENER CONTROL LEGAL SOBRE LOS ACTIVOS DE CHLOE BENNETT».

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Mi matrimonio…

Dominic me miró con tristeza.

—Chloe, creo que Derek nunca se acercó a ti por casualidad.

Pero Rebecca todavía no había terminado.

—Hay algo más.

Levantó una segunda fotografía.

Mostraba a mi madre junto a Charles Mercer.

Ambos sostenían un documento.

Y detrás de ellos aparecía una niña pequeña.

La reconocí inmediatamente.

Era Vanessa.

Entonces Rebecca señaló la fecha.

Veintisiete años atrás.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Por qué mi madre estaba con ella?

Rebecca respiró profundamente.

—Porque antes de morir, Eleanor dejó una declaración sobre la verdadera identidad de Vanessa Mercer.

Miré a Dominic.

Él parecía tan sorprendido como yo.

—¿Qué identidad?

Rebecca abrió lentamente el último documento.

Y susurró:

—Chloe, existe la posibilidad de que Vanessa no sea simplemente la amante de tu esposo.

Sentí que mi hija se movía dentro de mí.

—Entonces… ¿quién es?

Rebecca levantó la mirada.

—La niña que tu madre creyó haber perdido veintisiete años atrás.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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