Cuando Maya Lin entró en la cabina, comprendió inmediatamente que algo terrible estaba ocurriendo.
El capitán Richard Hayes tenía el rostro cubierto de sudor.
A su lado, el copiloto permanecía inconsciente, sujeto por el cinturón de seguridad.
Una alarma intermitente iluminaba los instrumentos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Maya.
—Perdimos varios sistemas de navegación —respondió Hayes—. El piloto automático se desconectó y estamos recibiendo información contradictoria.
Maya examinó los indicadores.
—¿Y el copiloto?
—Se desplomó hace quince minutos. La tripulación médica está intentando ayudarlo.
Maya sintió que algo no encajaba.
—¿Por qué solicitaron específicamente un piloto de combate?
Hayes guardó silencio.
Después señaló una pequeña pantalla.
—Porque recibimos este mensaje.
Maya se inclinó hacia adelante.
En la pantalla aparecían seis palabras.
«COMANDANTE LIN. SABEMOS QUE ESTÁ A BORDO».
Sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién envió esto?
—No lo sabemos.
Entonces apareció un segundo mensaje.
«PREGÚNTELE POR EL VUELO 417».
Maya retrocedió.
Hacía nueve años que nadie pronunciaba aquel número delante de ella.
El vuelo 417 no había sido un vuelo comercial.
Era el nombre en clave de una misión militar que Maya había dirigido sobre territorio enemigo.
Aquella noche perdió a su compañero de escuadrón, Daniel Mercer.
Daniel era mucho más que otro piloto.
Era su esposo.
El padre de Leo.
Oficialmente, su avión había sido derribado durante una operación de rescate.
Pero Maya siempre había sospechado que alguien había alterado las órdenes de la misión.
Nunca consiguió demostrarlo.
Y terminó abandonando la Fuerza Aérea.
—¿Conoce ese número? —preguntó Hayes.
Maya apretó los puños.
—Sí.
—¿Qué significa?
—Que alguien está utilizando mi pasado para llamar mi atención.
En ese instante, otra alarma comenzó a sonar.
El capitán miró los instrumentos.
—Estamos perdiendo información fiable de posición.
Maya respiró profundamente.
—Necesitamos concentrarnos en mantener el avión estable y comunicarnos con el control aéreo.
Hayes asintió.
Por primera vez desde que ella entró, parecía recuperar algo de esperanza.
Mientras los pilotos trabajaban, Maya escuchó una voz a través del intercomunicador interno.
—Señora Lin, su hijo está despierto.
Su corazón se contrajo.
—¿Está bien?
—Sí, pero pregunta por usted.
Maya cerró los ojos.
Leo tenía siete años.
Nunca había conocido a su padre.
Solo sabía que había sido un piloto valiente.
—Díganle que mamá está ayudando al capitán.
La azafata dudó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Un pasajero preguntó por su hijo antes de que usted entrara en la cabina.
Maya sintió un escalofrío.
—¿Quién?
—Un hombre sentado en el asiento 22C.
Maya se quedó inmóvil.
—¿Qué quería?
—Preguntó si el niño se llamaba Leo Mercer.
Su respiración se detuvo.
Leo utilizaba el apellido Lin.
Nadie en aquel avión debería haber conocido su verdadero apellido paterno.
—Capitán, necesitamos avisar a la tripulación —dijo Maya.
Hayes la observó.
—¿Qué ocurre?
—Alguien a bordo conoce información privada sobre mi familia.
Antes de que pudiera continuar, una voz masculina sonó por la radio.
—Comandante Lin.
Maya se quedó paralizada.
Aquella voz.
Grave.
Ligeramente ronca.
Imposible de olvidar.
—No… —susurró.
El capitán frunció el ceño.
—¿Quién está hablando?
La voz continuó.
—Maya, no confíes en los mensajes de la pantalla.
Las manos de Maya comenzaron a temblar.
—¿Quién eres?
Hubo un silencio.
Después escuchó una frase que Daniel solía decirle antes de cada misión.
—Las estrellas siempre nos mostrarán el camino a casa.
Maya sintió que el mundo desaparecía.
Era la voz de su esposo.
Pero Daniel Mercer llevaba nueve años muerto.
—¡Eso es imposible! —exclamó.
Hayes intentó establecer contacto nuevamente.
La transmisión desapareció.
Maya se apoyó contra el respaldo del asiento.
Durante nueve años había llorado a Daniel.
Había criado sola a Leo.
Había aprendido a vivir con una ausencia que nunca dejó de doler.
Y ahora alguien estaba utilizando su voz.
—Capitán —dijo finalmente—, necesitamos aterrizar cuanto antes.
Hayes asintió.
—Control aéreo está coordinando un desvío hacia un aeropuerto adecuado.
Maya miró los instrumentos.
—Entonces mantengamos el avión estable hasta llegar.
Durante los siguientes veinte minutos, trabajaron juntos.
Hayes conservó el mando.
Maya lo ayudó a contrastar la información disponible y a mantener la comunicación con la tripulación.
Finalmente, apareció una línea de luces entre las nubes.
La pista.
El aterrizaje fue brusco.
Los pasajeros gritaron cuando las ruedas tocaron tierra.
Pero el avión permaneció bajo control.
Segundos después, comenzó a desacelerar.
Hasta detenerse.
Un silencio increíble llenó la cabina.
Después estallaron los aplausos.
Maya cerró los ojos.
Habían sobrevivido.
Pero todavía no había terminado.
Cuando regresó a la cabina de pasajeros, Leo corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Maya se arrodilló y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Estoy aquí, cariño.
—Pensé que no volverías.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Siempre haré todo lo posible por volver contigo.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—Comandante Lin.
Maya se volvió.
Un hombre de aproximadamente cuarenta años permanecía junto al asiento 22C.
Tenía el cabello oscuro.
Una cicatriz atravesaba su ceja izquierda.
Y sostenía una fotografía antigua.
Maya reconoció inmediatamente el uniforme militar.
—¿Quién es usted?
El hombre bajó la mirada.
—Me llamo Samuel Reed.
Maya sintió un escalofrío.
Samuel Reed.
El oficial de inteligencia que había desaparecido después de la misión 417.
—Usted estaba allí —susurró.
Samuel asintió.
—Y he pasado nueve años intentando encontrarla.
Maya abrazó a Leo con más fuerza.
—¿Qué quiere de mí?
Samuel levantó la fotografía.
Mostraba a Daniel junto a un helicóptero militar.
Pero había algo extraño.
La imagen tenía una fecha.
Tres años después de su supuesta muerte.
Maya dejó de respirar.
—¿Dónde consiguió eso?
Samuel la miró directamente.
—Su esposo sobrevivió a aquella misión.
El mundo pareció detenerse.
—Está mintiendo.
—Ojalá fuera así.
Maya sintió que las piernas le fallaban.
—¿Dónde está Daniel?
Samuel guardó silencio.
Después señaló a Leo.
—Primero necesito saber si alguien se acercó a su hijo durante el vuelo.
Maya recordó la advertencia de la azafata.
—¿Por qué?
Samuel palideció.
—Porque la persona que saboteó la misión 417 también está buscando al niño.
En ese momento, Leo tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá…
Maya lo miró.
—¿Qué ocurre, cariño?
El niño sacó algo de su bolsillo.
Era una pequeña insignia plateada.
Dos alas militares.
Y debajo, unas iniciales.
D. M.
Maya sintió que el corazón se le detenía.
—Leo, ¿de dónde sacaste eso?
El niño señaló hacia la parte trasera del avión.
—Un señor me la dio mientras dormías.
Samuel retrocedió.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué señor?
Leo respondió inocentemente:
—El que tenía una foto mía cuando era bebé.
Maya comenzó a temblar.
—¿Qué te dijo?
Leo sonrió.
—Que conocía a papá.
Las lágrimas llenaron los ojos de Maya.
—¿Y qué más?
El niño miró hacia la puerta del avión.
Después susurró:
—Me dijo que papá no murió.
Maya sintió que el mundo se detenía.
Pero entonces Leo añadió algo todavía más aterrador.
—Y me pidió que te dijera que no confiaras en el hombre del asiento 22C.
Maya levantó lentamente la mirada.
Samuel Reed ya no estaba sonriendo.
Y su mano derecha acababa de deslizarse discretamente hacia el interior de su chaqueta.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
