PARTE 2: LA VERDAD BAJO LA PIEL

—Esto no parece una infección accidental. Necesitamos preservar las muestras antes de que desaparezca cualquier evidencia.

Fueron las últimas palabras que escuché antes de perder el conocimiento.

Cuando desperté, habían pasado dieciséis horas.

Mi pierna estaba cubierta de vendajes y conectada a varios dispositivos médicos.

El doctor Mensah permanecía junto a mi cama.

—Reese, sufriste una infección grave que requirió cirugía urgente. Estás estable, pero todavía necesitamos vigilarte.

Intenté incorporarme.

—¿Mi hijo?

—Está a salvo. Tu hermana vino a recogerlo.

Respiré aliviada.

Entonces recordé.

—¿Por qué llamaron a la policía?

El médico acercó una silla.

—Porque encontramos indicios de que la lesión pudo haber sido manipulada deliberadamente.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Manipulada?

—Encontramos residuos de una sustancia irritante alrededor de la herida. El laboratorio está investigando su composición.

Me quedé inmóvil.

Mi pequeño rasguño había aparecido después de pisar algo junto a nuestra cama.

Tristan había insistido en limpiarlo personalmente.

También había cambiado mis vendajes durante tres días.

De repente, todo adquirió un significado aterrador.

Una detective llamada Olivia Chen entró en la habitación.

—Señora Reese, necesitamos hacerle algunas preguntas.

Le conté todo.

La fiebre.

El taxi cancelado.

Las amenazas.

Y cómo Tristan había intentado impedirme recibir atención médica.

Olivia escuchó sin interrumpirme.

Después preguntó:

—¿Su esposo tiene acceso a sus medicamentos?

Asentí.

—A todos.

La detective intercambió una mirada con el doctor.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Olivia respiró profundamente.

—Encontramos mensajes que sugieren que alguien estuvo buscando información sobre cómo agravar una lesión cutánea.

Sentí un escalofrío.

—¿Tristan?

—Todavía estamos investigando quién realizó esas búsquedas.

Cerré los ojos.

Durante ocho años había confundido su necesidad de control con preocupación.

Ahora comprendía que quizá nunca había estado segura a su lado.

Tres días después, mientras seguía hospitalizada, recibí una llamada de Vancouver.

Era Tristan.

—Reese, necesito que vengas inmediatamente.

Su voz sonaba furiosa.

—¿Qué quieres?

—Tuvimos un accidente.

Guardé silencio.

—Madison se fracturó la pierna y yo tengo varias costillas lesionadas. Necesitamos ayuda.

Madison.

Su amante.

La mujer con quien supuestamente estaba en un viaje de negocios.

—Contrata un cuidador —respondí.

Tristan soltó una carcajada.

—No seas ridícula. Eres mi esposa.

Miré mi pierna vendada.

—Estoy hospitalizada.

—Deja de inventar excusas.

Entonces pronunció las palabras que terminaron de destruir nuestro matrimonio.

—Si no vienes, cancelaré el cheque de diez mil dólares para el tratamiento de nuestro hijo.

Sentí una rabia helada.

Nuestro hijo, Oliver, necesitaba atención médica especializada.

Tristan sabía exactamente dónde golpearme.

Pero ignoraba que mi hermana ya había cubierto los gastos pendientes.

—Haz lo que quieras —respondí.

Y colgué.

Aquella tarde llamé a una agencia de cuidadores de Vancouver.

Tenía las peores reseñas que había encontrado.

—Necesito contratar a alguien para atender a dos adultos durante su recuperación.

La recepcionista preguntó:

—¿Tiene alguna preferencia?

Miré la pantalla.

—Envíeme a su cuidador con las evaluaciones más bajas. Pagaré el doble.

Hubo un silencio incómodo.

—Señora, no podemos recomendar a alguien que no cumpla nuestros estándares.

Respiré profundamente.

—Entonces envíeme a alguien autorizado, pero que no tolere exigencias abusivas.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Creo que tengo a la persona indicada.

Se llamaba Agnes Miller.

Sesenta y cuatro años.

Enfermera jubilada.

Sus malas reseñas provenían principalmente de clientes que se quejaban de que era demasiado estricta.

Perfecto.

Dos días después, Tristan me llamó gritando.

—¡¿A QUIÉN ENVIASTE?!

Sonreí por primera vez en semanas.

—A una cuidadora profesional.

—¡Esa mujer es insoportable!

Al fondo escuché una voz firme.

—Señor, si puede gritar así, también puede sostener su propio vaso de agua.

Tuve que contener una carcajada.

Tristan continuó:

—¡Se niega a traerme comida a la cama!

Agnes respondió:

—Su médico autorizó que caminara distancias cortas. No soy su sirvienta.

Después escuché a Madison protestar.

—¡Exijo que me cambie las almohadas!

—Ya las cambié dos veces, señorita. Ahora necesita descansar.

Tristan volvió al teléfono.

—¡Despídela!

Mi sonrisa desapareció.

—Puedes hacerlo tú. Eres perfectamente capaz de contratar a otra persona.

Colgué.

Pero mi satisfacción duró poco.

Esa noche Olivia Chen regresó a mi habitación.

Llevaba una carpeta.

—Reese, encontramos algo preocupante.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Su esposo contrató recientemente una póliza de seguro de vida a su nombre.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Cuánto?

Olivia abrió el documento.

—Tres millones de dólares.

Me quedé sin respiración.

—Nunca autoricé eso.

—Estamos verificando la documentación y las firmas.

Entonces añadió:

—La póliza se emitió seis semanas antes de su hospitalización.

Recordé cómo Tristan había insistido en que actualizáramos nuestros documentos financieros.

Cómo me había pedido firmar varios formularios mientras preparaba la cena.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Dios mío…

Olivia me miró seriamente.

—Por ahora, queremos que permanezca en un lugar seguro después del alta.

Al día siguiente llamé a mi abogada.

—Quiero divorciarme.

—¿Estás segura, Reese?

Miré hacia la ventana.

—Completamente.

Le expliqué lo ocurrido.

Mi abogada escuchó en silencio.

Después dijo:

—Vamos a solicitar las medidas necesarias para protegerte a ti y a Oliver.

Respiré profundamente.

—También quiero separar mis cuentas.

—Empezaremos inmediatamente.

Por primera vez, sentí que estaba recuperando el control de mi vida.

Pero aquella noche llegó un mensaje de Agnes.

«Señora Reese, necesito hablar con usted. Encontré algo en las pertenencias de su esposo».

La llamé.

—¿Qué ocurre?

Agnes bajó la voz.

—Su esposo dejó una carpeta abierta sobre la mesa. No la revisé, pero vi su nombre en un documento.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué documento?

—Parecía una solicitud de pago de seguro.

Me quedé inmóvil.

—¿Estás segura?

—Sí. Y tenía una fecha.

Tragué saliva.

—¿Cuál?

Agnes respiró profundamente.

—La próxima semana.

Informé inmediatamente a Olivia.

La detective me pidió que no intentara obtener los documentos por mi cuenta.

—Nosotros investigaremos —aseguró.

Dos días después, Tristan regresó inesperadamente de Vancouver.

No fue a casa.

Fue directamente al hospital.

Cuando apareció en mi habitación, su expresión cambió.

—Reese…

Observó mi pierna vendada.

Después miró los monitores.

—¿Qué te pasó?

Lo miré sin responder.

—Te dije que estaba enferma.

Tristan palideció.

—No sabía que era tan grave.

—Porque nunca preguntaste.

Se acercó.

—Cariño, podemos arreglar esto.

Entonces vio a Olivia junto a la puerta.

Su rostro perdió el color.

—¿Quién es ella?

La detective mostró su identificación.

—Señor Tristan, necesitamos hablar con usted.

Él retrocedió.

—¿Sobre qué?

Olivia respondió tranquilamente:

—Sobre la póliza de seguro de su esposa y las circunstancias de su hospitalización.

Tristan comenzó a sudar.

—Esto es absurdo.

Pero antes de que pudiera continuar, su teléfono sonó.

La pantalla mostró un nombre.

MADISON.

Olivia observó su reacción.

Tristan rechazó la llamada.

Inmediatamente llegó un mensaje.

No pude leerlo.

Pero vi cómo su rostro se volvía completamente blanco.

—Necesito irme —murmuró.

Olivia dio un paso adelante.

—Primero debemos hacerle algunas preguntas.

Tristan apretó el teléfono.

—¡No tienen derecho a retenerme!

La detective mantuvo la calma.

—No está detenido. Le estamos solicitando una entrevista.

Él salió apresuradamente.

Olivia lo observó marcharse.

Después se volvió hacia mí.

—Reese, creo que alguien acaba de advertirle.

Esa noche recibí una llamada de Madison.

Su voz temblaba.

—Reese, necesito contarte algo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué quieres?

—Tristan me mintió.

Solté una risa amarga.

—Bienvenida al club.

Madison comenzó a llorar.

—No entiendes. Me dijo que estabas fingiendo tu enfermedad.

Apreté el teléfono.

—¿Y?

Hubo un silencio.

Después susurró:

—Encontré un frasco en su maleta.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué frasco?

—Tenía una etiqueta con tu nombre.

Me quedé sin respiración.

Madison continuó:

—También encontré mensajes entre Tristan y un hombre llamado Victor.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué decían?

Su voz se quebró.

—Hablaban de un pago pendiente después de que tú murieras.

El silencio fue absoluto.

—Madison, escucha cuidadosamente —dije—. No toques nada más. Contacta a la policía y entrégales lo que encontraste.

Ella comenzó a llorar.

—Tengo miedo.

Respiré profundamente.

—Entonces ve a un lugar seguro.

Después llamé a Olivia.

Le conté todo.

La detective escuchó sin interrumpirme.

Finalmente respondió:

—Reese, necesitamos localizar a ese hombre llamado Victor.

Pero entonces su voz cambió.

—Espera un momento.

Escuché cómo hablaba con alguien.

Después regresó.

—Tenemos un problema.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué ocurre?

Olivia respiró profundamente.

—Victor no es un desconocido.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién es?

Hubo un silencio.

—Es el médico que autorizó el tratamiento de su hijo Oliver.

Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.

Mi hijo.

Mi pequeño Oliver.

El niño que Tristan había utilizado para amenazarme.

Y entonces comprendí que la póliza de seguro quizá no era el único documento que debía investigar.

—Olivia… —susurré—. ¿Mi hijo está a salvo?

La detective respondió:

—Estamos enviando agentes para verificarlo.

Apreté el teléfono con ambas manos.

Porque en ese instante recordé algo terrible.

Victor había insistido en cambiar la medicación de Oliver apenas dos semanas antes de que yo enfermara.

Y por primera vez comprendí que Tristan quizá no había planeado destruir solamente mi vida.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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