Parte 2: El secuestrador empezó a esconderse de mí

A las siete de la mañana descubrí la primera debilidad de Adrian.

Los panqueques.

No comerlos.

Prepararlos.

Entré en la cocina y lo encontré frente a la estufa, vestido con pantalones negros y una camiseta ajustada.

—Buenos días, secuestrador.

Casi dejó caer la espátula.

—¿Cómo saliste de tu habitación?

—Abrí la puerta.

Se giró lentamente.

—La cerré.

—Por fuera no.

Silencio.

—Adrian, eres terrible secuestrando gente.

Su mandíbula se tensó.

—Siéntate.

Obedecí inmediatamente.

Había huevos, fruta, café, jugo y una montaña de panqueques.

—¿Todo esto es mío?

—Sí.

Lo miré con sospecha.

—¿Estás intentando engordarme?

—Estoy intentando conseguir que comas.

Algo en su voz borró mi sonrisa.

Adrian se sentó enfrente.

—Pesas nueve kilos menos que cuando te fuiste.

Bajé el tenedor.

—¿Cómo sabes cuánto pesaba?

Se quedó callado.

—Adrian.

—Tus vestidos ya no te quedan igual.

—Eso es inquietantemente observador.

—Claire.

Su mirada descendió hacia mis muñecas.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—No me mientas.

Suspiré.

—Perdí el trabajo. Después gasté mis ahorros. Luego llegó el alquiler.

—¿Y tu familia?

Solté una pequeña risa.

—Mi madre cree que sigo trabajando.

—¿Por qué?

—Porque decir “todo va genial” por teléfono cuesta menos que decepcionarla.

Adrian dejó lentamente la taza.

—¿Cuánto debes?

—No.

—Claire.

—No vas a comprar mis problemas.

—Ya compré tu edificio.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Anoche.

Dejé caer el tenedor.

—¡Adrian!

—Dijiste que no matara al casero.

—¡Eso no significa que puedas comprarle el edificio!

—Entonces necesitabas ser más específica.

Me cubrí la cara.

Estaba completamente loco.

El problema era que empezaba a recordar por qué me había enamorado de aquel loco.


Después del desayuno recorrí mi prisión.

Biblioteca.

Piscina climatizada.

Gimnasio.

Sala de cine.

Encontré a Adrian en su despacho.

—Estoy aburrida.

—Lee.

—Ya leí.

—Hay cuatro mil libros.

—Leo rápido.

—Claire.

Me apoyé contra su escritorio.

—Entretenme.

Sus ojos se elevaron lentamente.

—Te secuestré.

—Sí.

—Deberías estar planeando cómo escapar.

—Ya hice una lista.

Su expresión cambió.

—¿Qué lista?

Saqué un papel.

—Ventana del segundo piso, conducto del lavadero, puerta del garaje, salida de emergencia de la cocina…

Adrian se puso de pie.

—¿Cómo sabes lo de la cocina?

—Observación.

Tomó mi lista.

—Voy a arreglar todo esto.

—Perfecto.

Sonreí.

—Ahora tendrás algo que hacer.

Me miró.

Yo lo miré.

—¿Estás jugando conmigo?

—Tú empezaste.

Por primera vez desde que me había traído allí, Adrian sonrió de verdad.

Fue un error.

Recordé inmediatamente cuánto me gustaba esa sonrisa.

Así que cambié de tema.

—¿Por qué terminamos realmente?

Desapareció.

—Ya lo sabes.

—Dijiste que eras peligroso.

—Lo soy.

—Eso no es una respuesta.

Adrian se alejó.

—Déjalo.

—No.

—Claire.

—Me secuestraste. Perdiste el derecho a evitar conversaciones incómodas.

Se quedó inmóvil.

Entonces dijo:

—Porque alguien intentó matarte.

Ya no sonreí.

—¿Qué?

Abrió un cajón.

Sacó una fotografía.

Mi automóvil.

Destrozado.

Reconocí la fecha.

Dos años atrás.

El accidente que todos habían atribuido a un conductor ebrio.

—No fue un accidente —dijo Adrian.

Sentí frío.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el hombre que golpeó tu auto trabajaba para alguien que quería llegar hasta mí.

Lo miré.

—¿Por eso me dejaste?

—Por eso hice que me odiaras.

Todo comenzó a reorganizarse en mi cabeza.

La pelea absurda.

Sus amenazas.

La crueldad repentina.

—Dijiste que si me veías con otro hombre…

—Necesitaba que cualquiera que estuviera observando creyera que ya no significabas nada para mí.

—¿Y ahora me secuestras?

Adrian cerró los ojos.

—Porque volvieron.

El humor desapareció por completo.

—¿Quiénes?

Me entregó otra fotografía.

Había sido tomada tres días atrás.

Yo saliendo del supermercado.

Un hombre estaba detrás de mí.

No lo había visto.

—Te siguió durante seis horas.

—¿Quién es?

—No lo sé todavía.

Miré la mansión de otra manera.

Las cámaras.

Las ventanas.

Las cerraduras.

—Esto no es una prisión.

—No.

—Es una casa segura.

Adrian no respondió.

—¿Por qué no me dijiste la verdad?

Su mirada se endureció.

—Porque sabía lo que harías.

—¿Qué?

—Quedarte conmigo.

La respuesta me dejó callada.

Entonces sonó una alarma.

Adrian se giró inmediatamente hacia los monitores.

Una cámara exterior mostraba un vehículo negro frente a la verja.

Tres hombres bajaron.

Adrian abrió un compartimento bajo su escritorio.

—Ve a tu habitación.

—¿Por qué?

—Claire.

Su voz ya no tenía nada de divertida.

—Porque nadie sabe que estás aquí.

Miré la pantalla.

Uno de los hombres levantó el rostro.

Lo reconocí.

Se me heló la sangre.

—Adrian.

—¿Qué?

—Ese hombre no viene por ti.

Me acerqué al monitor.

—Es Daniel Foster.

—¿Quién?

Tragué saliva.

—El gerente que me despidió hace tres meses.

Adrian me miró.

—¿Por qué estaría aquí?

No pude responder.

Porque Daniel había jurado que jamás volveríamos a vernos.

Y porque la última noche que trabajé para él había encontrado algo en su oficina.

Algo que, hasta ese instante, había creído completamente irrelevante.

Una fotografía de Adrian.

Tomada dos años antes de que yo lo conociera.

Related Posts

Parte 2: Rodrigo sabía dónde estábamos

Abracé a Camila inmediatamente. —No vamos a ir con nadie, mi amor. La doctora Marcela había escuchado. No hizo más preguntas delante de ella. Simplemente llamó a…

Parte 2: Mamá dijo que no se lo entregáramos a papá

No pregunté por la bolsa hasta que llegamos a mi casa. Las niñas conocían aquel lugar. Rose las llevaba allí todos los veranos. Pero esa noche ninguna…

PARTE 2 Y FINAL COMPLETO: EL GIGANTE QUE DECIDIÓ VOLVER A DORMIR

—Tu padre sólo actúa duro cuando nadie está mirando. Voy a ponerlo de rodillas frente a ti. No miré a Travis. Miré a Tessa. Mi hija tenía…

Parte 2: La chica de la acera había estudiado allí

El nombre impreso debajo del escudo era: Emily Carter. Lo reconocí porque estaba grabado en una placa dentro del edificio. Premio Harrison de Excelencia Matemática — Emily…

Parte 2: Lo que Maya vio en el despacho de su padre

Leí la tercera frase otra vez. La menor gritaba: “¡Vi lo que hiciste con el dinero de mamá!” Levanté la mirada hacia mi abogado. —¿Dinero? Daniel asintió….

Parte 2: La grabación que Mauricio creyó que no existía

Los camilleros me llevaron por un corredor de servicio. Elena caminaba a mi lado. —En el sistema aparecerás con acceso restringido —me explicó—. Solo personal autorizado podrá…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *