—Noventa y seis —repitió Bruno.
Diego soltó una carcajada.
—Te dije que llegábamos a cien antes de mi cumpleaños.
Emiliano levantó su café.
—Cuatro más.
No entendía.
Entonces Bruno preguntó:
—¿Cuál sigue?
Diego abrió una aplicación en su teléfono.
—Que me entregue las llaves de su departamento durante una semana.
—Muy fácil.
—Entonces hacemos la del préstamo.
Sentí náuseas.
—¿Cuánto?
—Doscientos mil.
Todos rieron.
Diego negó.
—No tiene tanto.
—Su papá sí.
Mi respiración se detuvo.
Diego sonrió.
—Valeria pediría dinero hasta debajo de las piedras si creyera que estoy en problemas.
Miré el moretón de mi brazo.
Noventa y seis.
No eran mujeres.
Eran pruebas.
Noventa y seis veces habían comprobado hasta dónde podían hacerme llegar.
Recordé llamadas a medianoche.
Favores.
Dinero.
Cancelar entrevistas.
Conducir tres horas porque Diego decía sentirse enfermo.
Una vez abandoné el cumpleaños de mi madre porque Bruno me escribió que Diego había sufrido un ataque de ansiedad.
Ahora sabía que probablemente habían estado riéndose mientras yo conducía.
Saqué mi celular.
Activé la grabadora.
No entré.
—La mejor fue la de Cancún —dijo Emiliano.
—No —respondió Diego—. La mejor fue hacerla rechazar el trabajo.
Se me heló la sangre.
Hacía ocho meses había recibido una oferta de una consultora internacional.
Buen sueldo.
Capacitación en Madrid.
Diego pasó aquella noche diciéndome que una relación no sobreviviría si yo elegía mi carrera sobre nosotros.
Al día siguiente rechacé la oferta.
Bruno rio.
—Te costó dos días convencerla.
—Porque ella siempre termina haciendo lo que quiero.
Hubo otra carcajada.
Apagué la grabación.
Ya tenía suficiente.
O eso creía.
Entonces Emiliano preguntó:
—¿Y cuándo vas a terminar con ella?
Diego guardó silencio.
—Después de la cien.
—¿Y la apuesta?
—La gano.
—¿Camila ya sabe?
Diego sonrió.
—Camila fue quien propuso el juego.
Mi estómago se revolvió.
Camila Cárdenas.
Su hermana.
La mujer que durante tres años me había llamado “familia”.
Salí de la clínica sin hacer ruido.
A las nueve de la mañana estaba en mi departamento.
Saqué dos maletas.
No lloré mientras empacaba.
Llorar habría significado detenerme.
Primero guardé documentos.
Después ropa.
Luego abrí la caja donde conservaba los papeles del pequeño negocio que había creado dos años antes.
Porque había otra cosa que Diego desconocía.
Mi padre no era simplemente “un contador de Toluca”.
Había pasado treinta años asesorando empresas familiares.
Y cuando yo empecé a desarrollar un sistema de gestión logística, él me ayudó a constituir una sociedad para protegerlo.
Diego siempre se burlaba.
—Tu programita.
Aquel “programita” administraba actualmente inventarios para diecisiete compañías.
Una de ellas era Cárdenas Automotive.
La empresa de su padre.
Diego no sabía que yo era propietaria del software.
Había conseguido el contrato a través de un distribuidor, precisamente porque nunca quise beneficiarme de su apellido.
Abrí mi computadora.
Había un correo recibido dos días antes.
Cárdenas Automotive solicita ampliar licencia a cinco plantas adicionales.
Sonreí sin alegría.
Respondí:
La ampliación queda suspendida hasta nueva revisión contractual.
Luego llamé a mi abogado.
A las 11:42 Diego me escribió.
Ya desperté. Gracias por salvarme la vida. Te amo.
Miré el mensaje durante varios segundos.
Respondí:
Descansa.
Nada más.
Tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
¿No vienes?
No respondí.
A las cuatro ya había sacado todas mis cosas.
A las cinco entregué las llaves al propietario.
A las seis cambié mis contraseñas.
A las siete envié la grabación, junto con una explicación de lo ocurrido, a mi abogada.
Porque fingir una emergencia médica para obtener mi sangre no era una simple broma.
Y yo quería saber exactamente qué documentos había firmado aquella madrugada.
La respuesta llegó cuarenta minutos después.
Mi abogada me llamó.
—Valeria, necesito que te sientes.
—Estoy sentada.
—La clínica dice que no existe ningún registro de una transfusión destinada a Diego Cárdenas.
—Ya lo sé.
—No. Escúchame.
Su tono me puso alerta.
—Sí existe registro de tu extracción.
—La tiraron.
—Eso viste.
Silencio.
—¿Qué quieres decir?
—La bolsa que viste desechar tenía tu etiqueta, pero el número de identificación no coincide con el de la unidad que te extrajeron.
Me puse de pie.
—Entonces ¿dónde está mi sangre?
—Eso estamos intentando averiguar.
Sentí frío.
—¿Por qué?
Mi abogada tardó varios segundos.
—Porque el consentimiento que firmaste no era únicamente para una donación de emergencia.
—¿Qué firmé?
—Autorizaste pruebas adicionales de compatibilidad.
—¿Compatibilidad con quién?
—El nombre está parcialmente oculto.
Escuché papeles.
—Pero tengo las iniciales.
—Dímelas.
—C.C.
No respiré.
Camila Cárdenas.
La hermana de Diego.
La mujer que había inventado las cien pruebas.
Entonces llegó un mensaje de un número desconocido.
Era una fotografía.
Camila estaba acostada en una cama de hospital.
Debajo aparecía una sola frase:
Prueba 97: averiguar si eres compatible.
Y por primera vez comprendí que tal vez Diego nunca había estado jugando para descubrir cuánto lo amaba.
Habían estado comprobando cuánto podían quitarme antes de que yo empezara a hacer preguntas.
