Parte 2: Arthur sabía quién era el padre de Caleb

Arthur caminó lentamente hasta su escritorio.

Sacó una llave del bolsillo interior de su chaqueta y abrió un cajón.

—Siéntate, Elena.

No lo hice.

—¿Qué acepté?

Arthur dejó una carpeta sobre la mesa.

—Primero necesito que entiendas algo. Nunca te mentí sobre mi salud.

—Te estás muriendo.

—Sí.

Su voz no tembló.

—Los médicos me dan meses. Quizá menos.

Miré la carpeta.

—Entonces ¿qué tiene que ver esto conmigo?

Arthur levantó los ojos.

—No te conocí por casualidad.

Sentí un escalofrío.

—Yo cuidaba a Florence.

—Precisamente.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías.

Caleb saliendo de la escuela.

Yo entrando al hospital.

Mi antiguo apartamento.

Retrocedí.

—¿Me investigaste?

—Sí.

—¿Por qué?

Arthur sacó una última fotografía.

Era antigua.

Un hombre de unos treinta años estaba junto a un automóvil.

Reconocí aquella sonrisa inmediatamente.

Daniel.

El padre de Caleb.

El hombre que me abandonó embarazada.

—¿De dónde sacaste esto?

Arthur permaneció inmóvil.

—Daniel Mercer trabajó para mí.

—¿Qué?

—No como empleado.

Hizo una pausa.

—Era mi hijo.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—Eso es imposible.

—Era hijo mío y de una mujer con la que tuve una relación antes de casarme. Nunca llevó mi apellido.

Me aferré al respaldo de una silla.

—¿Estás diciendo que Caleb…?

—Es mi nieto.

No pude hablar.

Arthur deslizó otro documento.

Una prueba genética.

—Confirmé el parentesco hace seis semanas.

La rabia llegó antes que las lágrimas.

—¿Le hiciste una prueba a mi hijo sin permiso?

—Usé una muestra de parentesco obtenida legalmente durante sus estudios médicos. Mis abogados confirmaron que podía establecerse el vínculo para asuntos hereditarios.

—No tenías derecho.

—Probablemente no.

Por primera vez pareció avergonzado.

—Pero necesitaba estar seguro.

Lo miré con incredulidad.

—¿Daniel sabe?

El rostro de Arthur cambió.

—Daniel está muerto.

Me quedé helada.

Durante ocho años había imaginado que vivía en alguna ciudad.

Que quizá tenía otra familia.

Que simplemente había decidido olvidarnos.

—¿Cuándo?

—Hace siete años.

Las piernas me fallaron.

Me senté.

—¿Cómo?

—Accidente automovilístico.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

Arthur abrió otra carpeta.

—Porque oficialmente Daniel Mercer murió sin esposa ni hijos.

Me miró.

—Y mis hijos querían que siguiera siendo así.

Entonces comprendí.

Los hijos de Arthur.

Las miradas durante la boda.

El odio.

No me odiaban solamente porque creían que yo buscaba su dinero.

Sabían quién era Caleb.

—Ellos lo sabían.

—Desde hace tres meses.

Sentí náuseas.

—¿Qué quieren?

Arthur se sentó frente a mí.

—Mi patrimonio está dividido mediante un fideicomiso creado por mi padre. No puedo cambiar algunas cláusulas.

—¿Qué cláusulas?

—Cuando yo muera, una parte significativa pasa a mis descendientes.

—Tus hijos.

—Y los descendientes de cualquier hijo mío fallecido.

Miré hacia la puerta.

Caleb estaba arriba, probablemente jugando con el tren eléctrico que Florence le había regalado.

—¿Cuánto?

Arthur tardó en responder.

—La participación correspondiente a Daniel está valorada actualmente en unos ciento veinte millones de dólares.

Me puse de pie de golpe.

—No.

—Elena…

—No quiero tu dinero.

—Lo sé.

—Entonces déjanos fuera de esto.

—Ya no puedo.

Arthur abrió el último documento.

—Mis hijos impugnaron en secreto el parentesco de Caleb.

—¿Con qué argumento?

—Dicen que Daniel era estéril.

Fruncí el ceño.

—Eso es mentira.

—Sí.

—Entonces demuéstralo.

Arthur me miró fijamente.

—Eso intentaba hacer Daniel la noche que murió.

Un silencio terrible llenó el despacho.

—¿Qué quieres decir?

Arthur respiró con dificultad.

—Daniel no te abandonó porque no quisiera ser padre.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Yo estaba allí. Me dijo que no estaba preparado.

—Porque alguien le pagó para que desapareciera.

—¿Quién?

Arthur no respondió.

No necesitaba hacerlo.

—Tus hijos.

—Uno de ellos.

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Cuál?

—Todavía no puedo demostrarlo.

—¿Y por eso te casaste conmigo?

Arthur asintió.

—Como mi esposa, tienes acceso legal a documentos familiares que jamás podrían entregarte siendo simplemente la madre de Caleb. También tienes protección dentro del fideicomiso.

Me reí sin humor.

—Así que no querías una esposa que tus hijos no pudieran controlar.

—No solamente.

Arthur acercó otra carpeta.

—Quería poner a Caleb donde ellos no pudieran borrarlo otra vez.

Entonces escuchamos un golpe fuera del despacho.

Arthur levantó inmediatamente la cabeza.

Abrí la puerta.

No había nadie.

Solo el pasillo vacío.

Hasta que miré al suelo.

Había un sobre blanco.

Mi nombre estaba escrito en él.

Lo recogí.

Dentro había una fotografía.

Caleb saliendo de la escuela aquella misma mañana.

En la parte posterior había una frase:

“Arthur no llegará a Navidad. Si quieres que tu hijo sí llegue, renuncia a la herencia.”

Sentí que la sangre se me congelaba.

—Arthur…

Él leyó el mensaje.

Pero en lugar de sorprenderse, cerró los ojos.

—Llegaron antes de lo que esperaba.

Lo miré horrorizada.

—¿Esperabas esto?

Arthur abrió lentamente un compartimento oculto de su escritorio.

Dentro había una grabadora, documentos y una memoria USB.

—Por eso necesitaba casarme contigo antes de pagar la operación.

Colocó la memoria en mi mano.

—Porque si muero esta noche, Elena, no debes llamar primero a la policía.

—¿Entonces a quién?

Arthur me sostuvo la mirada.

—Al FBI.

Mi corazón se detuvo.

—¿Por qué?

Su respuesta llegó apenas en un susurro.

—Porque Daniel no fue el primer miembro de esta familia al que intentaron matar.

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