Parte 2: El teléfono de Clara

Mateo dejó el teléfono roto sobre la mesa.

La pantalla estaba cubierta de grietas.

—Lo encontraron en el vehículo —dijo—. Hay algo que tienes que ver.

Lo tomé.

El teléfono apenas respondía.

Intenté encenderlo.

Nada.

Mateo conectó una batería externa.

La pantalla parpadeó.

Había una llamada reciente.

No reconocía el número.

Pero la hora me hizo sentir un vacío en el estómago.

8:17 p. m.

Cuarenta minutos antes del accidente.

—¿Quién llamó?

—Estamos investigándolo.

—¿Y Clara respondió?

Mateo negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

Abrí los mensajes.

Había uno sin leer.

De un número desconocido.

“Ya no puedes seguir huyendo.”

Sentí que el frío me recorría la espalda.

—¿Cuándo llegó?

—Ocho diecinueve.

Dos minutos después de la llamada.

Seguí bajando.

Había otro.

“Esta noche termina todo.”

Levanté la mirada.

—Mateo.

—Sí.

—¿Qué estaba huyendo?

No respondió.

Eso fue suficiente.

—Quiero saberlo todo.

Mateo tomó aire.

—Encontramos algo en el coche.

—¿Qué?

—Una carpeta.

Me entregó una bolsa transparente.

Dentro había documentos.

Los saqué uno por uno.

Extractos bancarios.

Fotografías.

Copias de transferencias.

Y entonces vi un nombre.

Serena Hayes.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué demonios…?

Mateo bajó la voz.

—Clara estaba investigando a Serena.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Eso todavía no lo sabemos.

Miré otra fotografía.

Serena saliendo de un restaurante.

Serena entrando en un edificio.

Serena hablando con un hombre que reconocí inmediatamente.

Lorenzo Moretti.

Mi peor enemigo.

Sentí que todo encajaba y, al mismo tiempo, nada tenía sentido.

—¿Desde cuándo?

—Hace cuatro meses.

—¿Clara sabía quién era Serena?

—Parece que sí.

Me apoyé contra la pared.

Durante cuatro meses, mientras yo creía que mi esposa simplemente se había vuelto distante, ella había estado investigando a la mujer con la que yo la estaba traicionando.

—¿Por qué no me dijo nada?

Mateo me miró.

—Quizá intentó hacerlo.

Recordé todas las noches.

Todas las veces que Clara me había esperado despierta.

Todas las ocasiones en que había comenzado una conversación y yo había mirado el teléfono.

—Dios…

Me llevé una mano al rostro.

Entonces escuchamos pasos.

Serena apareció al final del pasillo.

Todavía llevaba la bata del hospital.

—Dominic.

La miré.

Por primera vez, no vi a la mujer que me había obsesionado durante meses.

Vi a alguien que quizá sabía mucho más de lo que había admitido.

—¿Conocías a Lorenzo Moretti?

Su rostro perdió el color.

—¿Qué?

—Te hice una pregunta.

—No sé de qué estás hablando.

Mateo dio un paso adelante.

—Tenemos fotografías.

Serena retrocedió.

—Dominic, espera.

—¿Qué sabes sobre mi esposa?

—Nada.

—Mientes.

Su respiración se aceleró.

—Clara vino a verme.

Me quedé inmóvil.

—¿Cuándo?

—Hace dos semanas.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué quería?

Serena bajó la mirada.

—Quería saber por qué estabas conmigo.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

—¿Cuál verdad?

Serena empezó a llorar.

—Que nunca te había amado.

No sentí nada.

Ni rabia.

Ni alivio.

Solo una extraña sensación de vacío.

—Entonces ¿por qué estabas conmigo?

Serena levantó la mirada.

—Porque alguien me pagaba.

El pasillo quedó completamente silencioso.

—¿Quién?

Serena negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿Quién?

—Lorenzo.

Mateo llevó inmediatamente la mano al arma.

Yo permanecí inmóvil.

—¿Qué quería de mí?

Serena se limpió las lágrimas.

—Información.

—¿Sobre qué?

—Sobre tus negocios.

La miré fijamente.

Entonces entendí algo.

No había sido una aventura.

Había sido una operación.

Yo había entregado voluntariamente secretos de mi organización a una mujer que había sido enviada para acercarse a mí.

Y Clara lo había descubierto.

—¿Qué más?

Serena comenzó a temblar.

—Clara descubrió que yo estaba trabajando para Lorenzo.

—¿Y?

—Me amenazó con denunciarme.

—¿Y qué hiciste?

Serena cerró los ojos.

—Le dije que no lo hiciera.

—¿Por qué?

—Porque Lorenzo me dijo que si Clara hablaba…

Su voz se quebró.

—La matarían.

Sentí que el mundo se detenía.

Miré hacia las puertas de cirugía.

Mi esposa estaba allí dentro.

Luchando por vivir.

Mientras yo había estado sentado con la mujer que ayudó a ponerla en peligro.

—¿Clara sabía que iban a atacarla esta noche?

Serena asintió.

—Sí.

—Entonces ¿por qué salió sola?

Serena levantó los ojos.

—Porque pensaba que podía negociar.

Me quedé helado.

—¿Con quién?

Serena respondió apenas en un susurro.

—Con Lorenzo.

En ese instante, las puertas de la cirugía se abrieron.

Un médico salió corriendo hacia nosotros.

Su expresión era grave.

—¿Familia de Clara Valente?

Di un paso adelante.

—Soy su esposo.

El médico me miró.

—Necesito hablar con usted.

—¿Está viva?

El médico tardó demasiado en responder.

—Sí.

Sentí que las piernas casi me fallaban.

—Pero encontramos algo durante la cirugía.

—¿Qué?

El médico bajó la voz.

—Su esposa está embarazada.

El mundo entero pareció quedarse en silencio.

Miré a Mateo.

Después a Serena.

Y finalmente hacia las puertas detrás de las cuales Clara estaba luchando por su vida.

Cinco años de matrimonio.

Un año de distancia.

Una amante.

Una conspiración.

Y ahora un hijo del que nunca había sabido nada.

Pero el médico todavía no había terminado.

—Señor Valente…

Me miró directamente.

—El embarazo no es lo único que debería preocuparle.

Frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El médico sostuvo una bolsa médica transparente.

Dentro había un pequeño dispositivo.

—Esto estaba oculto en el abdomen de su esposa.

Lo reconocí inmediatamente.

Era un localizador.

Pero no pertenecía a Clara.

Pertenecía a alguien de mi propia organización.

Y entonces comprendí que el enemigo no estaba afuera.

Había estado sentado a mi lado todo el tiempo.

Related Posts

Parte 2: Arthur sabía quién era el padre de Caleb

Arthur caminó lentamente hasta su escritorio. Sacó una llave del bolsillo interior de su chaqueta y abrió un cajón. —Siéntate, Elena. No lo hice. —¿Qué acepté? Arthur…

Parte 2: El hombre que traje no venía a celebrar la Navidad

Las puertas volvieron a abrirse. Entró un hombre alto con un abrigo gris oscuro. No llevaba regalo. No llevaba champán. Y definitivamente no parecía un invitado navideño….

Parte 2: El hombre del helicóptero llevaba la limonada de Lily

Era una botella. Una pequeña botella de limonada. La misma marca. El mismo tamaño. Incluso tenía pegada una diminuta calcomanía de estrella que Lily había puesto antes…

Parte 2: El heredero que Nathan tanto deseaba

Nathan leyó la frase tres veces. “Felicidades… por fin conseguiste el hijo varón que tanto deseabas.” Margaret le arrancó la carta. —¿Qué significa esto? Nathan no respondió….

Parte 2: El riñón no fue lo único que Ethan perdió

Ethan me llamó diecisiete veces antes de las nueve. A las nueve y cuarto, empezó con los mensajes. Natalia, contesta. No puedes hacer esto mientras estoy hospitalizado….

Parte 2: La señora Whitmore dejó de existir

Daniel guardó silencio. Después soltó una risa seca. —¿En casa? —Sí. —¿Dónde? Miré las luces de Londres. —Eso ya no te corresponde. —Soy tu marido. —Por ahora….

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *