El viaje a Boston duró poco más de dos horas.
Para mí, pareció una eternidad.
No podía apartar la fotografía de mis manos.
La niña estaba sentada en el cochecito con una muñeca entre los brazos. El niño dormía a su lado, con la cabeza inclinada hacia el hombro de su hermana.
Dos niños.
Dos vidas que habían comenzado sin mí.
Y cuanto más miraba sus rostros, más imposible resultaba negar lo evidente.
Eran míos.
O, al menos, existía una posibilidad demasiado grande para ignorarla.
—Jefe —dijo Marcus desde el asiento delantero—, todavía podemos esperar.
—No.
—Si Evelyn rehízo su vida, quizá no quiera verte.
Miré por la ventana.
—Ya esperé tres años.
Marcus guardó silencio.
No necesitaba decirle que esos tres años habían sido culpa mía.
Cuando llegamos a Boston, no fuimos directamente a la casa de Evelyn.
Primero nos detuvimos frente a una pequeña cafetería.
Marcus señaló discretamente la ventana.
—Ahí.
Levanté la mirada.
El hombre que había contestado mi llamada estaba sentado junto a una mesa, bebiendo café.
Era alto, de unos cuarenta años, con cabello oscuro y una expresión tranquila.
No parecía un mafioso.
No parecía un enemigo.
Y, sin embargo, había algo familiar en su rostro.
—¿Quién es? —pregunté.
Marcus dejó una carpeta sobre mis piernas.
—Thomas Hale. Treinta y ocho años. Médico especializado en pediatría. Sin antecedentes. Sin conexiones conocidas con organizaciones criminales.
Abrí la carpeta.
—¿Y qué tiene que ver con Evelyn?
Marcus me miró.
—Se casaron hace dos años.
Sentí una presión en el pecho.
Casados.
Evelyn estaba casada.
Mientras yo seguía pensando en ella como mi exesposa, ella había construido otra vida.
Otra familia.
Quizá otro hombre.
—¿Los niños?
Marcus bajó la voz.
—Legalmente, Thomas figura como padre de ambos.
Apreté la mandíbula.
—Legalmente.
—Sí.
Esa palabra me golpeó con más fuerza que cualquier otra.
Salí del vehículo.
Marcus intentó detenerme.
—Adrian, no hagas una escena.
—No voy a hacerla.
Crucé la calle.
Entré en la cafetería.
Thomas levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante varios segundos ninguno habló.
Entonces él dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Sabía que vendrías.
Me quedé inmóvil.
—¿Sabías quién era?
—Evelyn me contó todo.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Todo?
Thomas asintió.
—Incluido por qué desapareció.
—Entonces dímelo.
Su expresión cambió.
Ya no parecía tranquilo.
Parecía triste.
—No desapareció porque quisiera dejarte.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Qué significa eso?
Thomas sacó un sobre del bolsillo de su abrigo.
Lo dejó frente a mí.
—Lee esto.
Abrí el sobre.
La primera página era una copia de un informe médico.
La fecha correspondía a tres años atrás.
Mis ojos recorrieron las líneas.
Embarazo.
Complicaciones.
Riesgo elevado.
Y entonces apareció una frase que me dejó sin aire.
“La paciente manifiesta temor de regresar a su domicilio debido a amenazas recibidas.”
Levanté lentamente la mirada.
—¿Quién la amenazó?
Thomas no respondió.
—¿Quién?
—Tu madre.
El mundo pareció detenerse.
Victoria Moretti.
Mi madre.
La mujer a la que yo había pedido expresamente que nunca le contaran sobre los niños.
—Eso es imposible.
—No —dijo Thomas—. Es exactamente lo que ocurrió.
Sacó otra fotografía.
En ella aparecía Evelyn, embarazada, parada frente a un edificio.
A su lado estaba mi madre.
Y la expresión de Victoria no era de una futura abuela.
Era de una mujer dando una advertencia.
—Tu madre descubrió el embarazo antes de que tú lo supieras —continuó Thomas—. Le ofreció dinero para que desapareciera.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué?
Thomas me miró directamente.
—Porque no quería que tu matrimonio terminara. Pero tampoco quería que esos niños heredaran nada de ti.
Bajé la mirada hacia los documentos.
Mis manos comenzaron a temblar.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Adrian.
Me giré.
Evelyn estaba en la puerta.
Había cambiado.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Los mismos ojos que alguna vez había amado.
Y detrás de ella estaban los gemelos.
La niña me miró fijamente.
Después señaló mi rostro.
—Mamá…
Evelyn cerró los ojos.
La pequeña volvió a mirar hacia mí.
—¿Por qué ese señor se parece a mí?
Nadie respondió.
Yo tampoco podía hacerlo.
Porque por primera vez en tres años entendí la verdadera razón por la que Evelyn había desaparecido.
Y también comprendí algo mucho peor.
Mi madre no solo me había ocultado que tenía hijos.
Había conseguido que creyera que la mujer que amaba me había abandonado.
Me habían robado tres años.
Y esta vez, no pensaba dejar que nadie volviera a decidir por mí.
