A la mañana siguiente, mientras Lily seguía conectada al oxígeno, recibí una llamada de Vancouver.
—¿Señora Bennett? Soy Gunther, de Reliant Care.
Su voz era grave, seca y completamente desprovista de paciencia.
—¿Ya llegó al hospital?
—Hace veinte minutos.
Hubo una pausa.
—Su marido no está contento.
No pude evitar sonreír.
—No esperaba que lo estuviera.
—Me llamó inútil, incompetente y amenazó con despedirme.
—Entonces está mejorando.
Gunther soltó una risa breve.
—Eso pensé.
Cerré los ojos durante unos segundos. Por primera vez en semanas, sentí algo parecido a tranquilidad.
No porque quisiera que David sufriera.
Sino porque, por primera vez, él estaba experimentando lo que significaba no tener el control.
—¿Está con él Emily? —pregunté.
—La señorita Emily está en la habitación de al lado. Según tengo entendido, también necesita asistencia.
—¿Y quién la cuida?
—Una enfermera normal.
—Perfecto.
Colgué.
No necesitaba viajar a Vancouver.
No necesitaba correr detrás de mi marido.
Y, sobre todo, no necesitaba rescatarlo de las consecuencias de sus propias decisiones.
Pero aquello era apenas el principio.
Abrí el correo electrónico de mi abogado.
Había tres documentos adjuntos.
El primero era el acuerdo de liquidación de la demanda por la muerte de mi madre.
El segundo confirmaba la transferencia de los cinco millones de dólares.
El tercero era un informe que había solicitado semanas atrás.
Una investigación financiera sobre David Bennett.
Lo abrí.
Y entonces dejé de sonreír.
Había cuentas ocultas.
Transferencias mensuales.
Hoteles.
Restaurantes.
Regalos de lujo.
Pagos a una tarjeta cuyo titular aparecía como Emily Carter.
Pero había algo mucho peor.
David no solo había utilizado dinero de nuestra cuenta familiar para mantener su relación con Emily.
Había desviado fondos de su propia empresa.
Millones.
Y algunos de esos movimientos llevaban mi firma digital.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Maldito seas, David.
No me había engañado solamente como esposo.
Había intentado convertir su traición en un crimen que yo cargaría sobre mis hombros.
Llamé inmediatamente a mi abogado.
—Quiero que congelen cualquier acceso de David a nuestras cuentas conjuntas.
—Clara, eso puede hacerse hoy mismo.
—Y quiero una auditoría completa de la empresa.
Hubo silencio al otro lado.
—¿Estás segura?
Miré a Lily.
Mi pequeña seguía dormida, respirando con dificultad bajo la máscara.
—Completamente.
—Entonces prepárate. Si encontramos lo que creo que encontraremos, David tendrá problemas mucho mayores que una fractura.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Mientras tanto, en Vancouver, David estaba viviendo su propia pesadilla.
Gunther me llamó otra vez unas horas después.
—Su marido está intentando levantarse.
—¿Puede hacerlo?
—No.
—Entonces asegúrese de que no lo haga.
—Ya lo hice.
Escuché un grito amortiguado al fondo.
—¡QUIERO HABLAR CON MI ESPOSA!
Gunther apartó el teléfono.
—Dice que quiere cancelar mi contrato.
—Dígale que el contrato está pagado por adelantado durante treinta días.
—¿Y si intenta llamar a alguien?
—No tiene teléfono.
Gunther soltó una carcajada.
—Señora Bennett, creo que empieza a gustarme.
Yo también empecé a disfrutar aquella sensación.
David siempre había pensado que yo era débil.
La esposa que cocinaba.
La esposa que esperaba.
La esposa que perdonaba.
La esposa que permanecía callada mientras él llegaba tarde a casa oliendo a perfume ajeno.
Pero esa mujer había muerto el día que David amenazó con dejar a nuestra hija sin tratamiento.
Guardé el teléfono y acaricié suavemente el cabello de Lily.
—Papá cometió un error, cariño —susurré—. Uno muy grande.
Entonces llegó un mensaje de mi abogado.
“Clara, encontramos algo. Necesitamos hablar inmediatamente.”
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué encontraron? —pregunté al llamarlo.
Su respuesta fue tan baja que casi no la escuché.
—David no solo robó dinero de la empresa.
—¿Entonces qué hizo?
—Hay documentos falsificados. Contratos. Transferencias. Y alguien está preparando una declaración para culparte a ti de todo.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Quién?
Mi abogado respiró profundamente.
—Emily.
Miré la pantalla.
Después miré a Lily.
Y comprendí que mi venganza acababa de convertirse en algo mucho más serio.
Porque si Emily pensaba que podía destruirme para salvarse a sí misma…
había cometido el mismo error que David.
Me había subestimado.
