PARTE 2 — LO QUE OCURRIÓ MIENTRAS YO NO ESTABA

—Señor Holloway.

Margaret Grayson sonrió desde la puerta.

—No esperaba que regresara hasta mañana.

Ahí estuvo mi primera señal.

Yo tampoco había esperado regresar esa noche.

Mi vuelo original llegaba al día siguiente.

—Cambio de planes.

Me quité la chaqueta y envolví a Emma.

Ella se estremeció cuando mi mano rozó su hombro.

—¿Por qué está mi hija descalza bajo la lluvia?

La sonrisa de Margaret no desapareció.

—Emma ha estado teniendo problemas de disciplina.

Sentí que Emma se encogía contra mí.

—¿Disciplina?

—Desde que usted se fue, ha estado bastante difícil. Rabietas. Mentiras. Negarse a ayudar.

Miré a mi hija.

Emma apenas hablaba.

—Entra, cariño.

Margaret levantó una mano.

—Primero debe terminar con la basura. Si usted contradice las consecuencias que establezco, nunca aprenderá.

La miré.

Durante dos años, Margaret había trabajado como administradora de mi casa.

Tenía excelentes referencias.

Siempre había sido amable delante de mí.

Y yo había cometido el error de creer que eso significaba que era amable cuando yo no estaba.

—Emma entra ahora.

Mi voz hizo desaparecer finalmente su sonrisa.

Tomé a mi hija en brazos.

Pesaba menos de lo que recordaba.

Mucho menos.

Dentro de la casa vi inmediatamente cosas que no encajaban.

La fotografía de Emma y yo había desaparecido de la sala.

Sus zapatillas no estaban junto a la puerta.

Y en la mesa había una cena servida para una sola persona.

—¿Dónde está la comida de Emma?

Margaret cruzó los brazos.

—Perdió el privilegio de cenar.

Emma susurró:

—Papá, está bien.

Esas tres palabras casi me destruyeron.

Una niña de ocho años no debería considerar normal quedarse sin comer.

—Ve arriba, ponte ropa seca y espérame en mi habitación.

Emma no se movió.

—¿Puedo?

La pregunta me golpeó.

—Esta es tu casa, Emma. No tienes que pedir permiso.

Subió lentamente.

Esperé hasta escuchar cerrarse la puerta.

Entonces miré a Margaret.

—Está despedida.

Su expresión cambió.

—Nathan, creo que está reaccionando emocionalmente.

—Salga de mi casa.

—Su hija necesita estructura.

—Mi hija necesita sentirse segura.

Tomé mi teléfono.

—Tiene diez minutos para recoger sus pertenencias.

Entonces Margaret sonrió.

Una sonrisa diferente.

—Antes debería revisar lo que su hija ha estado haciendo.

Sacó su teléfono.

Me mostró fotografías.

Un vaso roto.

Una pared manchada.

Una puerta rayada.

—Ella miente constantemente. Incluso empezó a robar.

—¿Robar qué?

Margaret abrió un cajón.

Sacó varios billetes.

—Encontré esto debajo de su colchón.

Casi me reí.

—Ese dinero es suyo.

Margaret parpadeó.

—¿Qué?

—Le doy una asignación cada semana. La deposita en una caja debajo de su cama.

Por primera vez, perdió el control.

—Bueno, yo no sabía…

—Exactamente.

Subí.

Encontré a Emma sentada en mi cama con ropa seca.

Cuando me vio, se puso de pie inmediatamente.

—Papá, no eches a la señora Grayson por mi culpa.

Me senté frente a ella.

—No es culpa tuya.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Ella dijo que si eras infeliz conmigo, dejarías de volver.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—Nunca.

Emma empezó a llorar.

Y entonces llegaron las palabras.

Margaret la despertaba antes de la escuela para limpiar.

Le quitaba comidas cuando cometía errores.

Le prohibía llamarme porque decía que yo estaba demasiado ocupado.

Cada vez que Emma preguntaba cuándo regresaría, Margaret respondía:

—Cuando aprendas a no ser una carga.

Abracé a mi hija.

No pregunté más aquella noche.

Ya había escuchado suficiente.

Entonces Emma dijo algo contra mi pecho.

—Papá… intenté llamarte una vez.

—Nunca recibí ninguna llamada.

—Lo sé.

Se apartó y abrió el cajón de mi mesita.

Sacó un teléfono viejo.

La pantalla estaba rota.

—Ella me encontró.

Miré el aparato.

Era el teléfono de emergencia que yo había dejado exclusivamente para Emma.

—¿Margaret hizo esto?

Emma asintió.

—Pero antes de romperlo grabé algo.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué grabaste?

Emma pulsó la pantalla.

Una voz llenó la habitación.

La de Margaret.

—Tu padre me paga para ocuparme de esta casa, Emma. Si consigo que parezcas suficientemente problemática, quizá finalmente entienda que estaría mejor enviándote lejos.

Después se oyó otra voz.

Un hombre.

—¿Y cuando Nathan firme los papeles?

Margaret respondió:

—Entonces podremos hacer lo que planeamos desde el principio.

Miré a Emma.

—¿Quién es ese hombre?

Ella se secó las lágrimas.

—No sé su nombre.

Hizo una pausa.

—Pero viene aquí todas las noches cuando tú estás de viaje.

Y en ese preciso instante…

escuché que alguien introducía una llave en la puerta principal.

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