PARTE 2 — EL EXTRAÑO QUE CORRIÓ BAJO LA LLUVIA

El hombre subió al autobús antes de que llegara la ambulancia.

—Claire.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabe mi nombre?

No respondió.

Se arrodilló frente a mí y miró mi vientre.

—¿Las contracciones cada cuánto?

—No sé… cinco minutos.

Su rostro perdió el color.

—Necesita un hospital con unidad neonatal avanzada.

La mujer que estaba conmigo preguntó:

—¿Es su marido?

El desconocido apretó la mandíbula.

—No.

Después me miró.

—Pero conozco al hombre que acaba de abandonarla.

Sentí otra contracción y apenas pude preguntar:

—¿Ethan?

—Sí.

Las sirenas interrumpieron la conversación.

Los paramédicos subieron y todo se volvió movimiento.

Cuando me colocaron en la camilla, el desconocido caminó junto a mí.

—Voy con ella.

—Solo familiares —dijo un paramédico.

—Entonces síganme ustedes.

Sacó el teléfono.

—Mi coche llegará antes.

Lo miré como si estuviera loco.

—No voy a subir al coche de un extraño.

Por primera vez sonrió ligeramente.

—Bien. Todavía conserva sentido común.

La ambulancia me llevó al hospital.

Él nos siguió.


Dos horas después, los médicos habían conseguido detener temporalmente el parto.

Mis tres bebés seguían dentro.

Yo estaba agotada.

Y el desconocido seguía fuera de mi habitación.

Finalmente pedí que lo dejaran entrar.

—Nombre —dije cuando apareció.

—Alexander Reed.

—¿Cómo conoce a Ethan?

—Era socio de mi padre.

Aquello no explicaba nada.

Alexander colocó una carpeta sobre la mesa.

—Esta noche fui a su apartamento.

—¿Para qué?

—Para entregarle esto.

Abrí la carpeta.

Había documentos corporativos.

Reconocí el nombre de Mercer Development, la empresa de Ethan.

—No entiendo.

Alexander se sentó.

—Mi padre murió hace seis semanas. Revisando sus archivos encontré irregularidades relacionadas con Ethan.

—¿Qué tipo de irregularidades?

—Dinero transferido desde un fideicomiso.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué fideicomiso?

Alexander me observó.

—El suyo.

Me incorporé demasiado rápido.

—Yo no tengo ningún fideicomiso.

—Sí lo tiene.

Sacó otro documento.

Mi nombre aparecía arriba.

Claire Elizabeth Mercer.

—Su abuelo creó un fondo para usted antes de morir. Ethan recibió autorización limitada para administrarlo durante su matrimonio.

Mi garganta se secó.

—¿Cuánto dinero?

Alexander guardó silencio.

—¿Cuánto?

—Originalmente, doce millones.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Eso es imposible.

—Ahora quedan poco más de tres.

No pude hablar.

Ethan me había dejado con veintitrés dólares.

Mientras aparentemente había utilizado millones que me pertenecían.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje suyo.

¿Ya saliste del apartamento? Devuelve las llaves al administrador.

Lo miré durante varios segundos.

Alexander también lo vio.

—¿Sabe dónde está usted?

Negué con la cabeza.

—No.

—¿Sabe que está en el hospital?

—No.

Alexander frunció el ceño.

—¿Y los bebés?

—Supongo que tampoco le importan.

En ese instante llegó otro mensaje.

Una fotografía.

Ethan y Sabrina en un avión privado.

No compliques esto, Claire. Hablaremos cuando regrese.

Algo dentro de mí se apagó.

No lloré.

Simplemente hice una captura de pantalla.

—Necesito un abogado.

Alexander asintió.

—Ya llamé a uno.

Lo miré.

—¿Por qué está haciendo todo esto por mí?

Por primera vez pareció incómodo.

—Porque conocí a su madre.

Mi respiración se detuvo.

Mi madre había muerto cuando yo tenía nueve años.

—¿Cómo?

Alexander bajó la mirada.

—Mi padre era su abogado.

Sacó un sobre amarillento.

Mi nombre estaba escrito en una letra que reconocí inmediatamente.

La de mamá.

Mis manos empezaron a temblar.

—¿Qué es esto?

—Una carta que debía entregársele si alguien intentaba acceder indebidamente al fideicomiso.

Abrí el sobre.

Solo conseguí leer las primeras líneas antes de que las lágrimas me nublaran la vista.

Claire, si estás leyendo esto, significa que alguien a quien amaste confundió tu confianza con permiso para robarte.

Cerré los ojos.

Alexander continuó:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Ethan no solo utilizó su dinero.

Deslizó una última hoja hacia mí.

Era el registro de propiedad del apartamento del que acababan de expulsarme.

Leí el nombre del propietario.

El mío.

—No…

—Ethan nunca fue dueño de ese apartamento.

Alexander señaló el documento.

—Usted sí.

Lo miré sin comprender.

—Entonces ¿cómo pudo echarme?

—Legalmente, no podía.

Mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el administrador del edificio.

Señora Mercer, el señor Mercer solicita autorización para registrar a Sabrina Vale como nueva residente permanente mañana.

Me quedé mirando el mensaje.

Después empecé a reír.

Alexander levantó una ceja.

—¿Está bien?

—Perfectamente.

Tomé el teléfono.

Por primera vez aquella noche, mis manos ya no temblaban.

—Señor Reed.

—¿Sí?

—Dígale a ese abogado que venga temprano.

Miré la fotografía de Ethan y Sabrina.

—Porque mañana mi esposo descubrirá que acaba de echarme de una casa que nunca fue suya.

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