PART 2: LOS CUATRO LLEVAN MI SANGRE

—¡Mamá!

Los cuatro niños salieron disparados del baño.

Yo no los seguí.

No pude.

Me quedé frente al espejo con las manos apoyadas en el mármol, mirando a un hombre al que llevaba treinta y siete años conociendo y que, de repente, parecía un extraño.

Seis años.

Cuatro niños.

Y aquella voz.

—Despacio, chicos. ¿Cuántas veces tengo que decirles que no corran dentro de un restaurante?

El pecho se me cerró.

Isabella.

No necesitaba verla.

Durante seis años había intentado olvidar esa voz.

Había enterrado su recuerdo bajo reuniones, propiedades, amenazas, funerales y mujeres cuyos nombres a veces olvidaba antes de que amaneciera.

Nada había funcionado.

Y ahora estaba a pocos metros de mí.

Uno de los niños habló desde el pasillo.

—Mamá, había un señor dentro que se parece muchísimo a nosotros.

Silencio.

Un silencio pequeño.

Pero suficiente.

Levanté lentamente la cabeza.

Ella sabía.

Salí del baño.

Isabella Romano estaba al final del pasillo.

Y el mundo desapareció.

Ya no tenía veintisiete años.

No llevaba aquel vestido rojo que usó la primera noche que cenamos juntos.

No tenía el cabello tan largo.

Había algo distinto en sus ojos. Algo más cansado. Más fuerte.

Pero seguía siendo ella.

Isabella me miró.

Su rostro perdió el color.

—Dominic.

Los cuatro niños se agruparon alrededor de sus piernas.

Uno tiró de su abrigo.

—¿Lo conoces, mamá?

Ella no respondió.

Yo tampoco aparté los ojos de ella.

—Seis años —dije.

Su mandíbula se tensó.

—No aquí.

Solté una risa seca.

—¿No aquí?

Miré a los niños.

Después volví a mirarla.

—Creo que hemos superado el punto en el que puedes decirme dónde hacer preguntas.

Uno de los pequeños frunció el ceño.

Exactamente como yo.

Sentí algo brutal atravesarme el pecho.

—¿Son míos?

Isabella cerró los ojos un instante.

Eso fue suficiente.

Di un paso hacia ella.

—Isabella.

—Dominic, hay niños presentes.

—Precisamente.

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

Más peligrosa también.

Ella lo notó.

Durante años, hombres adultos habían retrocedido al escuchar ese tono.

Isabella nunca lo hizo.

—No vuelvas a hablarme así —susurró—. Mucho menos delante de mis hijos.

Mis hijos.

No nuestros.

Mis.

La palabra me golpeó.

Entonces uno de los niños levantó la mano.

—Yo soy Luca.

Miré hacia abajo.

—Luca —repitió otro—. Él es Matteo, ese es Nico y yo soy Leo.

Cuatro nombres.

Cuatro hijos.

Cuatro vidas enteras que habían sucedido sin mí.

—Mucho gusto —logré decir.

Leo me estudió con absoluta seriedad.

—Mamá tiene una foto tuya.

Isabella palideció.

—Leo.

—La de la caja —continuó él—. La que guarda arriba del armario.

Por primera vez aquella noche, casi sonreí.

Isabella tomó aire.

—Niños, vuelvan a la mesa con la tía Elena.

—Pero…

—Ahora.

Los cuatro reconocieron el tono de su madre.

Se fueron protestando en voz baja.

Esperé hasta que desaparecieron.

Entonces saqué el anillo de compromiso de mi bolsillo.

Los ojos de Isabella cayeron sobre la pequeña caja de terciopelo.

Algo cambió en su expresión.

—Veo que llegué en mal momento.

—Se suponía que iba a pedirle matrimonio a alguien dentro de cuarenta y siete minutos.

Ella levantó la barbilla.

—Entonces deberías irte.

—¿Son mis hijos?

—Dominic…

—Respóndeme.

Sus ojos brillaron.

—Sí.

Una sola palabra.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Abrí la caja.

El diamante destinado a Sloane brilló bajo las luces del pasillo.

Lo observé durante dos segundos.

Luego la cerré.

—Tengo cuatro hijos.

—Sí.

—Y tienen seis años.

—Sí.

—¿Por qué demonios no me lo dijiste?

La tristeza desapareció del rostro de Isabella.

En su lugar apareció rabia.

—¿De verdad quieres hacerme esa pregunta?

Me quedé inmóvil.

Ella dio un paso hacia mí.

—La última noche que estuvimos juntos, tu padre mandó a dos hombres a mi apartamento.

La sangre se me heló.

—¿Qué?

—Me dijeron que si volvía a acercarme a ti, mi madre perdería su casa, mi hermano perdería su trabajo y yo tendría suerte si podía abandonar Boston caminando.

—Mi padre murió hace cuatro años.

—Lo sé.

—¿Por qué no regresaste entonces?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque para entonces tenía cuatro niños de dos años y había aprendido perfectamente lo que significaba el apellido Moretti.

No supe qué decir.

Por primera vez en años, no tuve una respuesta.

Entonces mi teléfono vibró.

Miré la pantalla.

Sloane Barrett.

6:48 p. m.

Debajo había un mensaje.

¿Dónde estás? Todos han llegado.

Isabella también lo vio.

—Vete, Dominic.

Guardé el teléfono.

—No.

—Tienes una mujer esperándote.

—Tengo cuatro hijos esperándome al otro lado de esa puerta.

—Ellos no te están esperando. Ni siquiera saben quién eres.

Aquello dolió más de lo que debería.

Me acerqué hasta quedar frente a ella.

—Entonces voy a cambiar eso.

Isabella negó lentamente.

—No puedes entrar en sus vidas porque acabas de descubrir que existen.

—Puedo empezar esta noche.

—No.

—Isabella.

—No sabes nada de ellos.

Su voz se quebró.

—No sabes que Matteo duerme con una lámpara encendida porque teme a la oscuridad. No sabes que Nico es alérgico a los cacahuetes. No sabes que Luca se muerde el labio cuando miente ni que Leo llora cuando pierde aunque finja que no le importa.

Cada frase era una herida.

Ella respiró temblando.

—No estuviste cuando tuvieron fiebre. No estuviste cuando dijeron sus primeras palabras. No estuviste cuando aprendieron a caminar.

—Porque no sabía que existían.

—Y yo no sabía si decirte que existían haría que los mataran.

El pasillo quedó en silencio.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez lo saqué.

Isabella observó mientras llamaba.

Sloane contestó casi inmediatamente.

—Dominic, ¿dónde estás?

—No voy a llegar.

—¿Qué?

—Cancela la cena.

Isabella abrió los ojos.

—Dominic…

Seguí hablando.

—Y dile a mi madre que tampoco habrá compromiso.

Silencio al otro lado.

—¿Estás bromeando?

Miré a Isabella.

Después miré hacia el comedor donde acababan de desaparecer cuatro pequeños con mis ojos.

—No.

Colgué.

Isabella me miró como si hubiera perdido la razón.

Quizá la había perdido.

Saqué la caja de terciopelo.

La dejé sobre una mesa auxiliar del pasillo.

—Ese anillo pertenecía a una vida que tenía hace diez minutos.

—No hagas esto.

—Ya está hecho.

—No voy a volver contigo solo porque descubriste a los niños.

—No te he pedido que vuelvas conmigo.

Eso la hizo callar.

Me acerqué un poco más.

—Primero voy a conocer a mis hijos.

Mi voz bajó.

—Después voy a averiguar quién sabía que existían.

La expresión de Isabella cambió.

Solo un instante.

Pero lo vi.

Miedo.

No al pasado.

Al presente.

La miré fijamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Isabella.

Ella apartó los ojos.

Y entonces comprendí algo mucho peor.

Mi padre llevaba cuatro años muerto.

Si ella todavía tenía miedo…

era porque él no había sido el único Moretti que sabía de los niños.

—¿Quién más lo sabe? —pregunté.

Isabella no respondió.

Desde el comedor llegó la risa de uno de mis hijos.

Ella cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, susurró:

—Dominic, tu familia no acaba de descubrir que tienes cuatro hijos.

Sentí un escalofrío.

—Tu familia lleva seis años vigilándolos.

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