PARTE 2: TRES VECES SU ROSTRO

Durante cinco segundos, Sebastián Alcázar no se movió.

Su café se extendía por el suelo.

Él ni siquiera lo miró.

Sus ojos iban de Mateo a Nicolás.

De Nicolás a Emma.

Después regresaban a mí.

—Lucía.

Mi nombre salió de sus labios como si acabara de ver un fantasma.

Mateo se acercó discretamente a mi lado.

Nicolás hizo lo mismo.

Emma continuó sosteniendo su helado.

—Mamá —insistió—, no respondiste.

Me agaché frente a ella.

—Luego hablamos.

Sebastián dio un paso.

—¿Quiénes son?

Me incorporé.

—Mis hijos.

—Eso ya lo veo.

Su voz se quebró ligeramente.

—Estoy preguntando quién es su padre.

Nicolás frunció el ceño.

—Eso es bastante personal para preguntárselo a una desconocida.

Casi sonreí.

Definitivamente ese niño había heredado algo de mí.

Sebastián lo miró.

Y fue como observar a un hombre enfrentarse a su propio reflejo de cinco años.

—¿Cuántos años tienen?

—Cinco —respondió Mateo.

Sebastián palideció.

Hizo el cálculo.

Por supuesto que lo hizo.

—Lucía…

—Tenemos que irnos.

Tomé la maleta.

Sebastián bloqueó parcialmente mi camino.

No me tocó.

—¿Estabas embarazada cuando nos divorciamos?

Lo miré directamente.

—Sí.

Su rostro perdió toda expresión.

—¿Lo sabías?

—Venía del hospital cuando me entregaste los papeles.

Silencio.

—¿Y no me dijiste nada?

Solté una risa corta.

—Me dijiste que Valeria había regresado, me diste cien millones y declaraste que desde ese día no tendríamos nada que ver.

—¡Pero eran mis hijos!

Las cabezas comenzaron a girarse.

Mi expresión se endureció.

—Baja la voz.

Sebastián miró a los niños.

—Necesito saberlo.

—No aquí.

—Quiero una prueba.

—Perfecto.

Aquello pareció sorprenderlo.

—¿Perfecto?

—Nunca tuve intención de negar quién eres. Solo decidí no perseguir a un hombre que había dejado perfectamente claro que no me quería en su vida.

Me marché.

Esta vez no intentó detenerme.

Pero yo conocía a Sebastián.

Cuando quería una respuesta, no descansaba.

Lo que no sabía era que los trillizos no eran la única sorpresa que lo esperaba.

Había regresado por una reunión.

Mi empresa, Lumen Medical Systems, había desarrollado una plataforma de monitoreo neonatal que varios grupos hospitalarios querían adquirir.

La reunión del lunes decidiría quién obtenía la licencia regional.

Cuando entré en la sala de juntas cuarenta y ocho horas después, Sebastián ya estaba allí.

Me detuve.

Él también.

En la pantalla aparecía:

ALCÁZAR HEALTH GROUP.

Casi me reí.

De todas las empresas de la ciudad.

Sebastián era presidente del grupo que pretendía comprar mi tecnología.

—¿Tú eres Lumen? —preguntó.

—Fundadora y directora ejecutiva.

Su mirada cambió.

Cinco años atrás me había acusado de casarme por dinero.

Ahora descubría que los cien millones que me había dado no me habían convertido en una mujer ociosa.

Los había utilizado como parte del capital inicial.

La empresa había crecido.

Había inversores.

Patentes.

Empleados.

Y, sobre todo, una vida que no dependía de él.

Terminamos la reunión profesionalmente.

Después Sebastián me pidió diez minutos.

—La prueba de ADN.

—Puede hacerse.

—Hoy.

—Con un laboratorio independiente y cadena de custodia.

Aceptó.

Tres días después llegaron los resultados.

La probabilidad de paternidad superaba el 99,99 % para los tres niños.

Sebastián permaneció sentado durante mucho tiempo.

—Tengo tres hijos.

—Sí.

—Me perdí cinco años.

No respondí.

Porque esa parte era verdad.

Pero tampoco iba a permitir que transformara su arrepentimiento en una acusación exclusivamente contra mí.

—Tú elegiste terminar nuestro matrimonio antes de saberlo.

—Y tú elegiste ocultármelo después.

—Sí.

Lo miré.

—Y esa decisión también tendremos que hablarla. Pero no delante de ellos y no como si ninguno de los dos hubiera tomado decisiones que nos trajeron hasta aquí.

Aquello lo silenció.

Entonces preguntó:

—¿Valeria sabe?

—¿Por qué debería importarme?

Su mandíbula se tensó.

—Porque nunca me casé con ella.

Eso sí me sorprendió.

—Pensé que por eso te divorciaste.

—Yo también.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

Sebastián se levantó.

—Tres meses después de que te fueras descubrí que Valeria había regresado porque necesitaba que yo firmara unos documentos.

—¿Qué documentos?

—Acciones de Alcázar Health.

No entendí.

Sebastián explicó que su abuelo había creado décadas atrás un fideicomiso familiar.

Parte de las acciones quedaban sujetas a condiciones especiales si nacían descendientes directos.

Cuando nos divorciamos, Sebastián creyó que no teníamos hijos.

Valeria sabía lo mismo.

O eso había supuesto.

—¿Qué tiene esto que ver conmigo?

—Tal vez mucho.

Sacó una carpeta.

Dos semanas después de nuestro divorcio, alguien había presentado ante los administradores del fideicomiso una declaración afirmando que nuestro matrimonio había terminado sin descendencia.

El documento llevaba mi firma.

—Yo nunca firmé eso.

—Lo sé.

Lo miré.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque la fecha es posterior a tu salida del país.

Necesitábamos peritaje sobre el original, pero la discrepancia era evidente.

—¿Quién presentó el documento?

—Un despacho que entonces representaba a Valeria.

Sentí una punzada de rabia.

No porque Valeria me hubiera “robado” a Sebastián.

Él había tomado su propia decisión.

Eso seguía siendo responsabilidad suya.

Pero alguien había estado interesado en borrar jurídicamente la posibilidad de que existieran hijos.

—¿Valeria sabía que estaba embarazada?

—No lo sé.

Sebastián guardó silencio.

—Pero alguien sí pudo saberlo.

Sacó otra hoja.

Mi expediente de aquella consulta de hacía cinco años había sufrido un acceso no autorizado tres días después del divorcio.

No aparecía el contenido completo.

Solo el registro.

—¿Quién?

—Una cuenta administrativa del hospital.

Sentí frío.

El hospital donde me habían confirmado el embarazo pertenecía ahora a Alcázar Health.

Pero cinco años atrás tenía otro propietario.

Montes Medical Corporation.

La familia de Valeria.

—Esto no prueba que fuera ella —dije.

—No.

Por primera vez Sebastián parecía comprender que una coincidencia no era una condena.

—Pero quiero saber quién accedió.

Yo también.

Aquella noche llamé a mi antiguo obstetra.

No esperaba que recordara una consulta de cinco años atrás.

La recordó inmediatamente.

—Lucía, después de que te marchaste vino una mujer preguntando por ti.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién?

—Dijo que era familia.

—¿Le dio información?

—No. Pero después descubrimos que alguien había abierto tu expediente desde administración.

—¿Recuerda su nombre?

—No se presentó.

Una pausa.

—Pero la reconocí años después en una revista.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Quién era?

—Valeria Montes.

Al día siguiente Sebastián recibió otra noticia.

El fideicomiso había iniciado una revisión automática después de confirmar la existencia de los trillizos.

Mateo, Nicolás y Emma no heredaban mágicamente el imperio.

Pero su nacimiento modificaba derechos de voto y sucesión que durante cinco años habían sido administrados bajo la premisa de que Sebastián no tenía descendientes.

Eso significaba revisar documentos.

Transferencias.

Autorizaciones.

Y una operación realizada cuatro años atrás.

Una participación importante había sido transferida a Montes Alcázar Strategic Holdings.

Sebastián aseguró no haber aprobado la versión final del acuerdo.

Su firma aparecía igualmente.

—Necesitamos los originales —dije.

Él me miró sorprendido.

—¿No vas a decir “te lo advertí”?

—Hace cinco años no sabía nada de esto.

Entonces mi teléfono sonó.

Era mi madre.

No hablábamos mucho desde que me había marchado.

—Lucía —dijo sin saludar—. Acabo de enterarme de que volviste.

—¿Quién te lo dijo?

Silencio.

—Mamá.

—Sebastián.

Lo miré.

Él negó inmediatamente.

—Yo no la llamé.

Mi madre empezó a llorar.

—Tienes que sacar a los niños de esa ciudad.

Me levanté.

—¿Por qué?

—Porque Valeria sabe que son de Sebastián.

Se me heló la sangre.

—¿Cómo lo sabes?

Mi madre tardó varios segundos.

—Porque me pagó hace cinco años para averiguarlo.

No pude hablar.

Sebastián se quedó completamente quieto.

—¿Qué hiciste?

—Nada contra los niños —sollozó—. Te lo juro. Solo le confirmé que habías salido del país embarazada.

—¿Por cuánto?

—Lucía…

—¿Por cuánto me vendiste?

Entonces dijo una cifra.

No era enorme.

Eso lo hizo peor.

Mi propia madre había vendido mi secreto por una cantidad que ahora gastaba mi empresa en una semana.

—¿Qué más le dijiste?

—Nada.

—No te creo.

—Ella solo quería saber una cosa.

—¿Cuál?

Mi madre respiró temblorosamente.

—Si el médico había confirmado que eran tres.

Miré a Sebastián.

Él parecía tan confundido como yo.

—¿Por qué le importaba que fueran trillizos?

Mi madre comenzó a llorar todavía más.

—Porque no era la primera vez que había tres bebés en la familia Alcázar.

Sebastián palideció.

—¿Qué?

Mi madre susurró:

—Pregúntale a tu padre qué ocurrió treinta y cuatro años atrás.

Sebastián dejó caer la carpeta.

Él tenía treinta y cuatro años.

Mi madre continuó:

—Sebastián no nació solo.

Y entonces comprendí que Valeria quizá no había regresado cinco años atrás únicamente por mi exmarido.

Había regresado porque conocía un secreto sobre su nacimiento que ni siquiera él sabía.

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