PARTE 2: EL OTRO FUNERAL

La inicial me dejó sin aire.

S. Pierce.

Mi apellido de casada era Pierce.

Pero mi nombre era Claire.

No empezaba con S.

Leí el correo tres veces mientras la grúa avanzaba delante de mí.

Servicio programado para S. Pierce.

Fecha: dos días después.

Había una dirección.

Una funeraria privada a treinta minutos de nuestra casa.

Y un depósito ya pagado.

Llamé a Megan otra vez.

—¿Estás sola?

—Sí. Cerré todo. Claire, me estás asustando.

—¿Mamá está contigo?

—No. Dijo que iba a casa de Carolyn.

Sentí un escalofrío.

Mi suegra.

La misma mujer a cuya casa acababa de mandar mi coche.

—No salgas. Voy a llamar a la policía.

Esta vez sí lo hice.

Conté exactamente lo que había escuchado.

No afirmé saber qué había hecho Logan.

Dije que había oído una conversación sobre los frenos, que temía que un vehículo hubiera sido manipulado y que existía un correo extraño relacionado con una funeraria.

La policía me indicó que no tocara el coche.

Cuando llegué a casa de Carolyn, dos patrullas ya estaban allí.

Carolyn estaba en la entrada mirando mi automóvil sobre la plataforma.

—¿Qué demonios ocurre?

No tuve tiempo de responder.

Mi madre salió detrás de ella.

—Claire.

Me quedé helada.

—¿Qué haces aquí?

—Carolyn me llamó esta mañana.

Miré a mi suegra.

Ella palideció.

—Logan dijo que quería hablar con ambas familias sobre la separación.

Un agente pidió que todos permaneciéramos apartados mientras un técnico revisaba el vehículo.

Yo esperaba sentir alivio.

En cambio, algo me incomodaba.

Logan había dicho:

“Solo asegúrate de que ella conduzca esta noche.”

¿Ella?

Yo había asumido que hablaba de mí.

Pero el correo decía S. Pierce.

Entonces recordé algo.

El coche que yo conducía no estaba registrado únicamente a mi nombre.

Había pertenecido originalmente a la hermana de Logan.

Samantha Pierce.

Samantha había muerto seis años antes.

El vehículo pasó después a Logan y finalmente quedó conmigo.

Pero ¿por qué programar un funeral utilizando el nombre de una mujer muerta?

El técnico llamó a uno de los agentes.

Hablaron en voz baja.

Después se acercaron.

—Señora Pierce, no conduzca este vehículo.

Mi madre se tapó la boca.

No necesitaba más detalles.

Había suficiente preocupación para inmovilizarlo y continuar la investigación.

Entonces apareció Logan.

Su camioneta frenó frente a la casa.

Bajó furioso.

—¿Qué estás haciendo con mi coche?

—Es mi coche.

Su mirada fue directamente hacia los policías.

El color desapareció de su rostro.

—¿Qué les dijiste?

—La verdad.

—¿Qué verdad?

No respondí.

Quería escuchar qué versión inventaría sin saber cuánto había oído.

Entonces Logan vio a Carolyn.

—Mamá, entra.

—No.

Fue la primera vez que escuché a Carolyn desobedecer a su hijo sin discutir.

—Quiero saber por qué hay una funeraria preparando un servicio a nombre de Samantha.

Logan quedó completamente inmóvil.

Eso fue peor que cualquier respuesta.

Carolyn avanzó hacia él.

—Tu hermana lleva seis años muerta.

—No sé de qué hablas.

Saqué el teléfono.

Le mostré el correo.

No se lo entregué.

Logan apenas vio el asunto y su expresión cambió.

—Eso no era para ti.

Mi corazón golpeó una vez.

Fuerte.

—Entonces ¿para quién era?

No respondió.

Los agentes separaron a Logan de nosotros para hablar con él.

Yo aproveché para llamar a la funeraria.

No pedí información privada que no pudieran darme.

Solo expliqué que había recibido por error una confirmación vinculada a mi correo y quería reportarlo.

La mujer al teléfono revisó el número de referencia.

Después guardó silencio.

—Señora, este servicio fue cancelado esta mañana.

—¿Quién lo canceló?

—No puedo facilitarle esa información.

—¿Puede decirme cuándo se reservó?

—Hace cuatro meses.

Cuatro meses.

Logan y yo todavía vivíamos juntos.

—¿Y el nombre era Samantha Pierce?

Otra pausa.

—La inicial que usted recibió no corresponde al nombre de la persona fallecida.

Sentí frío.

—¿Entonces qué significa S?

—“Servicio”.

Había interpretado mal el correo.

S. Pierce no era una persona.

Era una referencia interna.

—¿A nombre de quién estaba el servicio?

—No puedo decírselo.

Colgué.

La policía ya estaba revisando la conversación que yo había escuchado y los documentos disponibles.

Pero una frase seguía molestándome.

“Nos vemos en el funeral de tu hermana.”

No había dicho mi hermana.

Había dicho tu hermana.

Logan estaba hablando con alguien cuya hermana esperaba ver muerta.

Megan.

Eso significaba que la persona al otro lado del teléfono podía estar relacionada conmigo.

Mi teléfono vibró.

Megan.

Contesté inmediatamente.

—¿Estás bien?

—Sí, pero acaba de pasar algo raro.

—¿Qué?

—Alguien dejó unas llaves en mi buzón.

—No las toques.

—Claire… son las llaves de mamá.

Miré hacia mi madre.

Estaba a menos de cinco metros de mí.

—Mamá está conmigo.

—Entonces ¿por qué su llavero está aquí?

Mi madre escuchó.

Su mano fue automáticamente hacia el bolso.

Lo abrió.

Buscó.

Su rostro cambió.

—No están.

—¿Cuándo las viste por última vez?

—Esta mañana.

Carolyn habló detrás de nosotros.

—Cuando llegaste aquí las pusiste sobre la mesa.

Nos miramos.

Había alguien más en casa de Carolyn aquella mañana.

Logan.

Mi madre palideció.

Pero las llaves no eran lo único que faltaba.

También había desaparecido la llave del coche de Megan.

Llamé otra vez.

—Megan, aléjate de tu coche.

—Estoy dentro de casa.

—Quédate ahí.

Los agentes enviaron una patrulla.

Entonces uno de ellos regresó desde la grúa con una bolsa de evidencia.

Habían encontrado algo debajo del asiento del conductor de mi coche.

No era una herramienta.

Era un sobre.

Mi nombre estaba escrito delante.

Dentro había copias de una póliza de seguro.

La asegurada era yo.

Pero Logan no era el único beneficiario.

Había un segundo nombre.

Natalie Brooks.

La amiga con quien llevaba semanas quedándome.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Eso no tiene sentido.

Natalie me había ayudado a salir de casa.

Me había dado una habitación.

Había estado conmigo durante toda la separación.

Entonces recordé dónde estaba esa mañana.

Natalie había dicho que tenía una cita.

No me había explicado con quién.

La policía intentó localizarla.

No respondió.

Carolyn miró la póliza.

—Conozco ese apellido.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Brooks.

Fue hacia su estudio y regresó con una caja de fotografías antiguas.

Sacó una imagen de hacía casi veinte años.

Logan era adolescente.

Samantha estaba junto a él.

Y detrás aparecía una muchacha de unos quince años.

Carolyn señaló su rostro.

—Natalie Brooks.

Se me helaron las manos.

—¿Logan conocía a Natalie?

—Claro.

Carolyn me miró confundida.

—Era la mejor amiga de Samantha.

Yo llevaba cinco años conociendo a Natalie.

Ella siempre había asegurado que conoció a Logan después de nuestra boda.

Otra mentira.

Entonces llegó una llamada de Megan.

No lloraba.

Eso me asustó todavía más.

—Claire, la policía encontró algo en mi coche.

—¿Qué?

—Una carpeta.

Cerré los ojos.

—¿Qué hay dentro?

—Documentos sobre Samantha.

La hermana muerta de Logan.

Megan continuó:

—Y una fotografía de Natalie con ella.

Miré la misma fotografía que Carolyn sostenía.

—Hay algo escrito detrás —dijo Megan.

—Léelo.

Escuché cómo daba vuelta a la imagen.

Luego silencio.

—Megan.

—Dice: “Si Samantha habla, todos perdemos”.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién lo escribió?

—No sé.

Entonces alguien tocó la puerta de Megan.

Tres golpes.

—No abras.

—Espera.

Escuché pasos.

Después su voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Claire…

—¿Qué?

—Es Natalie.

Se me detuvo el corazón.

—Aléjate de la puerta.

Pero entonces escuché a Natalie gritar desde afuera.

No estaba amenazando a Megan.

Estaba llorando.

—¡Megan, llama a Claire! ¡Dile que no confíe en Carolyn!

Todos giramos hacia mi suegra.

Carolyn se quedó completamente inmóvil.

Desde el teléfono, Natalie volvió a gritar:

—¡Samantha no murió en un accidente!

Carolyn cerró los ojos.

Y por primera vez entendí que los frenos de mi coche quizá no eran el comienzo de aquella historia.

Eran la repetición de algo que había ocurrido seis años antes.

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