Vanessa se quedó inmóvil al ver su rostro ocupando toda la pantalla.
Sebastian avanzó hacia mí.
—Apágalo.
No levanté la voz.
—¿Por qué?
—Este no es el lugar.
Miré las trescientas personas que acababan de premiarlo por su liderazgo.
—Me parece el lugar perfecto.
Pasé a la siguiente fotografía.
Sebastian entrando al apartamento de Vanessa.
Fecha.
11:43 p. m.
Otra.
Saliendo a las 6:18 de la mañana.
Vanessa intentó marcharse.
—Señorita Blair.
Se detuvo.
—Todavía no llegamos a su mejor noticia.
Sebastian comprendió inmediatamente.
—Amelia, basta.
Lo miré.
—¿Doce semanas te parecen suficientes?
Vanessa perdió el color.
Los murmullos explotaron.
Sebastian me agarró del brazo.
—Dame el micrófono.
Me liberé.
—No vuelvas a tocarme.
Un fotógrafo levantó su cámara.
Después otro.
Sebastian lo vio.
Y finalmente entendió que ya no podía controlar la escena.
Vanessa habló con voz temblorosa.
—Estoy embarazada, sí.
Se llevó una mano al vientre.
—Pero un bebé no tiene culpa de nada.
—Estoy de acuerdo.
La miré directamente.
—Por eso jamás utilizaría a un niño para humillarte.
Sebastian pareció respirar.
Demasiado pronto.
—Lo que sí voy a mostrar —continué— es quién pagó el apartamento donde ustedes se encontraban.
La pantalla cambió.
Factura mensual.
Cole Global Group.
Departamento ejecutivo de Relaciones Públicas.
La expresión de varios miembros de la junta cambió inmediatamente.
Sebastian dejó de parecer un marido descubierto.
Ahora parecía un presidente atrapado.
—Ese apartamento forma parte del paquete corporativo —dijo.
—Correcto.
Pasé otra página.
Viaje a París.
Dos billetes en primera clase.
Suite presidencial.
Joyería.
Restaurantes.
Todo cargado como “desarrollo estratégico de clientes”.
Uno de los directores se puso de pie.
—Sebastian, ¿qué demonios es esto?
Él no respondió.
Yo sí.
—Eso mismo me pregunté.
Vanessa comenzó a llorar.
—Él me dijo que estaba separado.
La miré.
—¿Separado?
—Dijo que vuestro matrimonio solo existía para la imagen pública.
Sebastian giró hacia ella.
—Vanessa.
—¡Eso me dijiste!
Su máscara terminó de romperse.
—¡Me dijiste que después de la gala anunciarías el divorcio!
El salón quedó en absoluto silencio.
Yo asentí.
—Gracias.
Dejé el micrófono sobre el soporte.
Sebastian me siguió fuera de la pista.
—Amelia, espera.
—No.
—Podemos resolver esto en casa.
Me giré.
—Ya no tenemos una casa.
Por primera vez pareció confundido.
Saqué un sobre del bolso.
—Mi abogado presentó la demanda esta tarde.
Su rostro se endureció.
—¿Divorcio?
—Sí.
—Estás actuando emocionalmente.
Casi me reí.
—Sebastian, llevo tres meses investigando.
Aquello lo detuvo.
—¿Tres meses?
—Vanessa no fue tan cuidadosa como creía.
Su mirada cambió.
Entonces comprendió que las fotografías de aquella noche eran solo una pequeña parte de lo que tenía.
A la mañana siguiente, Cole Global convocó una reunión extraordinaria.
Sebastian llegó convencido de que podría contener el escándalo.
Yo ya estaba sentada dentro.
Vanessa también.
Y delante de cada director había una carpeta.
El presidente del comité de auditoría abrió la primera página.
—Tenemos gastos personales registrados como gastos corporativos.
Sebastian me fulminó con la mirada.
—Esto es una disputa matrimonial.
—Ya no —respondió el auditor.
—Ahora es una investigación interna.
Vanessa empezó a temblar.
Sebastian perdió temporalmente sus facultades ejecutivas mientras revisaban las cuentas.
El premio que había sostenido orgullosamente la noche anterior dejó de importar.
Pero todavía quedaba algo que nadie en aquella sala sabía.
Ni siquiera Sebastian.
Durante siete años, todos me habían presentado simplemente como Amelia Cole.
La esposa elegante.
La mujer que sonreía en las galas.
La que aparecía junto al presidente y después desaparecía de las fotografías empresariales.
Pero antes de casarme yo había sido Amelia Whitmore.
Y mi padre había fundado Whitmore Capital.
El fondo que años atrás había salvado a Cole Global durante su peor crisis.
Sebastian sabía eso.
Lo que nunca había preguntado era qué ocurrió con aquellas acciones después de la muerte de mi padre.
El abogado de la junta abrió el último documento.
—Hay una cuestión adicional sobre la estructura accionarial.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Qué cuestión?
El abogado me miró.
—La señora Cole ha solicitado ejercer los derechos de voto correspondientes al fideicomiso Whitmore.
Sebastian se volvió lentamente hacia mí.
—¿Qué fideicomiso?
Por primera vez aquella mañana sonreí.
El abogado respondió por mí.
—El que actualmente controla el veintiocho por ciento de Cole Global Group.
Nadie habló.
Sebastian me miró como si estuviera viendo a una desconocida.
Durante años había creído que yo vivía dentro del mundo que él había construido.
La verdad era mucho más incómoda.
Una parte enorme del mundo de Sebastian había pertenecido silenciosamente a mi familia todo ese tiempo.
Y mientras él estaba ocupado escondiendo a Vanessa…
yo acababa de decidir qué hacer con ella.