PARTE 2: EL ÚLTIMO DIBUJO

Las puertas del elevador se abrieron.

Esperaba encontrar una oficina llena de abogados.

En cambio, vi a un hombre solo frente a una ventana enorme.

Emiliano Varela se volvió.

Durante unos segundos ninguno habló.

Quince años habían cambiado casi todo.

Ya no era aquel niño flaco escondido detrás de la fonda.

Vestía un traje oscuro.

Su nombre estaba en edificios, revistas y empresas que valían miles de millones.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Entonces vio el cuaderno entre mis manos.

—¿Sofía?

Pronunció mi nombre como si hubiera pasado quince años practicándolo.

Asentí.

Emiliano se acercó.

—Pensé que nunca te encontraría.

—¿Por qué ofreciste ciento ochenta millones por un dibujo?

Él sonrió con tristeza.

—Nunca ofrecí ese dinero por el dibujo.

Señaló una mesa.

Sobre ella había una caja de cristal.

Dentro estaba otro sol.

Uno de los que yo le había regalado.

—Conservaste uno.

—Conservé todos los que pude.

Emiliano explicó lo ocurrido después de desaparecer.

Una trabajadora social lo había encontrado.

Meses después terminó bajo la tutela de una familia en Monterrey.

Estudió.

Consiguió una beca.

Años después fundó su primera empresa.

Pero nunca olvidó la fonda.

—Volví cuando tenía dieciocho años.

Sentí un nudo en la garganta.

—Mi papá todavía vivía.

—Lo sé.

Me quedé inmóvil.

—Hablaste con él.

Emiliano asintió.

—Le pregunté por ti.

Mi padre le había dicho que yo estudiaba fuera.

Eso no era cierto.

A los dieciocho seguía viviendo en casa.

—¿Por qué mentiría?

—Eso mismo me pregunté durante años.

Emiliano abrió una carpeta.

Había recibos.

Cartas.

Fotografías.

Y comprobantes de transferencias.

—Cuando mi primera empresa empezó a ganar dinero, envié ayuda a tu padre.

Lo miré.

—Nosotros nunca recibimos nada.

—Lo sé ahora.

Durante nueve años, una fundación vinculada a Emiliano había enviado pagos destinados a mi educación y posteriormente a Lucía.

Más de tres millones de pesos.

Yo jamás había visto un centavo.

—¿Quién los recibió?

—Al principio, tu padre.

Sentí que aquello me atravesaba.

Pero Emiliano negó inmediatamente.

—No saques conclusiones.

Me mostró los movimientos.

Mi padre había retirado únicamente dos pagos.

Ambos coincidían con tratamientos médicos de mi madre antes de morir.

Después dejó de tocar la cuenta.

Sin embargo, alguien continuó retirando dinero incluso después de su muerte.

—Entonces usaron su identidad.

—Eso parece.

El último retiro había ocurrido hacía seis meses.

Quien lo realizó presentó documentos que afirmaban representar legalmente a Lucía y a mí.

—¿Quién?

Emiliano giró una hoja.

MARTA SALCEDO.

Reconocí el nombre.

Mi tía.

La hermana menor de mi padre.

La mujer que, después de su muerte, nos había dicho que la fonda estaba tan endeudada que debía venderse inmediatamente.

—Ella vendió la fonda.

—No exactamente.

Emiliano colocó otro documento frente a mí.

La propiedad nunca había sido vendida.

Había sido transferida a una sociedad.

AMANECER PATRIMONIAL S.A.

—¿Quién es el dueño?

—Legalmente, tú.

Me reí porque aquello parecía absurdo.

—Yo limpio una terminal de autobuses a las cuatro de la mañana.

—Y, según estos documentos, eres propietaria de un inmueble comercial en Guadalajara desde los diecinueve años.

La fecha era tres días después de la muerte de mi padre.

Mi firma aparecía en el documento.

No era mía.

—¿Marta hizo esto?

—No puedo afirmarlo todavía.

Emiliano señaló el expediente.

—Su nombre aparece como administradora. Eso demuestra acceso, no necesariamente quién falsificó cada documento.

Aquella cautela me tranquilizó más que cualquier promesa.

—¿Y qué tiene esto que ver con los ciento ochenta millones?

Emiliano abrió otra carpeta.

—Mucho.

Cuando tenía diecisiete años, desarrolló el primer prototipo del sistema que posteriormente se convertiría en la base de Varela Tecnología.

No tenía dinero para registrar nada.

Tampoco podía conseguir un préstamo.

Entonces alguien invirtió en él.

—¿Quién?

Emiliano me miró.

—Tu padre.

Me quedé sin palabras.

—Mi papá apenas podía mantener abierta la fonda.

—Vendió un terreno que había heredado.

Mi padre había entregado doscientos mil pesos.

A cambio recibió una participación del doce por ciento en aquella pequeña empresa.

—Cuando Varela Tecnología creció, intenté recomprarla.

—¿Y él aceptó?

—Nunca.

Emiliano sacó una carta.

Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.

Ese porcentaje no es mío.

Pertenece a la niña que alimentó a un desconocido cuando ella tampoco tenía demasiado.

Tuve que dejar de leer.

Las lágrimas me nublaron la vista.

—¿Mi padre sabía?

—Todo.

El doce por ciento había sido colocado en un fideicomiso.

Pero existía una condición.

No podía transferirse hasta que yo apareciera personalmente con el último dibujo.

—Por eso la recompensa.

—Era la única manera que encontré de hacer que el dibujo apareciera sin publicar tu nombre.

—Pero ciento ochenta millones…

—La recompensa era un filtro.

Sonrió débilmente.

—Sabía que la Sofía que yo recordaba probablemente no aparecería por el dinero.

—Eso fue bastante arrogante.

Por primera vez, se rio.

—Sí.

Después su expresión volvió a endurecerse.

—También necesitaba obligar a otra persona a moverse.

—¿A Marta?

—A quien estuviera utilizando los documentos de tu padre.

La campaña nacional había funcionado.

Tres días después de anunciar la recompensa, alguien intentó vender la antigua fonda.

Dos días después, solicitaron liquidar Amanecer Patrimonial.

Y aquella misma mañana alguien había intentado acceder al fideicomiso que contenía mis acciones.

—¿Cuánto vale ese doce por ciento?

Emiliano guardó silencio.

—No quiero darte una cifra hasta que haya una valoración independiente.

—Emiliano.

—Probablemente mucho más que la recompensa.

Me senté.

Pero había algo que seguía sin encajar.

—¿Por qué mi papá nunca me contó nada?

Emiliano sacó el último sobre.

—Porque dejó instrucciones.

En el frente decía:

PARA SOFÍA. SOLO CUANDO REGRESE EL SOL.

Lo abrí.

Dentro había otro dibujo.

Un sol detrás de un cerro.

Pero no lo había hecho yo.

Lo había dibujado mi padre.

Al reverso escribió:

Sofía: si algún día este dibujo vuelve a ti, no preguntes primero cuánto vale la empresa. Pregunta quién era el niño antes de llamarse Emiliano Varela.

Levanté lentamente la mirada.

Emiliano había palidecido.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé.

—¿Nunca conociste tu apellido original?

Negó.

Sus documentos anteriores al incendio estaban incompletos.

La familia que posteriormente lo acogió había conservado el nombre Emiliano, pero Varela provenía de ellos.

Entonces encontré algo dentro del sobre.

Una fotografía.

Mi padre aparecía frente a la fonda muchos años antes de que yo conociera a Emiliano.

A su lado había una pareja joven.

Entre ellos estaba un niño de unos tres años.

Emiliano tomó la fotografía.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Ese soy yo.

En el reverso había una fecha.

Siete años antes de aquella noche de lluvia.

Y debajo, la letra de mi padre:

Si algo les ocurre, yo sabré dónde encontrar al niño.

Miré a Emiliano.

—Mi papá te conocía.

—Parece que sí.

—Antes que yo.

Asintió lentamente.

Entonces vi la última línea.

Era un nombre.

El nombre del hombre que sostenía al pequeño Emiliano en aquella fotografía.

Lo reconocí.

Lo había visto cientos de veces escrito en viejos recibos de la fonda.

Era el socio que, según mi padre, le había robado todos sus ahorros antes de desaparecer.

Pero Emiliano leyó algo diferente.

Leyó su apellido.

Y comprendió antes que yo lo que significaba.

—Sofía…

Levantó los ojos.

—Ese hombre era mi padre.

Volví a mirar la fotografía.

Emiliano respiró profundamente.

—Y si tu padre sabía quién era yo desde antes del incendio, entonces nunca fue casualidad que terminara detrás de vuestra fonda aquella noche.

El dibujo del sol no había iniciado nuestra historia.

Había sido la señal que alguien llevaba años esperando que volviéramos a encontrar.

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