PARTE 2: CUARENTA Y TRES DÍAS

Beatriz dio otro paso atrás.

—Esto es absurdo.

La fiscal no levantó la voz.

—Entonces será sencillo aclararlo.

Álvaro seguía mirando a los cuatro niños.

Parecía incapaz de decidir qué pregunta hacer primero.

—Valeria… ¿son realmente míos?

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Los cuatro?

—Los cuatro.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Valeria no respondió inmediatamente.

Sacó una carpeta negra de su maletín.

—Te lo dije.

Álvaro palideció.

—No.

—Te envié los informes del embarazo, las ecografías y tres cartas certificadas.

—Nunca recibí nada.

—Lo sé.

Por primera vez, Valeria miró directamente a Beatriz.

La madre de Álvaro apretó los labios.

La fiscal abrió la carpeta roja.

—Hace siete años, varias comunicaciones dirigidas al entonces capitán Valcárcel fueron interceptadas antes de llegar a su destino.

Álvaro se volvió hacia su madre.

—¿Interceptadas por quién?

Beatriz permaneció en silencio.

La fiscal colocó varias copias sobre una mesa.

Había registros de recepción.

Una secretaria del antiguo despacho familiar había declarado que Beatriz ordenaba que toda correspondencia procedente de Valeria fuera enviada a su residencia privada.

—Mamá.

—Lo hice por ti.

Álvaro parecía no haberla oído correctamente.

—¿Qué?

Beatriz finalmente perdió la calma.

—¡Tenías treinta años! ¡Estabas a punto de conseguir Bruselas! ¡Cuatro hijos habrían destruido tu carrera!

El salón quedó completamente inmóvil.

Álvaro retrocedió.

—¿Tú sabías que eran cuatro?

Beatriz cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Ya lo había confesado.

Valeria no lloró.

Había esperado siete años para escuchar aquellas palabras.

—¿Desde cuándo? —preguntó Álvaro.

Beatriz no respondió.

La fiscal sí.

—Desde antes del divorcio.

Álvaro se dejó caer en una silla.

Inés se quitó lentamente el anillo que todavía no había llegado a ponerse.

—¿Todo esto ocurrió mientras estabais casados?

Nadie necesitó responder.

Entonces Hugo preguntó:

—Mamá, ¿podemos ir a otra habitación?

Valeria se agachó.

—Sí.

Una agente acompañó a los cuatro niños a una sala contigua con comida y televisión.

Valeria esperó hasta que la puerta se cerró.

Solo entonces abrió su carpeta.

—Ahora podemos hablar.

Sacó cuatro certificados de nacimiento.

Después, pruebas genéticas realizadas bajo cadena de custodia semanas atrás por orden judicial.

Probabilidad de paternidad:

superior al 99,99 % para los cuatro niños.

Álvaro apenas pudo sostener las hojas.

—¿Por qué hiciste las pruebas antes de venir?

—Porque sabía que volverías a decir que era imposible.

Él bajó la cabeza.

Aquello dolió más que cualquier reproche.

—Valeria…

—Todavía no hemos llegado a la razón por la que está aquí la fiscal.

Beatriz levantó la mirada.

La carpeta negra volvió a abrirse.

—Cuarenta y tres días después del parto —dijo Valeria— alguien presentó este documento.

La fiscal colocó una copia sobre la mesa.

Era una declaración administrativa relacionada con beneficios familiares y derechos patrimoniales vinculados al antiguo Fondo Valcárcel.

En ella se afirmaba que el matrimonio entre Álvaro y Valeria había terminado sin descendencia.

Abajo aparecía la firma de Álvaro.

Él la miró.

—Yo nunca firmé esto.

—Eso dije yo.

—La firma parece mía.

—Porque utilizaron una firma auténtica tomada de otro documento.

La investigación pericial había detectado diferencias en la impresión, el escaneado y la composición digital.

La firma había sido insertada.

—¿Quién presentó esto?

La fiscal miró a Beatriz.

—Fue enviado desde el despacho que administraba sus asuntos familiares.

Álvaro se levantó de golpe.

—¿Para qué?

Valeria sacó los estatutos del fondo.

El abuelo de Álvaro había creado décadas atrás un patrimonio familiar compuesto por terrenos, participaciones empresariales y propiedades.

Mientras Álvaro no tuviera descendientes reconocidos, Beatriz conservaba amplias facultades de administración sobre una parte.

Pero al nacer el primer hijo biológico de Álvaro, esas facultades debían revisarse.

Con cuatro hijos, la distribución cambiaba todavía más.

—¿Cuánto? —preguntó Inés.

La fiscal respondió:

—Estamos hablando de activos valorados actualmente en más de treinta millones de euros.

Álvaro miró a su madre.

—No fue por mi carrera.

Beatriz permaneció callada.

—Fue por dinero.

—¡No!

Golpeó la mesa con la palma.

—Yo protegí todo lo que tu abuelo construyó.

—¿Protegiéndolo de mis hijos?

—¡De ella!

Señaló a Valeria.

—No sabíamos quién era realmente.

Valeria soltó una risa breve.

—Sabían perfectamente quién era.

Aquella frase cambió el rostro de Beatriz.

La fiscal lo notó.

—Explíquese, comandante.

Valeria sacó otro documento.

Su padre, Antonio Serrano, había sido auditor militar antes de morir.

Diez años atrás había participado en una revisión de contratos vinculados a empresas controladas indirectamente por la familia Valcárcel.

Había detectado irregularidades.

Facturas duplicadas.

Consultorías inexistentes.

Transferencias hacia sociedades privadas.

—Mi padre murió antes de terminar el informe.

Álvaro frunció el ceño.

—Nunca me contaste esto.

—Porque yo tampoco lo sabía.

Valeria había encontrado los documentos seis meses antes, después de recibir una caja almacenada durante años por un antiguo compañero de su padre.

Dentro estaba también la razón por la que había pedido reabrir judicialmente el expediente.

Una empresa:

Sierra Norte Consultores.

Había recibido millones durante casi dos décadas.

Su administradora original era Beatriz Valcárcel.

—Eso es mentira —dijo ella.

—No necesariamente implica un delito —intervino la fiscal—. Eso es precisamente lo que estamos investigando.

Valeria pasó otra página.

—Pero esto sí necesita explicación.

Cuarenta y tres días después del nacimiento de los niños, el mismo día en que alguien declaró que Álvaro no tenía descendencia, 2,8 millones de euros salieron del Fondo Valcárcel.

Destino:

Sierra Norte Consultores.

Álvaro cerró los ojos.

—Mamá…

Beatriz se sentó.

De repente parecía mucho mayor.

—Yo no hice esa transferencia.

La fiscal se inclinó ligeramente.

—Pero presentó la declaración.

Beatriz no respondió.

—¿Quién preparó el documento?

Silencio.

—Doña Beatriz.

—Mi hermano.

Álvaro levantó la cabeza.

—¿El tío Rafael?

Beatriz comenzó a llorar.

—Él administraba las sociedades. Me dijo que si aparecían cuatro herederos, se abriría automáticamente una auditoría completa del fondo.

—¿Y tú ocultaste a mis hijos para impedirla?

—Quería darte tiempo.

—Siete años.

Álvaro pronunció aquellas palabras casi sin voz.

—Me robaste siete años.

Valeria lo miró.

—Ella interceptó las cartas.

Él levantó la vista.

—Pero tú decidiste no creerme antes de que pudiera interceptar nada.

Álvaro no tuvo respuesta.

Esa era la parte que Beatriz jamás podría cargar por él.

Había sido su madre quien escondió la verdad.

Pero había sido Álvaro quien llamó mentirosa a su esposa.

Quien se marchó a Bruselas.

Quien firmó el divorcio.

Inés tomó su bolso.

—Creo que debería irme.

Álvaro se levantó.

—Inés…

—No.

Ella dejó la caja del anillo sobre la mesa.

—No puedo comprometerme contigo esta noche mientras acabas de descubrir que tienes cuatro hijos.

Y salió.

Álvaro ni siquiera intentó detenerla.

La fiscal regresó al asunto principal.

—Necesitamos localizar a Rafael Valcárcel.

Beatriz negó lentamente.

—No podrán preguntarle nada.

—¿Por qué?

—Murió hace tres años.

La fiscal no mostró sorpresa.

—Lo sabemos.

Sacó otra hoja.

—El problema es que Sierra Norte siguió autorizando operaciones con sus credenciales después de su muerte.

Beatriz levantó la cabeza.

Alguien había continuado utilizando la identidad corporativa de Rafael.

No significaba que estuviera vivo.

Significaba que otra persona poseía sus claves, certificados y archivos.

—¿Quién tenía acceso? —preguntó Álvaro.

Beatriz guardó silencio.

Valeria abrió la última sección de su carpeta.

—Eso es lo que intenté averiguar.

Encontró diecisiete operaciones posteriores a la muerte de Rafael.

Todas beneficiaban a la misma sociedad.

IBERIA DEFENSE ADVISORY.

Álvaro conocía el nombre.

—Esa empresa participó en mi traslado a Bruselas.

Valeria asintió.

—También recomendó tu ascenso dos años después.

Él palideció.

Su brillante carrera comenzaba a mezclarse con el mismo entramado que había separado a su familia.

—¿Quién controla Iberia Defense?

La fiscal colocó el registro sobre la mesa.

La sociedad estaba administrada mediante una estructura fiduciaria.

Pero cuarenta y ocho horas antes, una orden judicial había permitido identificar al beneficiario final.

La fiscal miró primero a Valeria.

Después a Álvaro.

—Aquí aparece su nombre.

Álvaro se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—Coincidimos.

La sociedad había sido constituida utilizando documentos personales suyos mientras estaba destinado en Bruselas.

Su firma aparecía en varios formularios.

—Nunca he visto esto.

—Por eso no está detenido, coronel. Estamos investigando una posible suplantación documental.

Beatriz empezó a temblar.

Valeria la observó.

—Usted sabe quién lo hizo.

—No.

—Sí lo sabe.

—¡No!

Entonces desde la sala contigua apareció Leo.

Llevaba algo en la mano.

—Mamá.

Valeria se acercó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—Encontré esto debajo del sofá.

Era una fotografía vieja.

Probablemente había caído de alguna caja durante el registro de la casa.

Álvaro la tomó.

En ella aparecían Beatriz, Rafael y otro hombre frente a un edificio de Bruselas.

En el reverso había una fecha.

Siete años atrás.

Exactamente dos días antes de que Álvaro aceptara su destino europeo.

Pero fue el cuarto rostro lo que hizo que Valeria dejara de respirar.

Conocía a aquel hombre.

Había visto su fotografía cientos de veces durante su infancia.

—Ese es mi padre.

Álvaro la miró.

—Dijiste que Antonio murió hace diez años.

—Murió hace diez años.

La fiscal tomó la fotografía.

—Entonces esta fecha no puede ser correcta.

Valeria examinó el original.

—No digo que la foto fuera tomada ese día.

Señaló el sello del laboratorio fotográfico.

—Digo que alguien imprimió una fotografía antigua dos días antes de que Álvaro se marchara a Bruselas.

La fiscal giró la imagen.

Debajo de la fecha había una anotación escrita a mano:

SI VALERIA TIENE HIJOS CON ÁLVARO, ABRIR EL EXPEDIENTE SERRANO.

Beatriz se cubrió la boca.

—¿Qué expediente? —preguntó Álvaro.

Valeria miró a su exsuegra.

Beatriz ya estaba llorando.

—Dígalo.

—No puedo.

—Durante siete años decidió por nosotros. Esta noche se acabó.

Beatriz cerró los ojos.

—Tu padre descubrió algo antes de morir.

—¿Qué?

Beatriz miró a los cuatro niños que observaban desde la puerta.

Después a Álvaro.

—Que el Fondo Valcárcel nunca perteneció únicamente a nuestra familia.

La fiscal abrió la carpeta roja.

—¿A quién más pertenecía?

Beatriz señaló a Valeria.

—A los Serrano.

Nadie habló.

—Antonio descubrió que el padre de mi marido había utilizado capital de la familia Serrano para crear parte del fondo. Hubo un acuerdo secreto: si algún día ambas ramas familiares tenían descendientes comunes, una auditoría debía reconstruir todo el patrimonio desde su origen.

Valeria comprendió.

—Mis hijos.

Beatriz asintió.

—Los cuatro.

Álvaro retrocedió.

—Entonces no ocultaste su nacimiento solo para conservar el dinero.

—No.

—¿Qué más estabas protegiendo?

Beatriz miró la carpeta que Valeria sostenía.

—El documento fechado cuarenta y tres días después del parto no fue el primero que falsificaron.

La fiscal frunció el ceño.

—¿Cuál fue el primero?

Beatriz tardó varios segundos en responder.

—El documento que convirtió a Álvaro Valcárcel en heredero del fondo.

Álvaro palideció.

—¿Qué estás diciendo?

Su madre levantó los ojos hacia él.

—Que antes de investigar lo que le hicieron a tus cuatro hijos…

Su voz se quebró.

—…tendrán que investigar por qué tu nombre nunca debió aparecer como heredero de los Valcárcel.

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