PARTE 2: LA VERDADERA RAZÓN POR LA QUE VIVIAN QUERÍA A LILY

Julian no me siguió.

Al menos no inmediatamente.

Yo ya había llegado al ascensor cuando escuché pasos rápidos detrás de mí.

—Clara.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Julian metió una mano entre ellas.

—Tenemos que hablar.

—Acabamos de hacerlo.

—No sobre el divorcio.

Su expresión había cambiado.

—Sobre Lily.

Aquello consiguió detenerme.

—¿Qué pasa con ella?

Julian miró alrededor.

—No aquí.

—Entonces llama a mi abogada.

Presioné el botón.

Las puertas se cerraron entre nosotros.

Treinta minutos después recogí a Lily de la guardería.

Corrió hacia mí con una hoja de papel.

—¡Mamá!

Había dibujado tres personas.

Ella.

Yo.

Julian.

Pero había una cuarta figura al lado de su padre.

Cabello amarillo.

Vestido azul.

—¿Quién es?

Lily bajó la voz.

—La tía Vivian.

Sentí un peso en el pecho.

—¿Por qué la dibujaste?

—Porque dijo que pronto vamos a hacer muchas cosas juntas.

Me agaché.

—¿Cuándo te dijo eso?

—Ayer.

Ayer.

Julian me había dicho que estaba en una audiencia hasta las siete.

—¿Papá estaba contigo?

Lily negó.

—La tía Vivian vino sola.

Aquella noche llamé a mi abogada, Rebecca Sloan.

—Quiero saber si Vivian tiene algún papel relacionado con la custodia.

Rebecca guardó silencio.

—Curioso que preguntes.

—¿Por qué?

—Acabo de recibir la respuesta preliminar de los abogados de Julian.

—¿Ya?

—No está pidiendo custodia exclusiva.

Me sorprendió.

—Pero dijo que Lily viviría con él.

—Hay algo mucho más extraño.

Escuché papeles.

—Hace seis semanas se creó un fideicomiso educativo para Lily.

—Yo no autoricé ninguno.

—Julian tampoco figura como creador.

—¿Entonces quién?

—Vivian Shaw.

Me quedé helada.

El fideicomiso tenía 750.000 dólares.

Beneficiaria:

Lily Mercer.

Administradora provisional:

Vivian Shaw.

—¿Por qué una compañera de trabajo de mi marido pondría tres cuartos de millón en un fideicomiso para mi hija?

—Eso mismo quiero averiguar.

A la mañana siguiente Julian apareció en mi apartamento.

No llevaba traje.

Parecía no haber dormido.

—¿Sabías lo del fideicomiso?

Su reacción fue suficiente.

—¿Qué fideicomiso?

Le mostré el documento.

Lo leyó dos veces.

—Esto no tiene sentido.

—Vivian visitó a Lily ayer.

Julian levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Sola.

Sacó inmediatamente el teléfono.

—Voy a llamarla.

—No.

—Clara—

—Primero vas a contestarme.

Respiré profundamente.

—La noche del hotel.

Su mandíbula se tensó.

—Quiero la verdad.

Julian se sentó.

Durante varios segundos no habló.

—Vivian sufrió una crisis de ansiedad después de perder un caso.

—¿Y tú estabas duchándote?

—Había derramado café sobre mí.

—¿Por qué tenía tu teléfono?

—Lo estaba cargando en su habitación.

—¿Dormiste con ella?

—No.

Lo miré fijamente.

—¿Alguna vez?

—Nunca.

Quise creerlo.

Eso era lo peor.

Una parte de mí todavía quería hacerlo.

Entonces Julian añadió:

—Pero sí te oculté algo.

—¿Qué?

—Vivian no volvió al despacho hace tres años por casualidad.

Sentí frío.

—¿Por qué volvió?

—Por ti.

Me reí sin humor.

—Ni siquiera me conocía.

—Eso creía yo.

Julian abrió su portátil.

El expediente que había estado estudiando cuando le pedí el divorcio no era una solicitud normal para convertirla en socia.

Era una investigación interna.

Habían desaparecido documentos confidenciales.

Expedientes familiares.

Historiales de clientes.

Y Vivian aparecía en los registros de acceso.

—¿Desde cuándo investigas esto?

—Tres semanas.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque encontré tu nombre.

Giró la pantalla.

CLARA BENNETT.

Mi apellido de soltera.

Debajo aparecía otro nombre.

ELIZABETH BENNETT.

Mi madre.

Fallecida cuando yo tenía diecisiete años.

—¿Qué tiene que ver mi madre?

—Trabajó para Mercer & Hale.

Negué.

—Era contable.

—Eso te dijeron.

Julian abrió un documento de hacía veintisiete años.

Mi madre había sido investigadora financiera del despacho.

Había trabajado en un caso privado relacionado con adopciones ilegales y clínicas de fertilidad.

—¿Por qué Vivian tendría esto?

—No lo sé.

Entonces Rebecca llamó.

—Clara, encontramos de dónde salieron los 750.000 dólares.

Activé el altavoz.

—¿De dónde?

—De una cuenta creada hace cuatro años.

—¿A nombre de Vivian?

—No.

Pausa.

—A nombre de Lily.

Julian y yo nos miramos.

—Lily tenía semanas de vida hace cuatro años.

—Exactamente.

Rebecca continuó:

—La cuenta se abrió diecinueve días después de su nacimiento.

—¿Quién la abrió?

—Una sociedad llamada Shaw Family Holdings.

Julian palideció.

—La familia de Vivian.

—Sí.

Rebecca siguió:

—Pero eso no es lo más preocupante. El depósito original fue de cinco millones.

—¿Cinco millones?

—Durante cuatro años se hicieron transferencias periódicas. El fideicomiso de 750.000 es solo una parte.

—¿Por qué?

—Hay una condición vinculada a la cuenta.

—¿Cuál?

Escuché cómo Rebecca respiraba.

—Si el matrimonio entre Clara Bennett y Julian Mercer termina antes de que Lily cumpla cinco años, la administración completa del patrimonio pasa a Vivian Shaw.

Nadie habló.

Lily cumpliría cinco años en siete meses.

Julian se levantó.

—Voy a buscar a Vivian.

—Espera.

—¡Ha estado preparando nuestro divorcio!

—¿Cómo podría saber que yo te lo pediría?

La pregunta lo detuvo.

Entonces recordé algo.

Las cenas perdidas.

Los mensajes.

Las fotografías.

Las pequeñas insinuaciones.

Y aquella llamada de hacía tres años.

“Julian se está duchando.”

Vivian nunca había dicho explícitamente que estuvieran juntos.

Había dejado que yo completara la historia.

—Quería que desconfiara de ti.

Julian me miró.

—Durante años.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de la guardería.

“Señora Mercer, necesitamos confirmar si Lily será recogida hoy por la señora Vivian Shaw según la nueva autorización.”

Me puse de pie.

—¿Qué autorización?

Llamé inmediatamente.

La directora respondió nerviosa.

—Recibimos documentación firmada por el padre.

Julian arrebató el teléfono.

—Yo no firmé nada.

Silencio.

—Señor Mercer… la señora Shaw ya recogió a Lily hace veinte minutos.

Sentí que el mundo desaparecía.

Julian corrió hacia la puerta.

Yo ya estaba llamando a la policía cuando llegó otro mensaje.

Esta vez directamente de Vivian.

Una fotografía.

Lily estaba sentada tranquilamente dentro de un coche, abrazando su conejo de peluche.

Debajo:

“Está segura. Finalmente podremos hablar sin que Julian siga ocultándote la verdad.”

Y después otro mensaje.

“Pregunta por qué el certificado original de nacimiento de Lily nunca llegó al hospital.”

Miré a Julian.

—¿Qué significa eso?

Su rostro estaba completamente blanco.

—Clara…

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Pero había miedo en sus ojos.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Vivian había enviado un archivo.

Un certificado de nacimiento.

Nombre de la niña:

LILY ELIZABETH MERCER.

Madre:

CLARA BENNETT MERCER.

Miré la siguiente línea.

Padre:

No era Julian.

Había otro nombre.

Uno que reconocí porque había aparecido durante años en fotografías antiguas de mi madre.

DANIEL SHAW.

—¿Quién es Daniel Shaw? —preguntó Julian.

Yo apenas podía respirar.

—El hermano mayor de Vivian.

Julian tomó el documento.

—Eso es imposible.

Negué lentamente.

—No.

Porque recordaba aquel nombre por otra razón.

Daniel Shaw había muerto nueve meses antes de que Lily fuera concebida.

Entonces apareció el último mensaje de Vivian:

“Lily no es la razón por la que destruí vuestro matrimonio, Clara.”

“Destruí vuestro matrimonio porque alguien utilizó a mi hermano muerto para crear a tu hija.”

Y debajo:

“Julian descubrió la verdad hace tres años.”

Levanté lentamente la mirada hacia mi marido.

El hombre que llevaba tres años diciéndome que Vivian no significaba nada.

El hombre que acababa de asegurar que jamás me había engañado.

—¿Lo sabías?

Julian no respondió.

Y aquel silencio me dio una respuesta mucho peor que cualquier confesión.

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