PARTE 2: EL EXTRAÑO QUE SABÍA MI NOMBRE

Las puertas del autobús apenas terminaron de abrirse cuando el hombre subió de un salto.

Llevaba un largo abrigo negro empapado por la lluvia.

Su mirada pasó por los pasajeros…

Hasta detenerse en mí.

—¡Está entrando en trabajo de parto! —gritó una mujer.

El desconocido se arrodilló inmediatamente a mi lado.

—Claire Mercer.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo… sabe mi nombre?

Él no respondió.

Solo tomó mi muñeca y comprobó mi pulso con sorprendente calma.

—¿Cuánto tiempo entre contracciones?

La mujer sentada frente a mí contestó antes que yo.

—Tres minutos. Tal vez menos.

El hombre levantó la vista.

—Necesitamos una ambulancia especializada en embarazos de alto riesgo.

Ya.

El conductor respondió nervioso.

—Ya viene en camino.

Otra contracción atravesó mi abdomen.

Grité.

El desconocido sujetó mi mano.

—No empuje todavía.

Respire conmigo.

Lo miré fijamente.

Nunca lo había visto.

Pero hablaba como alguien acostumbrado a manejar emergencias.

Cinco minutos después llegaron los paramédicos.

Uno de ellos vio al hombre y abrió mucho los ojos.

—¿Doctor Ashford?

Él asintió brevemente.

—Veintiocho semanas.

Embarazo triple.

Posible ruptura prematura de membranas.

Llévenla directamente al Saint Gabriel.

No pierdan tiempo en otro hospital.

Me subieron a la camilla.

Mientras la ambulancia arrancaba, seguía mirando al desconocido.

Él subió con nosotros.

—¿Es familiar? —preguntó una enfermera.

—No.

—Entonces…

—Soy el doctor Nathan Ashford.

Especialista en medicina materno-fetal.

Y llevo doce semanas esperando conocer a esta paciente.

Mi respiración se detuvo.

—¿Esperándome?

Nathan me miró con seriedad.

—Sí.

No entendía absolutamente nada.

Durante el trayecto revisó rápidamente mis informes médicos.

Su expresión cambió página tras página.

—¿Quién era su obstetra?

Le di el nombre.

Él cerró la carpeta con fuerza.

—Eso explica muchas cosas.

Sentí miedo.

—¿Qué significa?

Nathan tardó unos segundos en responder.

—Señora Mercer…

Usted nunca debió quedarse sola con este embarazo.

Es uno de los casos de mayor riesgo que he visto este año.

Otra contracción me dobló por completo.

La ambulancia aceleró.

Diez minutos después entrábamos directamente al quirófano obstétrico.

Todo ocurrió muy deprisa.

Enfermeras.

Monitores.

Médicos.

Luces.

Voces.

Nathan permanecía a mi lado.

—Claire.

Necesito hacerle una pregunta.

Asentí con dificultad.

—¿Su esposo sabe que rompió fuente?

Negué.

—No.

Él respiró profundamente.

—Por ahora… mejor que siga sin saberlo.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Nathan intercambió una mirada con otra doctora.

Después respondió.

—Porque hace una hora recibimos una llamada.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿De quién?

—Del abogado de Ethan Mercer.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quería?

Nathan guardó silencio unos segundos.

—Preguntó si usted había ingresado en algún hospital de Nueva York.

Toda la habitación quedó inmóvil.

—¿Cómo podía saber que estaba aquí?

Nathan negó lentamente.

—No lo sabemos.

Pero pidió que, si usted aparecía…

…se le notificara inmediatamente.

La enfermera levantó la vista.

—Doctor…

Nathan la interrumpió.

—No autoricen absolutamente ninguna información.

Nadie entra sin mi permiso.

Mientras comenzaban a prepararme para la cirugía de emergencia, mi teléfono vibró dentro del bolso.

Una enfermera me lo acercó.

Era Ethan.

No contesté.

Un segundo después llegó un mensaje.

“Claire, no sé dónde estás, pero necesito que me llames inmediatamente.”

Después apareció otro.

“Sabrina acaba de desaparecer.”

Antes de que pudiera procesar aquellas palabras, Nathan tomó el teléfono de mis manos.

Leyó ambos mensajes.

Su expresión cambió por completo.

—Esto acaba de complicarse.

—¿Qué ocurre?

Nathan dejó el móvil sobre la mesa.

—Porque hace veinte minutos la policía emitió una alerta interna.

Respiró hondo antes de continuar.

—La señorita Sabrina Vale es oficialmente la principal sospechosa en una investigación por fraude financiero multimillonario.

Hizo una pausa.

Luego añadió las palabras que hicieron que todo mi cuerpo se helara.

—Y, según la orden judicial, el dinero que Ethan utilizó para congelar todas sus cuentas… podría no haber pertenecido nunca a su esposo.

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