Cuando llegué a casa, bloqueé el número de Adrián.
No lloré.
No pregunté nada.
Simplemente abrí el armario y empecé a guardar en cajas todo lo que todavía me recordaba a él.
A la mañana siguiente, alguien llamó a mi puerta.
Era Sofía.
Tenía los ojos hinchados.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Sacó un sobre.
Dentro había capturas de conversaciones.
Mensajes.
Correos.
Fechas.
Y una verdad que me dejó sin aire.
Adrián no había empezado a acercarse a Sofía recientemente.
Llevaba años haciéndolo.
Pero eso no era lo peor.
—Él nunca quiso terminar contigo —dijo Sofía—. Quería mantenerte esperando.
La miré.
—¿Por qué?
Sofía bajó la mirada.
—Porque tu familia tiene acciones en la empresa de su padre.
Sentí frío.
Mi relación de cinco años.
Las promesas.
Las excusas.
La distancia.
Todo tenía otra capa.
Adrián no quería perderme por completo porque romper conmigo podía complicar varios acuerdos entre nuestras familias.
Yo no era solamente su novia olvidada.
También era conveniente.
—¿Y tú por qué me cuentas esto?
Sofía apretó los labios.
—Porque anoche me dijo que nunca pensaba dejarte oficialmente.
La miré.
—¿Entonces qué eras tú?
Una lágrima cayó por su mejilla.
—Supongo que también era conveniente.
Por primera vez, no sentí odio hacia ella.
Solo cansancio.
Aquella tarde Adrián apareció frente a mi casa.
—Elena, abre.
No lo hice.
—Sé que viste lo del restaurante.
Silencio.
—Sofía no significa lo que crees.
Abrí la puerta.
Él dio un paso hacia mí.
—Podemos hablar.
—Claro.
Le mostré las capturas.
Adrián se quedó blanco.
—¿Quién te dio eso?
—Eso es lo primero que preguntas.
—Elena…
—Cinco años.
Mi voz tembló.
—Cinco años esperándote mientras tú decidías cuánto de mí necesitabas conservar.
—No fue así.
—Entonces dime que nunca me mantuviste cerca por los negocios de nuestras familias.
No respondió.
Y ese silencio terminó todo.
Saqué una pequeña caja.
Dentro estaba cada regalo que me había dado.
No eran muchos.
La dejé en sus manos.
—Se acabó.
—No puedes borrar cinco años así.
Lo miré.
—Tú los borraste poco a poco. Yo solo estoy dejando de fingir que todavía existen.
Cerré la puerta.
Adrián llamó durante semanas.
Después durante meses.
Nunca respondí.
Sofía dejó la empresa poco después.
Yo también me alejé de cualquier negocio que me obligara a seguir conectada con él.
Un año más tarde, cumplí veintisiete.
No esperé ningún mensaje.
No revisé el teléfono.
No compré una tarta pequeña para comer sola.
Mis amigos aparecieron con flores, comida y una tarta enorme.
Cuando soplé las velas, pensé en mi cumpleaños anterior.
En Adrián.
En la pulsera.
En la camarera que fue más amable conmigo que el hombre al que había esperado durante cinco años.
Y entendí algo.
Yo había creído que amar era saber esperar.
Pero esperar a alguien que nunca te elige no es amor.
Es abandonar tu propia vida.
Adrián no perdió a una mujer porque olvidó un cumpleaños.
Me perdió durante cinco años completos.
Cada vez que decidió que yo podía esperar.
Esta vez no esperé más.
Y ese fue el mejor regalo de cumpleaños que pude darme.
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