PARTE 2: La promesa de una niña

La puerta del estudio se abrió apenas unos centímetros.

Una niña de unos cinco años asomó la cabeza con timidez.

Llevaba un vestido azul demasiado grande para ella y abrazaba con fuerza un viejo conejo de peluche.

Al verme, abrió los ojos con sorpresa.

—¿Señor Lorenzo?

Fruncí el ceño.

—¿Quién eres?

Antes de que pudiera responder, una mujer entró apresuradamente detrás de ella.

Su uniforme negro de servicio todavía estaba cubierto de harina.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Perdón, señor. Mi hija se escapó de la cocina. No sabía que usted estaba aquí.

Reconocí a la mujer.

Se llamaba Elena.

Había empezado a trabajar en la mansión apenas tres semanas antes.

Siempre mantenía la cabeza baja.

Nunca hablaba más de lo necesario.

Se inclinó rápidamente.

—Perdónenos. Nos iremos enseguida.

Pero la niña no se movió.

Seguía observándome fijamente.

Después caminó lentamente hasta quedar frente a mi silla de ruedas.

Su madre intentó detenerla.

—Emma, no.

La pequeña negó con la cabeza.

—Mamá, está triste.

Elena sintió que el color abandonaba su rostro.

—Lo siento mucho, señor.

Me limité a observar a la niña.

Había pasado toda la mañana rodeado de adultos que fingían compasión mientras disfrutaban de mi humillación.

Aquella niña, en cambio, solo veía a un hombre triste.

Nada más.

Emma levantó una pequeña flor blanca que había recogido del jardín.

Era uno de los lirios que Bianca había elegido para la boda.

Lo colocó sobre mis piernas.

—Mi papá decía que las flores ayudan cuando alguien llora.

Sentí un nudo en la garganta.

No recordaba la última vez que alguien me había hablado sin miedo.

Sin interés.

Sin calcular cada palabra.

Solo con sinceridad.

La niña inclinó ligeramente la cabeza.

—¿La señora bonita ya no quiere casarse con usted?

Nadie en toda la mansión habría osado hacerme una pregunta semejante.

Pero Emma la hizo con la inocencia más absoluta.

Respiré lentamente.

—No.

Ella permaneció pensativa unos segundos.

Luego sonrió.

Una sonrisa tan sencilla que pareció iluminar el estudio entero.

—Entonces no esté triste.

Esperé.

La pequeña dio un paso más cerca.

—Yo me casaré con usted cuando sea mayor.

El tiempo pareció detenerse.

Durante un instante olvidé las trescientas sillas vacías.

La carta.

Las miradas de lástima.

Las sonrisas burlonas de mis enemigos.

Solo escuchaba la voz de aquella niña.

Elena dejó escapar un pequeño jadeo.

—¡Emma!

Corrió hacia ella completamente avergonzada.

—Perdónela, señor. Solo es una niña.

Emma frunció el ceño.

—¿Qué hice mal?

—No puedes decir esas cosas.

La pequeña bajó la mirada.

—Solo quería que dejara de estar triste.

Aquellas palabras golpearon algo dentro de mí que llevaba años completamente dormido.

Sentí que los ojos comenzaban a arderme.

Yo, Lorenzo Vitali, el hombre al que media ciudad llamaba monstruo, estuve a punto de llorar delante de una niña de cinco años.

Desvié el rostro antes de que alguien pudiera notarlo.

Respiré hondo.

Cuando volví a mirarlas, Elena seguía disculpándose.

—La despediré si es necesario. Por favor, no la castigue.

La observé durante unos segundos.

Después miré a Emma.

Ella seguía sosteniendo con fuerza su conejo de peluche mientras esperaba mi respuesta.

Finalmente hablé.

—¿Cómo te llamas?

La niña sonrió de inmediato.

—Emma.

Asentí lentamente.

—Gracias por la flor, Emma.

Su sonrisa se hizo aún más grande.

Entonces levanté la vista hacia Elena.

—A partir de hoy, nadie volverá a decir una sola palabra contra usted o su hija dentro de esta casa.

Elena abrió los ojos con incredulidad.

—Señor…

—Y otra cosa.

Ella esperó en silencio.

Miré una vez más el pequeño lirio blanco que descansaba sobre mis piernas.

Por primera vez desde que recibí la carta de Bianca, sentí que todavía quedaba algo bueno en el mundo.

Pero no imaginaba que aquella niña no había llegado por casualidad.

Porque esa misma tarde, Enzo entraría en mi despacho con un expediente antiguo que cambiaría por completo todo lo que creía saber sobre Elena… y sobre la verdadera razón por la que el destino había llevado a madre e hija hasta mi mansión.

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