PARTE 2: El hombre que nunca dormía en paz

Victor no bajó el arma.

Durante varios segundos permaneció inmóvil, observando a la muchacha que dormía profundamente sobre su pecho.

La criada.

La hermana del hombre que le debía casi medio millón de dólares.

La única persona de toda la finca que jamás habría imaginado encontrar abrazándolo mientras dormía.

Bastaba con mover un dedo para que cualquiera de sus hombres entrara y la sacara de allí.

Sin embargo, no hizo nada.

Por primera vez en muchos años, había despertado sin el corazón desbocado.

Sin disparar contra una sombra.

Sin romper una lámpara.

Sin escuchar los gritos del pasado.

La pesadilla había desaparecido.

Victor bajó lentamente la pistola y la dejó sobre la mesa junto al sofá.

Con mucho cuidado intentó apartar el brazo que todavía rodeaba la cintura de la joven.

Ella murmuró algo entre sueños.

—Lo siento… solo cinco minutos más…

Su voz era tan débil que casi parecía la de una niña.

Victor desvió la mirada.

Había visto a hombres suplicar por su vida.

Había visto enemigos llorar de rodillas.

Pero nunca había visto a alguien dormir con semejante agotamiento.

Sus manos estaban llenas de pequeñas heridas abiertas.

Los nudillos estaban irritados por los productos de limpieza.

Las uñas tenían grietas.

Incluso respirando, parecía cansada.

La puerta del estudio se abrió lentamente.

Paul apareció primero.

Al ver a la joven sobre el pecho de Victor, su rostro perdió todo color.

Cinco hombres armados irrumpieron detrás de él.

Todos levantaron sus armas al mismo tiempo.

—¡Señor!

Victor levantó una mano.

Nadie volvió a moverse.

Paul tragó saliva.

—¿Quiere… que la saquemos?

Victor respondió sin apartar los ojos de la muchacha.

—¿Te parece que está atacándome?

Nadie contestó.

El silencio era absoluto.

Victor habló otra vez.

—Está dormida.

Los hombres intercambiaron miradas confundidas.

Ninguno recordaba haber escuchado jamás a Victor Hayes preocuparse porque alguien estuviera descansando.

Paul dio un paso adelante.

—Pero entró en su estudio privado.

—Porque tú la enviaste a limpiar.

Paul bajó inmediatamente la cabeza.

Victor volvió a mirar a la joven.

—¿Cuántas horas lleva trabajando?

Paul dudó.

—Dieciocho… quizá diecinueve.

Victor frunció el ceño.

—¿Y nadie pensó que podía desmayarse?

Nadie respondió.

Entonces la muchacha volvió a moverse.

Sin abrir los ojos, buscó instintivamente calor y apoyó la cabeza un poco más cerca de su cuello.

Los guardaespaldas dejaron escapar un suspiro ahogado.

Uno de ellos incluso cerró los ojos, convencido de que aquello terminaría en una ejecución.

Victor permaneció completamente quieto.

Después de unos segundos dijo algo que ninguno de los presentes olvidaría jamás.

—Bajen las armas.

Cinco pistolas descendieron al mismo tiempo.

—Salgan todos.

Paul abrió mucho los ojos.

—¿Señor?

—¿No me oíste?

—Sí… señor.

En menos de diez segundos, el estudio quedó completamente vacío.

Victor observó el rostro tranquilo de la muchacha.

Intentó recordar su nombre.

Nunca lo había preguntado.

Para él solo era otra empleada.

Otra persona que desaparecía entre decenas de trabajadores invisibles.

Sin embargo, allí estaba.

La única persona capaz de acercarse tanto sin despertarle desconfianza.

Con cuidado levantó una hebra de cabello que cubría su rostro.

Ella abrió ligeramente los ojos.

Tardó varios segundos en comprender dónde estaba.

Después vio el brazo de Victor rodeando su cintura.

La pistola sobre la mesa.

Y los ojos grises del hombre más temido de la ciudad observándola en silencio.

Su rostro perdió completamente el color.

Intentó levantarse tan deprisa que resbaló sobre la alfombra.

—¡Señor Hayes! Yo… yo no quise…

Las palabras se rompieron entre el miedo y la vergüenza.

Victor permaneció sentado.

—¿Cómo te llamas?

Ella parpadeó.

No esperaba aquella pregunta.

—Emma…

—Emma… ¿qué?

—Emma Brooks.

Victor asintió lentamente.

—Anoche dormí cuatro horas seguidas.

Ella no entendió.

—Señor…

—Llevo siete años sin dormir más de treinta minutos seguidos.

Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Victor tomó la pistola, la guardó en su cinturón y se puso de pie.

Su expresión volvió a ser fría.

Impenetrable.

Pero antes de salir del estudio pronunció una orden que cambiaría para siempre la vida de toda la finca.

—Desde hoy, Emma Brooks deja de limpiar pisos.

Paul, que esperaba al otro lado de la puerta, levantó la cabeza sorprendido.

Victor continuó caminando sin detenerse.

—A partir de ahora… trabajará exclusivamente para mí.

Y por primera vez desde que llegó a la mansión Hayes, Emma comprendió que pagar la deuda de su hermano acababa de convertirse en el menor de sus problemas.

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