PARTE 2: LA EMPRESA QUE GABRIEL NUNCA HABÍA POSEÍDO

No fui a casa de mis padres.

Tampoco llamé a Gabriel.

Fui directamente al despacho de Daniel Mercer, el abogado que había redactado la fusión de Lumen y Whitmore ocho años atrás.

Cuando escuchó mi historia, permaneció en silencio.

Luego preguntó:

—Clara, ¿Gabriel realmente cree que Whitmore le pertenece?

—Eso parece.

Daniel soltó una risa extraña.

—Entonces nunca leyó bien el acuerdo de fusión.

Sacó una carpeta del archivo.

—Lumen tenía algo que Whitmore necesitaba desesperadamente: contratos, propiedad intelectual y flujo de caja.

Recordaba aquello.

Lo que había olvidado era cómo protegió mi padre esos activos.

Daniel señaló una cláusula.

Mi participación directa era del treinta y cuatro por ciento.

Pero otro veintidós por ciento pertenecía al Hayes Creative Trust.

Beneficiaria final:

Clara Hayes.

Lo miré incrédula.

—¿Tengo el cincuenta y seis por ciento?

—Siempre lo has tenido.

Sentí que algo dentro de mí volvía a respirar.

Entonces Daniel abrió otro documento.

—Pero tenemos un problema.

Durante los últimos seis meses, alguien había intentado transferir parte de mis derechos creativos a una empresa llamada V&C Strategic Media.

—Vanessa.

—Eso pensé.

Daniel giró la pantalla.

La empresa había sido constituida tres años antes.

Mucho antes de que Vanessa se convirtiera oficialmente en secretaria de Gabriel.

Y su segundo accionista era alguien que conocía perfectamente.

Margaret Whitmore.

La madre de Gabriel.

Mi teléfono sonó.

Gabriel.

No contesté.

Llegó un mensaje.

“¿Dónde estás? Vanessa y yo estamos cenando. No hagas tonterías por celos.”

Daniel leyó mi expresión.

—No le digas todavía que sabes esto.

—¿Por qué?

—Porque hay algo peor.

Sacó una autorización de transferencia.

Mi firma aparecía al final.

Era perfecta.

Solo había un detalle.

La fecha correspondía a la semana en que yo había sufrido un procedimiento médico durante nuestros tratamientos de fertilidad.

Aquel día había estado sedada.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

Daniel colocó otro expediente frente a mí.

Era del mismo centro de fertilidad.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver esto con la empresa?

—Quizá nada.

Abrió la primera página.

Mi nombre.

El de Gabriel.

Y una autorización para conservar material embrionario.

—Nos dijeron que ninguno de los embriones restantes era viable.

Daniel negó lentamente.

—Según estos registros, quedaron dos.

Mi mano fue directamente hacia mi vientre.

—¿Dónde están?

—Eso estamos intentando averiguar.

Entonces apareció un tercer nombre en el expediente.

Vanessa Cole.

Me levanté de golpe.

—¿Qué significa esto?

—Vanessa aparece como receptora autorizada para una transferencia realizada hace cuatro meses.

Sentí náuseas.

Cuatro meses.

Dos meses después de que Gabriel me pidiera quedarme en casa para concentrarme en quedar embarazada.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de Vanessa.

Una fotografía.

Ella estaba frente al espejo de un restaurante.

Gabriel la abrazaba por detrás.

Pero mis ojos bajaron hacia su vientre.

Debajo de su vestido podía distinguirse una pequeña curva.

El mensaje decía:

Gabriel cree que tú llevas a su único heredero. Será mejor que no se lo digas todavía.

Daniel me quitó suavemente el teléfono.

—Clara, mira la última página.

Era un informe genético.

Vanessa estaba embarazada.

Pero el padre biológico no era Gabriel.

Levanté la mirada.

—Entonces ¿de quién?

Daniel tragó saliva.

—Eso no es lo extraño.

Señaló la línea correspondiente al material materno.

Sentí que el corazón dejaba de latirme.

El embrión que Vanessa llevaba dentro había sido creado con mis óvulos.

Y debajo, donde debía aparecer el nombre del padre, figuraba el hombre que llevaba dieciocho años enterrado.

Jonathan Hayes.

Mi padre.

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