PARTE 2 — LA VERDAD DE DANTE

Acepté los diez minutos.

No por Dante.

Por Leo.

Nos encontramos esa noche en una pequeña capilla privada del cementerio donde mi padre sería enterrado.

Dante llegó solo.

Por primera vez en todos los años que lo conocí, parecía asustado.

—Tienes diez minutos —dije.

Sus ojos bajaron hacia Leo, dormido entre mis brazos.

El poderoso Dante Moretti tuvo que tragar saliva antes de hablar.

—Victoria me chantajeó.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué?

—Ocho años atrás, alguien dentro de mi familia descubrió que te amaba. Te convertiste en mi debilidad. Hubo una orden para matarte si alguna vez te convertías en mi esposa.

Me quedé inmóvil.

—¿Y nunca pensaste en decírmelo?

—Intenté destruir a quienes estaban detrás de aquello antes de proponerte matrimonio.

Su mandíbula se tensó.

—Pero Victoria encontró las pruebas.

Miré fijamente a Dante.

—Mi hermana…

—Me ofreció un trato. Se casaría conmigo, convencería a nuestros enemigos de que ella era la mujer importante y mantendría tu nombre fuera de todo.

La rabia me quemó el pecho.

—¿Esperas que crea que Victoria sacrificó su vida por mí?

Dante soltó una risa amarga.

—No lo hizo gratis.

Sacó un sobre del interior de su abrigo.

Dentro había documentos bancarios, fotografías y una copia de un contrato.

—Recibió veinte millones de dólares.

Mis dedos comenzaron a temblar.

Entonces comprendí algo peor.

—¿Victoria sabía que estaba embarazada?

Dante levantó la mirada bruscamente.

—¿Qué?

Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos detrás de nosotros.

Tacones contra el mármol.

Lentos.

Seguros.

Me volví.

Victoria estaba en la entrada.

—Claro que lo sabía —dijo mi hermana.

Dante se quedó petrificado.

Victoria sonrió y miró al niño dormido entre mis brazos.

—De hecho, Elena, fui yo quien se aseguró de que abandonaras Chicago antes de que Dante descubriera que Leo existía.

Sentí que se me helaba la sangre.

Pero entonces añadió algo todavía peor.

—Porque Leo no era el único hijo de Dante que necesitaba desaparecer.

Dante perdió todo el color del rostro.

—¿Qué acabas de decir?

Victoria abrió su bolso.

Y sacó la fotografía de otro niño.

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