Me acerqué mientras la copiloto hablaba por el teléfono de cabina. El capitán permaneció al mando; sería después del aterrizaje cuando podría venir.
—Abuela, ¿qué ocurre?
Ella alisó la tarjeta sobre su bolso.
—Tu abuelo pilotaba para esta compañía. En su último viaje a California me reservó este asiento.
Levantó la vista hacia la ventana.
—Dijo que desde aquí veríamos las montañas juntos cuando terminara su turno.
Nunca me había contado aquello.
—¿Ese fue el viaje que no hiciste?
Asintió.
—Enfermó antes de que pudiéramos salir. Guardé el billete. Después de su muerte, cada vez que pensaba en volar, acababa dejándolo para otro año.
La copiloto se agachó junto a ella.
—Reconocí las alas. Mi padre conservaba unas iguales. El señor Walsh fue su instructor.
La abuela estudió su rostro.
—¿Tu padre era Daniel?
—Sí. Siempre hablaba de él.
Sonrió entre lágrimas.
—Tu abuelo decía que Daniel sería un excelente piloto.
Entonces comprendí cómo aquella mujer había sabido su nombre: lo había leído en la tarjeta, debajo de una fecha de hacía veintisiete años.
Me sentí avergonzado por mi irritación.
Yo había comprado espacio para sus piernas, una comida mejor y una copa de bienvenida.
Ella había venido a terminar un viaje.
—Podrías habérmelo dicho —susurré.
—No sabía si conseguiría hacerlo sin llorar.
Le tomé la mano.
—Puedes llorar conmigo.
Una pasajera cercana se ofreció a intercambiar su asiento con el mío. Le di las gracias y me senté junto a mi abuela.
Durante el descenso aparecieron las montañas, azules bajo la luz del atardecer. Ella apoyó los dedos sobre las alas plateadas.
—Llegamos, amor —murmuró.
Cuando el avión quedó estacionado, el capitán se acercó. Escuchó su historia y le pidió permiso para fotografiar la antigua tarjeta, destinada al archivo histórico de la compañía.
La abuela aceptó, pero volvió a guardarla ella misma.
Al salir, me ofrecí a llevar su bolso.
Negó suavemente y lo acomodó sobre su hombro.
Esta vez sus manos ya no temblaban.
—Para el regreso podemos sentarnos delante —dijo.
Sonreí.
—Donde tú quieras, abuela.
El viaje pendiente había terminado.
El nuestro apenas comenzaba.