PART 2: Una silla junto a la mía

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Era Lucía, la hija de mi empleada, con un vestido amarillo y un lirio doblado entre los dedos.

—Enzo tiene una llave —explicó—. Le dije que usted necesitaba compañía.

Detrás de ella, mi mayordomo permanecía en el pasillo.

—Puedo llevarla de vuelta, señor.

Negué con la cabeza.

Lucía se acercó y dejó la flor sobre mis piernas.

—No esté triste, señor Lorenzo. Me casaré con usted cuando sea mayor.

Sentí un nudo doloroso en la garganta.

Ella no entendía el matrimonio ni la crueldad de aquella mañana. Solo había visto a alguien solo y había decidido ayudarlo.

—Gracias, pequeña. Pero no tienes que prometerme eso.

—¿Entonces qué hago?

Señalé la silla junto al escritorio.

—Puedes sentarte conmigo un rato.

Trepar hasta el asiento le costó dos intentos. Después contempló el jardín.

—Mamá dice que cuando alguien se va, no siempre es porque hicimos algo malo.

Miré la carta que sobresalía de mi bolsillo.

—Tu mamá tiene razón.

Unos minutos después apareció Rosa, todavía con el delantal de trabajo.

—Perdone, señor. No sabía que Lucía había subido.

—No tienes que disculparte.

Rosa miró a su hija y luego las flores sobre mis piernas.

—¿Quiere que retiremos la decoración?

Estuve a punto de decir que sí. Que desaparecieran las mesas, las luces y cada recuerdo de Bianca.

Pero Lucía intervino:

—¿También van a tirar el pastel?

Por primera vez aquel día, me reí.

Salimos al jardín juntos. Pedí que sirvieran la comida al personal y a sus familias. Las sillas dejaron de parecer lápidas cuando los niños comenzaron a ocuparlas.

Don Ferretti se acercó antes de marcharse.

—Una situación lamentable, Lorenzo.

Miré su sonrisa.

—Mi boda se canceló. Mi vida continúa.

Meses después, Bianca quiso verme. Le respondí por escrito que respetaba su decisión y que esperaba que respetara la mía.

No volví a buscarla.

Rosa y Lucía siguieron compartiendo algunas tardes conmigo, sin promesas ni obligaciones.

Un domingo, Lucía dibujó nuestra mesa: ella, su madre, Enzo y yo.

Me dibujó en mi silla de ruedas.

Y alrededor de todos, el mismo círculo de brazos abiertos.

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