PARTE 2: LAS DIEZ BOFETADAS QUE LE COSTARON UN IMPERIO

Gabriel tardó apenas tres segundos en comprender que aquello no era una amenaza vacía.

—¿Qué hiciste?

Su director financiero seguía gritando por teléfono.

—¡Los bancos congelaron nuestras líneas de crédito! ¡Dos fondos están ejecutando garantías y Márquez Capital acaba de retirar todo su respaldo!

Gabriel me miró.

—¿Márquez?

Sonreí pese al dolor de mi rostro.

—Mi apellido nunca te interesó demasiado.

Entonces se abrieron los ascensores.

Mi tío Rafael salió acompañado por abogados, auditores y cuatro hombres de seguridad.

Cuando vio mi cara ensangrentada, se detuvo.

—¿Quién la tocó?

Los dos guardaespaldas que me habían golpeado palidecieron.

Señalé a Gabriel.

—Cumplieron sus órdenes.

Rafael colocó una carpeta sobre el escritorio.

—Entonces procedemos con todo.

Gabriel la abrió.

Sus manos empezaron a temblar.

Cinco años atrás, cuando Grupo Costa estaba al borde de la quiebra, una sociedad anónima había inyectado cincuenta mil millones.

Gabriel siempre creyó que había sido un fondo extranjero.

No.

Era mío.

Mis padres me habían dejado el control de Márquez Capital.

Yo salvé su empresa antes de casarnos y nunca se lo dije porque quería saber si Gabriel podía amarme sin conocer mi fortuna.

—El acuerdo contiene una cláusula de vencimiento inmediato —explicó Rafael—. Violencia contra la beneficiaria, fraude patrimonial o apropiación indebida permiten ejecutar todas las garantías.

Gabriel se desplomó en su silla.

Bianca comenzó a retroceder.

—Esto no tiene nada que ver conmigo.

—Precisamente tú eres el segundo problema —dije.

Rafael abrió otra carpeta.

Durante seis meses, más de ochocientos millones habían salido de Grupo Costa hacia Salcedo Consulting.

Empresa propietaria:

Bianca Salcedo.

Gabriel giró hacia ella.

—¿Qué hiciste?

—¡Tú autorizaste las transferencias!

—¡Nunca!

Por primera vez aquella noche, su miedo parecía auténtico.

Rafael deslizó las autorizaciones sobre la mesa.

Todas llevaban la firma digital de Gabriel.

Pero habían sido creadas desde mi ordenador privado.

—¿Cómo entraste en mi estudio? —pregunté.

Bianca perdió el color.

Uno de los guardaespaldas bajó la cabeza.

—La señorita Salcedo tenía una llave.

Gabriel se levantó furioso.

—¿Quién se la dio?

El hombre tardó demasiado en responder.

—Su madre, señor.

El silencio fue absoluto.

A las 4:37 de la madrugada, Grupo Costa había perdido sus principales líneas de financiación.

A las 5:02, el consejo suspendió a Gabriel.

Pero Rafael todavía guardaba algo.

—Isabel, durante la auditoría encontramos una grabación de seguridad.

Me mostró la imagen.

Bianca entraba en Márquez Capital seis meses antes.

A su lado caminaba mi padre.

El hombre que yo había enterrado once años atrás.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Eso es imposible.

Rafael negó lentamente.

—Hay algo más.

Activó el audio.

La voz de mi padre llenó la oficina.

—Gabriel debe creer que Isabel destruyó su empresa por las bofetadas.

Bianca preguntó:

—¿Y cuando descubra la verdad?

Mi padre respondió:

—Para entonces ya sabrá que Grupo Costa nunca fue el verdadero objetivo.

Miré a Rafael.

—¿Cuál era el objetivo?

Mi tío cerró los ojos.

—Tú, Isabel.

Entonces la grabación continuó.

Y mi padre pronunció una frase que hizo que incluso Gabriel olvidara su empresa destruida.

—Cuando mi hija descubra por qué tuve que fingir mi muerte, finalmente entenderá por qué nunca debió casarse con Gabriel Costa.

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