A la mañana siguiente escondí el frasco que Wallace había dejado por error en el cubo médico.
No sabía cuánto tiempo tenía.
Raymond sí.
—Caja fuerte —susurró cuando estuvimos solos.
—¿Dónde?
Sus ojos señalaron un cuadro detrás de la cama.
Encontré un teclado oculto.
—Necesito el código.
Raymond miró a Theo, que jugaba sobre la alfombra.
Luego murmuró cuatro números.
La fecha de nacimiento de mi hijo.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabes cuándo nació Theo?
Raymond cerró los ojos.
No respondió.
Dentro de la caja había dinero, un teléfono cifrado y una carpeta roja.
Abrí la carpeta.
Había análisis toxicológicos realizados seis semanas antes.
Raymond había descubierto que alguien estaba introduciendo pequeñas dosis de un paralizante en sus medicamentos.
Debajo encontré fotografías de Christopher reuniéndose con Wallace.
Y una modificación del testamento.
Si Raymond moría antes del viernes, Christopher asumiría el control de todas las empresas Winslow.
—¿Por qué viernes?
Raymond reunió fuerzas.
—Auditoría federal.
Christopher necesitaba controlar las compañías antes de que alguien revisara sus cuentas.
Entonces encontré otro documento.
BENNETT, NORA.
Sentí que se me helaba la sangre.
Mi dirección anterior.
Mi historial laboral.
Fotografías mías embarazada.
Una imagen de Theo saliendo del hospital después de nacer.
—¿Me investigaste?
Un parpadeo.
Sí.
—¿Por qué?
Raymond consiguió pronunciar dos palabras.
—Su padre.
Miré a Theo.
—¿Qué sabes de su padre?
Pasos.
Cerré la caja justo antes de que Christopher entrara acompañado por Wallace.
—Cambio de planes —dijo el médico—. Vamos a aumentar la medicación.
Sentí pánico.
Una dosis mayor podía matarlo.
—Su presión está demasiado baja.
Wallace me miró con atención.
—¿Desde cuándo una cuidadora cuestiona mis órdenes?
Entonces Theo comenzó a llorar.
Lo levanté, fingiendo preocuparme únicamente por él.
Wallace preparó la jeringa.
Raymond permaneció completamente inmóvil.
Cuando el médico se inclinó sobre la vía intravenosa, una mano salió disparada desde la cama.
Raymond le agarró la muñeca.
Christopher palideció.
Wallace dejó caer la jeringa.
Raymond abrió ambos ojos.
—Sorpresa.
Tres hombres armados entraron inmediatamente por la puerta lateral.
No pertenecían a Christopher.
Raymond llevaba horas esperando aquella señal.
Christopher retrocedió.
—Tío…
—Seis semanas escuchándote organizar mi funeral desde mi propia habitación.
Su voz era débil, pero cada palabra cortaba.
—Ha sido educativo.
Uno de los hombres esposó a Wallace.
Otro tomó a Christopher.
Entonces Raymond me miró.
—Nora, trae a Theo.
Me acerqué con cautela.
Raymond sacó de la carpeta una fotografía antigua.
Mostraba a dos hombres jóvenes.
Uno era él.
El otro era Michael Bennett.
Mi padre, muerto hacía diecisiete años.
—¿Conocías a mi padre?
—Me salvó la vida.
Raymond dio vuelta la fotografía.
Había una frase escrita por mi padre:
“Si alguna vez vienen por mi hija, protege también a mi nieto. Él será el último heredero.”
No podía respirar.
—Mi padre murió antes de que Theo naciera.
—Eso creías.
Christopher comenzó a reír desde el otro lado de la habitación.
—Díselo completo, Raymond.
Raymond lo fulminó con la mirada.
—Cállate.
—Pregúntale por qué sabía la fecha de nacimiento del niño.
Miré a Raymond.
—¿Cómo la sabías?
Antes de que pudiera responder, Theo extendió la mano hacia él.
Raymond observó al bebé durante varios segundos.
Luego dijo lo único que jamás habría imaginado.
—Porque el hombre que tú conociste como padre de Theo no era su verdadero padre.
Sacó un informe genético de la carpeta.
—Y Christopher intentó matarme porque yo sé quién lo es.
