No me acerqué más. La niña apretó el cochecito contra sí, protegiendo al bebé.
—¿Quién es él? —pregunté.
—Mamá dijo que no confiara en usted —respondió—. Pero también dijo que, si alguna vez lo veía, le mostrara esto.
Sacó un papel doblado de la caja. Debajo de las barras de chocolate encontré un recibo de la clínica, una receta para el bebé y una tarjeta negra con el emblema de mi compañía.
Al reverso, alguien había escrito un nombre: Marco Bellini, mi director de operaciones. El hombre que administraba el fondo de ayuda para los trabajadores del puerto. Mi amigo desde hacía veinte años.
—¿Dónde está tu mamá?
La niña bajó los ojos.
—En el hospital. Se cayó en el trabajo. El señor Bellini dijo que nos ayudaría, pero luego dejó de contestar.
Frank salió del auto y examinó la receta.
—Esta medicina cuesta más que lo que ganarías vendiendo toda la caja —dijo con suavidad.
—Por eso tengo que venderla toda —contestó ella—. Mi hermanito no deja de tener fiebre.
Sentí vergüenza. En mi empresa, el fondo destinado a familias como la suya sumaba millones. Sin embargo, aquella niña seguía en la calle contando chocolates.
—Frank, lleva al bebé a urgencias. Yo iré con ella a ver a su madre.
La niña retrocedió.
—¿Y si usted también miente?
No intenté convencerla. Le di mi teléfono y llamé delante de ella al hospital. Pedí que recibieran al bebé y que revisaran el expediente de su madre. Después llamé a mi auditor externo, no a Bellini.
Los documentos confirmaron lo que temía: durante meses, alguien había desviado el fondo de ayuda y falsificado autorizaciones. La firma de Bellini aparecía en casi todas.
Cuando llegamos al hospital, la madre de la niña reconoció mi nombre. Había intentado denunciar el desfalco antes de su accidente.
—Pensé que nunca me escucharía —susurró.
—Debí haber escuchado antes.
Esa noche suspendí a Bellini y entregué los registros a las autoridades. El bebé recibió tratamiento; su hermana se quedó dormida en una silla, con la caja vacía sobre las rodillas.
A la mañana siguiente, compré las cuarenta y tres barras.
No para repartirlas.
Para recordarme que mi imperio no valía nada si no podía proteger a quienes lo mantenían en pie.