Víctor llamó primero a Nora.
Apagado.
Después al conductor.
Nada.
Luego al jefe de seguridad.
—Quiero las cámaras del edificio desde medianoche.
—Señor Rinaldi…
—Ahora.
Cinco minutos después estaba viendo a su esposa abandonar el ático a las 2:17 de la madrugada.
Nora llevaba a Mia contra el pecho.
Una enfermera empujaba a Leo en un portabebés cubierto.
Dos maletas.
Medicamentos.
Ningún secuestrador.
Nora caminaba por voluntad propia.
Entonces apareció una tercera persona.
Víctor se inclinó hacia la pantalla.
Un hombre mayor esperaba junto al ascensor.
Cabello gris.
Abrigo negro.
Bastón con empuñadura plateada.
Víctor dejó de respirar.
—Amplía su rostro.
El guardia obedeció.
—Eso es imposible.
Era Alessandro Rinaldi.
Su padre.
El hombre enterrado nueve años atrás.
Víctor tomó su teléfono.
Antes de marcar, llegó un mensaje de Nora.
No me busques. Los niños están seguros.
Respondió inmediatamente.
¿Estás con mi padre?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Así que finalmente reconociste al hombre que me contó la verdad.
Víctor sintió frío.
¿Qué verdad?
Nora envió una fotografía.
Era un informe médico de Leo.
El bebé había nacido con una enfermedad cardíaca que los médicos describieron como una complicación de prematuridad.
Pero el documento decía otra cosa.
Alteración genética hereditaria. Línea paterna Rinaldi.
Debajo aparecían cuatro nombres.
Alessandro.
Víctor.
Leo.
Y otro:
Matteo Rinaldi.
Víctor se puso de pie.
No tenía ningún hermano llamado Matteo.
El teléfono sonó.
Sylvia.
Por primera vez, Víctor dudó antes de responder.
—¿Dónde estás? —preguntó ella.
—¿Por qué?
Silencio.
—Solo necesito saberlo.
Víctor recordó su perfume.
La “reunión urgente”.
Las cuatro horas que había pasado con ella mientras Nora empaquetaba la vida de sus hijos.
—¿Conoces a Matteo Rinaldi?
Sylvia colgó.
Aquello fue suficiente.
Víctor llamó al jefe de seguridad.
—Encuentra a Sylvia.
—Señor…
—¿Qué?
—Ya revisamos su apartamento.
—¿Y?
—Está vacío.
Entonces llegó un segundo mensaje de Nora.
Una grabación.
La voz pertenecía a Alessandro.
—Nora, si estás escuchando esto, significa que mi hijo todavía cree que Sylvia es su amante.
Víctor sintió que el estómago se le cerraba.
—Nunca lo fue. Sylvia fue puesta cerca de él para mantenerlo distraído mientras buscaban a los gemelos.
La grabación continuó.
—Porque uno de esos niños posee algo que Matteo lleva treinta años esperando recuperar.
Víctor miró las cunas vacías.
Debajo del audio había una fotografía antigua.
Su padre aparecía mucho más joven junto a dos niños idénticos.
Uno era Víctor.
El otro tenía escrito detrás:
Matteo.
Entonces Nora envió la última imagen.
Era Leo dormido.
Alrededor de su diminuta muñeca había una pulsera del hospital.
Víctor amplió la fotografía.
El número de identificación no coincidía con el certificado de nacimiento de su hijo.
Debajo, Nora escribió:

Víctor, Leo no nació con ese nombre.
Otro mensaje apareció.
Y tu padre dice que el bebé que trajimos a casa tampoco fue el primer Leo que nació aquella noche.